Parque “Miguel Lillo”: su futuro no puede esperar
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«Quien quiere hacer algo,
encuentra el medio y lo hace…
quien no quiere hacer nada,
encuentra una buena excusa».
Abrir el debate sobre el futuro de nuestro parque «Miguel Lillo» es apertura de mentes, sin ataduras, sin discusiones desmesuradas, alejados de los fundamentalismos sobreactuados.
Partamos de una verdad no hay dueños, que tengan la llave de entrada y salida, convertidos en capataces de estancia anatematizando a una sociedad que pretende adosarle innovaciones e inversiones. Aspirando discusiones elevadas sobre su futuro, caminando a la acción por sobre la eternas vueltas donde terminamos en la nada.
Desde el año 45, cuando se expropiaron las tierras de la familia Díaz Vélez, ha pasado mucho tiempo. Conceptos repetidos y siempre la misma desembocadura, la de dejar para adelante lo que no sabemos o no queremos resolver en el presente.
Allí están las 640 hectáreas, esperando su futuro. En la década del 50 y en los 60 pudimos haber cambiado la historia. Perdimos excelentes oportunidades, las causas, las mismas que en la actualidad, inconducentes discusiones, demasiadas irracionalidades, y minorías que parecen convertirse en dueños de la sociedad y de verdades únicas.
Proyecto peronista que pudo haber cambiado la ciudad
En diciembre de 1948, la gobernación peronista de Domingo Mercante, creó un ente por Ley 5.399, de forma autárquica denominado Ente de Inversión, presidido por un Consejo de Administración Provincial, que lo componían seis miembros del Ejecutivo bonaerense y el presidente del Banco de la Provincia de Buenos Aires.
El mismo contemplaba, en las tierras expropiadas un ambicioso plan que para construir un barrio turístico para 500 casas. Ampliando el ejido de Necochea sobre la costa con un frente de 500 metros en dirección oeste.
En una época de “vacas gordas”, comprendía el plan social turístico, además: hotel y casino, teatro, canchas de golf, campo de aviación, acuario, anfiteatros, habiendo sido distinguidos los prestigiosos arquitectos porteños Bonet y Hardoy, internacionalmente por el innovador proyecto urbanístico.
En 1952, al coronel Mercante lo sucedió, siempre gobernando el peronismo, Carlos Vicente Aloe, un mediocre dirigente de escaso nivel intelectual, según lo juzga la historia, que sin entender demasiado del tema volvió todo para atrás, dándole fin a un proyecto que hubiera cambiado el desarrollo incipiente de Necochea.
Década del 60. Otra oportunidad de la mano de reconocidos ciudadanos
Abortado el plan que le dio sentido de ser a la expropiación
empezó a crecer el pinar dispuesto para la fijación de dunas y pasaría una década, para que un grupo de vecinos con un pensamiento común, se preocuparan por la modernidad del parque que ya se estaba formando.
Pedro Arozarena, Fortunato Zabala Vicondo, Enrique Balech, Néstor Giuliani, Edgar Gatti, José Squadrone, entre otros, formarían la Asociación «Amigos del Parque», estudiando las posibilidades futuras, fijando posiciones al respecto, estableciendo el punto de vista jurídico y técnico, estudios que llevaron varios meses, exponiendo ante la opinión pública una serie de obras a proyectar.
Era intención hacer un lago artificial, un anfiteatro para 2.000 espectadores sentados, una biblioteca, hotel y un centro para recibir delegaciones nacionales o extranjeras que nos visitarán. Además un jardín botánico y un zoológico, lugar para práctica de equitación y hasta un polideportivo.
Señalaban los integrantes de esa asociación vecinalista «este plan no es una utopía y su realización más factible de lo que muchos piensan. Todo esta en marcha, depende de ustedes, los necochenses». Fue otra oportunidad perdida. Aparecieron los clásicos «no», que parecen sonar más fuerte que los mayoritarios «sí». Siempre los desconfiados, los que quieren que nada cambie, esa envidia que es declaración de inferioridad, y la falta de decisión política.
