Pioneros del actual delivery y vendedores ambulantes que quedaron en el recuerdo
Cuando repartidores recorrían las calles de la ciudad en bicicleta o carros vendiendo alimentos. Los rubros que ya no se llevan a cabo
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RAÚL JÁUREGUI
Redacción
Pioneros del actual servicio de delivery, vendedores ambulantes que vivenciaron varias generaciones y oficios callejeros que los cambios de costumbres y el avance de la tecnología dejó en el camino, conformaron la columna semanal basada en el archivo de Ecos Diarios, que se emite en el programa radial “Desde Temprano”, en Ecos Radio.
En la ocasión se hizo un viaje imaginario a las lejanas décadas del 50 al 70, cuando Necochea tenía poco más de 40.000 habitantes, sus calles céntricas eran de adoquines y en los barrios faltaba asfalto.
Por entontes las transacciones eran cara a cara, ya que no había teléfono fijo en la mayoría de las casas, y así los encargues de mercadería se hacían mano a mano con el comerciante y para varios días
De esta forma las calles se poblaban de jóvenes y hombres que, en bicicletas, a pie o en carros tirados por caballos, distribuían a domicilio alimentos de diverso tipo.
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Lecheros, panaderos y vendedores de verduras
En el repaso se habló del lechero, que en su carro llegaba cada día a dejar el alimento recién ordeñado, que luego había que hervir para poder consumir.
Los lecheros solían ir acompañados por un joven o niño, que con tarros pequeños de acero llevaban la leche a casas de un barrio, mientras su patrón iba a otras, para acelerar el recorrido.
Otro repartidor o vendedor ambulante que solía verse en los 50-60 era el panadero, generalmente en bicicleta, con un amplio canasto de mimbre en la parte de adelante, transportando ese rico alimento y facturas. También solían verse, en general en viejas camionetas a verduleros ambulantes, que ofrecían su mercadería y la pesaban en balanzas con un solo platillo.
Muchos de esos vendedores eran extranjeros, varios de ellos denominados cariñosamente “turcos”, a quienes a veces no se les entendía demasiado al hablar.
¡Palito bombón, heladooo!
Otro rubro del que se habló en la columna de “Desde temprano” es el de los heladeros ambulantes, que en sus carritos-bicicletas recorrían durante el verano las calles necochenses en los tórridos horarios de la siesta al grito de: “Palito, bombón heladoooo!”
La mercadería viajaba en el interior de una pesada caja ubicada al frente de la bicicleta, con hielo en el interior para mantenerla congelada.
La marca legendaria fue Laponia, con los vendedores uniformados de blanco y el logo de la marca en color azul, ofreciendo su rico producto a grito pelado o haciendo sonar un silbato, que incitaban a los niños para pedirles a sus padres que le compraran.
Noel, La Montevideana y Frigor también fueron otras de las marcas voceadas en nuestras calles.
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Fotógrafos en la playa
La dinámica de ciudad turística hizo que por muchos años y hasta no hace poco tiempo se desempeñaran en la playa los fotógrafos, con mucho trabajo al retratar para la eternidad las vacaciones de los turistas.
Vestidos con camisa y pantalón largo en los 50-60 y con la cámara colgando de su cuello, caminaban las arenas o se apostaban en la zona de la vieja Rambla, sitio preferido de muchas tomas.
Entre los fotógrafos de aquellos tiempos se recuerda a los apodados “Tito”, “Pepe” Lacedra y uno de apellido Viola. Los mismos tomaban una seña al cliente y a las horas o al día siguiente le llevaban la imagen impresa al hotel o vivienda en el que se alojaran, en caso de los turistas.
Por esos tiempos y en años posteriores se observaba en sitios turísticos a fotógrafos con ponys, llamas o burritos para tomar imágenes a los niños con dichos animales.
El último vestigio del fotógrafo playero, más acá en los años, fue el creativo que caminaba las arenas arrastrando un pequeño velero con rueditas, para tentar a sacarse fotos a los pequeños.
La aparición de los teléfonos con cámaras de foto culminó con esta profesión playera.
Barquilleros, lustrabotas y chatarreros
En la década del 60 al 80 también era frecuente ver, sobre todo los fines de semana en la zona del Parque Lillo o la plaza Dardo Rocha, a los barquilleros, vendiendo esa lámina delgada de pasta sin levadura hecha con harina, agua y azúcar o miel.
En la parte superior del cajón con los barquillos había una especie de ruleta, que el niño o su madre hacia girar y donde se detuviera el palito de madera, sería la cantidad de barquillos que el cliente se llevaba.
De aquellos lejanos tiempos tampoco se olvidan los llamados chatarreros, que en camioncitos recorrían las calles, vociferando a través de megáfonos que compraban bronce plomo, colchones y otras tantas cosas. A precios que quién sabe cómo establecían.
También formaban parte del paisaje callejero los lustrabotas, que en general eran de corta edad o jovencitos, que con sus cajoncitos hacían su labor a la salida de bancos o confiterías, como la vieja “La Armonía”, en 59 y 62. Con el masivo uso de las zapatillas, se fueron extinguiendo.
Vendedores de vino y jugos en damajuanas y de embutidos y quesos que portaban en canastos de mimbre, también eran frecuentes en las calles locales.
Hoy mandan en nuestras calles los repartidores en moto que denominamos “delivery” y que viajan a alta velocidad para llevar cuanto antes su mercadería, en la que prevalecen las pizzas, empanadas y helado.
Son tiempos rápidos, en contraposición el de los viejos vendedores ambulantes que se movían a un ritmo más lento, con más diálogo con los clientes.
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