Paz en la región hasta la llegada de Calfucurá
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Tras una traición del lonco mapuche, esa tribu masacró a los indios de la región y se generó un estado de guerra que culminó con la denominada Conquista del Desierto
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En 1939, en el Ateneo Necochense el periodista Samuel Moreno Ortiz pronunció una conferencia sobre la relación de los indios con los primeros criollos que habitaron la región.
Esa charla fue luego recopilada en un librito hoy olvidado. Moreno Ortiz era el director del diario Necochea, uno de los primeros uno de los periódicos que se publicaba a principios del siglo XX en nuestra ciudad.
Ya habían pasado 60 años de las campañas militares que expulsaron a los aborígenes de la provincia de Buenos Aires. La mayoría de los asistentes habían escuchado historias de los habitantes originales de la tierra de boca de sus padres y abuelos, pero ya el recuerdo comenzaba a borrarse en una ciudad que ya disfrutaba de todos los adelantos del Siglo XX.
En el inicio de su exposición Moreno Ortiz explicaba que se iba a referir a las relaciones que habían mantenido los primeros pobladores criollos del partido de Necochea con los aborígenes que “tenían su cuartel general en Salinas Grandes, ya que las demás tribus establecidas al Oeste de Buenos aires y Norte de La Pampa, desarrollaban su actividad, en la mayoría de los casos correrías, teniendo por puntos de referencia las zonas inmediatas de Olavarría, Azul, Bolívar, 9 de Julio, Junín, etc., extendiéndose hasta la provincia de Córdoba”.
Moreno Ortiz manifestaba que los primeros encuentros de los aborígenes con los cristianos se produjeron en 1582, durante una exposición de Juan Garay hasta el sur de las Sierras de Tandil.
El capitán Hernandarias de Saavedra, quien más tarde fue uno de los fundadores de Concepción y Corrientes, se aventuró hasta la desembocadura del río Quequén, “donde tuvo un entredicho con los indios del que, por fortuna, salió con felicidad”.
“En 1695 unos misioneros fundaron una colonia en las proximidades de lo que hoy es Mar del Plata, la que más tarde fue abandonada por su fundadores”, agregaba.
“En 1747, varios jesuitas que se habían internado hacia el sur de Buenos Aires y recorrían la sierra del Volcán (Balcarce), reconstruyeron la colonia, ubicada en el paraje conocido como Laguna de los Padres, a la que dieron el nombre de Misión de la Virgen del Pilar y en la que lograron agrupar a más de cincuenta familias y hasta catequizar a muchos indios, con los que mantuvieron, (pese) a su alejamiento de los centros poblados y los escasos medios defensivos que disponían, buenas relaciones de vecindad, que les permitieron vivir en paz y dar impulso a la obra emprendida”.
Según Moreno Ortiz, estos antecedentes “pueden explicar, en cierto modo, la acogida amistosa que los indígenas dispensaron a los primeros pobladores de los campos de Lobería y Necochea”, después de la fundación del fuerte Independencia, que dio origen a Tandil, en 1823.
Sin vuelta atrás
“Los indios que tuvieron relaciones amistosas y de intercambio comercial con los pobladores de la zona atlántica del Sudeste de Buenos Aires fueron los Vorogas, nombre que es una corrupción de Voro-hué, que significaba lugar de los huesos, cuyo territorio se extendía al Este y Noroeste de Salinas Grandes en una extensión de 2.500 leguas, llegando por el Sudeste hasta el límite natural del Río Colorado y por los dos rumbos antes citados hasta donde empezaba el dominio de los ranqueles, corrupción de “ran-kulches” que, en araucano significa: gentes del carrizal.
“Los indios Vorogas tuvieron su dinastía propia hasta el año 1835, ejerciendo el mando supremo de sus tribus el cacique Rondeau, hasta que una partida de indios chilenos que cruzó la cordillera al mando del cacique Calfucurá, se impuso por medio de una traición”.
Luego de la matanza, Calfucurá se proclamó nuevo jefe en el país de los Pampas y firmó un tratado de paz con Rosas.
Pese a ello, los Vorogas que lograron salvarse del exterminio volvieron con el tiempo a reanudar sus relaciones amistosas y comerciales con los pobladores de esta zona de la provincia, “especialmente los que se radicaron en los campos del Moro, cercanías de Balcarce y proximidades de la costa atlántica”.
Según Moreno Ortiz, después del año 1838 algunos de esos indígenas se radicaron en Cristiano Muerto.
Los Vorogas llegaban a la región con sal, quillangos de guanaco, pieles de otras especies, plumas, ponchos y otros tejidos, además de amuletos contra el “gualicho”. “Estos indios comerciantes operaban a modo de los gitanos: vendían lo que traían o parte de ello a cambio de animales y efectos que a ellos les eran necesarios y pedían siempre, plañideramente, todo aquello que les agradaba o podía serles útil, recurriendo a este estribillo: ‘Dando, dando hermano’; al que atribuían un alto significado de afecto y de fraternidad que, indudablemente provenía de su anterior contacto con los misioneros y ministros de religión”.
Moreno Ortiz explicaba también que los pobladores de la zona eran gente sencilla y cordial, que recibían con amabilidad y júbilo a los mercaderes de la pampa.
Sin embargo, con el paso de los años, los ataques de las tribus de Calfucurá contra las estancias y poblados de la provincia, culminaron en la guerra planeada por Juan Manuel de Rosas en un principio y luego llevada adelante por el gobierno del presidente Nicolás Avellaneda.