La historia vuelve a repetirse
En septiembre de 1972 se elabora un estudio particularizado del parque Miguel Lillo, confeccionado por arquitectos de la Dirección de Planeamiento Territorial, Subdirección de Ordenamiento Urbano del Ministerio de Obras Públicas de la Provincia. El mismo comprendía un plan director del desarrollo general con los correspondientes esquemas sectoriales de circulación peatonal y vehicular, incluido su aparcamiento y zonificación de usos y volúmenes edilicios convenientemente reglamentados. Agregaba “teniendo en cuenta la existencia de dos corrientes de opinión que centran sus peticiones en la integridad de dicho parque y el aumento de las áreas verdes por su lado, y en la expansión urbana de la Villa Díaz Vélez por otro lado, deberán encontrarse todos aquellos puntos de contacto que permitan valorizar dicho dominio abriendo el frente de mar e integrando las masa boscosa al conjunto urbano.
Durante el gobierno del intendente Yelpo, en 1973, en medio del debate en una reunión del Concejo Deliberante cuando ediles del partido Intransigente, referían al futuro del parque fue interrumpida la sesión, en reiteradas ocasiones, por los gritos, insultos y agresiones verbales por parte de integrantes de la juventud peronista ubicados en la barra del recinto, al grito del «el parque como está” el parque no se vende». Escasos argumentos y mucho fervor irracional. Quedando en carpeta para evitar conflictos, aquel simple intento de Yelpo, en el que sólo se hablaba de qué algo había que hacer.
Pasarían muchos años, hasta que se creó durante la administración del radicalismo, encabezada por Daniel Molina, la Comisión de Análisis y Planificación de Acciones sobre el parque «Miguel Lillo», integrada por un las áreas de Planeamiento y Medio Ambiente, Obras Públicas, Legal y Técnica, Entur, Cultura y Deportes, invitándose a cada uno de los bloques políticos que componían el Concejo Deliberante, los Colegios de Arquitectos, Ingenieros, Asociación «Amigos del Parque», ampliando a todas las entidades interesadas en participar, con 180 días para establecer una política de estado sobre el parque.
Se logró un consenso importante entre los actores principales de aquella época, hasta que sarcásticamente diríamos que se encendió el canal «Volver» en la pantalla, con la vieja película donde se repetían las discusiones, más gritos que diálogos, más diferencias que construcción de ideas, un desgaste estratégico que le funciona a las minorías bullangueras para paralizar el debate y volver a fojas cero.
¿O nos detenemos en el pasado o avanzamos hacia el futuro?
La historia sirve para situarnos en lo que nos ha pasado. El motivo de nuestro fracaso no podemos encontrarlo en los demás, que por cierto han contribuido en una cuota parte, lo hallamos en nuestra dirigencia, siempre sin valor para definir lo que sienten y necesitamos.
«El fracaso es una gran oportunidad para empezar otra vez con más fuerza e inteligencia», solía decir el empresario estadounidense Henry Ford.
Es la hora de terminar la deuda inconclusa, de quienes jugaron una idea y apuntalaron un proyecto y los que hoy siguen por ese idéntico camino.
Podemos sentarnos a debatir qué hacemos con nuestro parque, si podemos dotarlo de diversos aportes sin desvirtuar lo natural como en todo el mundo, llamando a inversores de capital privado, sin desnaturalizar el rol del Estado inspector.
Hoy, Facundo López ha mostrado una firme idea de avanzar con diversos proyectos, entre ellos, intervenciones en zonas del parque, colocando en agenda el debate, que tendría un marcado acompañamiento, sin diferenciar oficialismo u oposición, aquí se deberá concretar lo que históricamente no se pudo cristalizar.
No es hora de buscar más motivos o petrificarnos en el pasado, siempre hay tiempo para enmendar nuestros errores.