Perder también duele, pero se puede aprender
Celia Antonini habló del clásico y de cómo afrontar la frustración
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El superclásico entre Boca y River es más que un partido de fútbol. Está cargado de historia, identidad, orgullo y rivalidades que atraviesan generaciones. Por eso, cuando se pierde, la derrota no es solo deportiva: se siente en el cuerpo, en el ánimo y en lo cotidiano. La licenciada en psicología Celia Antonini analizó en diálogo con Desde Temprano cómo influye emocionalmente un resultado adverso y cómo esa experiencia puede enlazarse con las frustraciones de la vida diaria.
“Hay algo que es tan tradicional para nosotros, para los argentinos, que es el superclásico”, señaló. Y cuando toca perder, “las derrotas se sufren. El tema es sufrirla lo menos posible”.
Antonini explicó que el impacto emocional es especialmente intenso en el hincha. “El fanático lo padece más inclusive que los jugadores, porque los jugadores están un poco entrenados para eso”, sostuvo. No se trata solo de un partido, ya que intervienen el vínculo con la camiseta, la identidad grupal y la comparación con el rival. “Hay un doble sufrimiento cuando el otro gana, sobre todo en un Boca-River”.
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La psicóloga describió el fanatismo desde una perspectiva neuroquímica: durante el partido, el cerebro libera dopamina, asociada al placer y la euforia. Pero cuando el resultado es negativo, la caída es proporcional. “Funciona como una droga. Cuando el equipo pierde, el fanático tiene algo similar a un síndrome de abstinencia”.
Este mecanismo explica por qué muchas personas viven el clásico con más miedo a perder que entusiasmo por ganar. “Nadie quiere perder nunca nada”, afirmó. Y extendió esa lógica a la vida cotidiana como puede ser el trabajo, los vínculos o proyectos personales. “No estamos entrenados para perder, aunque perdamos muchas veces. El no lograrlo provoca dolor y frustración”.
Antonini señaló que el problema aparece cuando el miedo inmoviliza. “Hay gente que por miedo al rechazo prefiere no correr ningún riesgo”. Allí, la derrota pasa de ser un hecho particular a una forma de vivir.
La vida sigue
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La clave, según dijo, está en regular la duración del sufrimiento. “Sufro mucho hasta que termina el partido, pero después pasa. Eso sería lo saludable”, expresó. La psicóloga propone definir un límite personal: permitir la bronca, el enojo o la tristeza, pero no habitarlos indefinidamente. “Yo le pongo un límite. Hoy puteo todo el día, pero mañana me levanto y sigo”.
Es, en definitiva, una decisión consciente. “No puedo cambiar lo que pasó. Lo único que puedo hacer es acortar el tiempo de sufrimiento”.
Su consejo final es simple y práctico: volver a uno mismo. “Poner la cabeza en tu vida. Salí del partido y enfocá tu energía en algo que puedas mejorar. Eso da bienestar” y cerró diciendo: “Para los que ganaron, prolongar la alegría y para los que perdieron, reducir la caída. Para todos, recordar que el partido terminó, pero la vida sigue”.///
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