:format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/06/daniela_caceres_relato.webp)
Sonará la alarma y te despertarás. Apenas la dejarás sonar para que nadie en casa se despierte, aunque hace tiempo has notado que nadie lo hace. Te levantarás con absoluto sigilo y recogerás las ropas que has dejado preparada a los pies de la cama. Te guiarás de memoria por el pasillo oscuro. Tampoco encenderás las luces para hacerlo, no es necesario. Cada uno de tus pasos sucede al otro. Se mueven a un ritmo totalmente coordinado como si estuvieran interpretando un vals de Strauss, por lo que ya ni tocas el suelo, te deslizas.
Flotan los volados de tu camisón color cielo que vistes hace tanto tiempo. Permites que te abrigue en este duro invierno y ya no te interesa que no esté tan nuevo. Se notan sus transparencias que muchas veces, se confunde con la tuya propia. Has adelgazado demasiado. Trabajas mucho, estudias mucho, cuidas de tus hijos, tu marido, tu casa. Repartes las horas como puedes para cumplir con todos.
Sin prender las luces, encenderás la hornalla de la cocina y apenas, la lumbre de la llama ilumina el espacio. Parecerás una sombra que carga la pava y vacía el mate. Otras sombras se mueven por ahí: Ema, Ulises, Pichín, Puca… Terminarás de vestirte mientras tanto y todavía, en absoluto silencio, prepararás la mesa y correrás la silla. Te sentarás. Y mientras el agua se calienta, verás pasar los recuerdos de tu vida…
Primer mate. Silencio. Segundo mate. Mas silencio. Y así, entre mate y mate, llega el momento en que te abrigas para por fin salir. Ya has peinado tus trenzas y puesto el guardapolvo. Te colocarás la bufanda blanca de lana de oveja, con nuditos, y por fin la misma campera de abrigo que compraste una vez, cuando los cuatro fueron de paseo a Mar del Plata, un fin de semana del que ya no puedes recordar la fecha. Se trabarán tus frágiles dedos, fríos, transparentes, cuando intentes subir el cierre y colocarte la capucha. Por último, tomarás tu bolso lleno de libros y carpetas y lo cruzarás sobre tu hombro, en diagonal, para llevarlo más cómoda. Ahora te pondrás los guantes tejidos con la misma lana blanca de ovejita y abrirás la puerta levemente, no necesitas demasiado espacio. La puerta no cruje: hasta pareciera que no la has abierto.
Comenzarás a caminar bajo la lluvia y la helada profunda de la mañana. Nadie en la calle. Transitarás en soledad todo el camino hasta la ruta donde como cada mañana desde hace años, te pararás al lado del cartel de velocidad para hacer dedo.
Pocos autos transitarán hoy. El día se presentará demasiado frío y demasiado oscuro. Las luces de las columnas permanecerán apagadas hasta que los empleados de la usina puedan repararlas. Se rompieron por la tormenta de anoche.
Pasarás por el Hospital Municipal que también estará a ciegas. Usarán reflectores de emergencia y sólo verás moverse las siluetas incansables de los médicos y enfermeras que corren de un sector al otro. No verás ambulancias en la puerta. Todas se fueron a cubrir situaciones desesperadas de las familias que viven en lugares y zonas totalmente vulnerables. Eso te hará pensar en los pocos niños que asistirán hoy a tu escuela. Pararás unos segundos en este lugar porque recordarás cuando estuviste allí; primero para parir a Kevin, después para hacerte la quimio y por última vez, por el accidente… Te correrá un escalofrío por tu cuerpo gastado que nunca pudo desprenderse de esas sensaciones. Ya no las sientes…
Continuarás tu marcha hacia la ruta. Cercana y lejana a la vez. El camino se alargará y se acortará sin sentido, como si desearas llegar y no pudieras, como si la pesadilla la estuvieras viviendo despierta.
Caerá la lluvia con más intensidad. Los autos pasarán a tu lado y no se detendrán. El viento helado golpeará tu rostro, pero no lo sentirás. El frío ya no te dañará. El viento, el frío y tú, serán uno.
Nadie te verá. Todos pasarán a tu lado ignorándote. Antes, todos los autos se detenían para que vos y tus compañeras pudieran subir. Recordarás los momentos de risas y de bromas, las peleas para saber quién subiría primero y quién seguiría haciendo dedo. Hasta que todas se reencontrarían por fin, al cabo de una hora, en la cocina caliente de la escuela, con el pan tostado y la manteca esperando arriba de la mesa.
Te detendrás en la calle 106, mirarás la Rural y las sombras de las vacas que todavía no se han despertado por lo que no escucharás sus mugidos.
Llegarás a la curva de la ruta y no mirarás para atrás para cruzar, porque vas sumergida en tus pensamientos. Llegará un camión de pollos y huevos que viajará hasta Tres Arroyos, morderá la banquina y se desplomará sobre ti. Y te verás a ti misma debajo de sus ruedas, con la bufanda puesta, teñida de rojo. Verás tu cuerpo allí pero también te verás continuar tu marcha hasta el cartel de velocidad, caminando a paso lento. Demasiado lento…
Ese día no llegarás a la escuela. Los niños tampoco.
Ese día marcó un final, pero también un nuevo comienzo.
No dejarás de ir a tu casa, de levantarte cada mañana sin ser oída, de prepararte para salir hacia la ruta.
Repetirás esta rutina por los próximos cincuenta años.
Algunos viajeros te verán. Otros, preferirán no verte nunca.
Sobre la autora:
:format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2025/07/daniela_fernanda_caceres.jpeg)
Daniela Fernanda Cáceres nació en Necochea, el 14 de octubre de 1967. Es docente de Educación Primaria, profesión que ejerce desde hace más de 30 años, de los cuales 20 fueron como maestra rural en Ramón Santamarina. También es profesora de Lengua y Literatura en decundaria de adultos y terciario.
Para comentar, debés estar registradoPor favor, iniciá sesión