Por los inmigrantes italianos
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Ayer se recordó el aniversario del nacimiento de Manuel Belgrano, una fecha especial para la colectividad
Agustina Sabatini (*)
Para Ecos Diarios
Ayer celebramos en nuestro país una fecha con un tinte especial, incluso aún mayor para quienes portamos aquella descendencia en nuestra sangre, nuestras costumbres, nuestro apellido y por sobre toda las cosas, en nuestra historia de fraternidad y unión con el suelo italiano. Indudablemente, aquellas raíces que comenzaron a gestarse en nuestro país desde antes incluso de nuestra independencia, han generado un enérgico arraigue socio-cultural que se mantiene en pie en la actualidad con la misma fuerza que desde el primer día, gracias a todos aquellos hijos, nietos y bisnietos de inmigrantes que han sabido mantener con vida sus legados y especialmente, su origen. Hemos aprendido a llevar en nosotros con una cierta nostalgia aquella Italia de nuestros antepasados, con la fuerza que la caracterizó y el espíritu que sirvió de propulsor para marcar en nuestros cimientos el orgullo de pertenecer, de recordar, de mantener en pie lo que fuimos y seremos: descendientes de italianos.
Para entender por qué celebramos ayer el día del inmigrante italiano en la Argentina debemos remontarnos al 3 de junio de 1770, jornada que dio nacimiento a uno de los más grandes próceres que tuvo nuestro país: Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano y González. Sin embargo, la estrecha relación entre Manuel Belgrano e Italia tiene su origen en su familia paterna; su padre, Domenico Francesco Belgrano Peri o, si se quiere, Domingo Francisco Belgrano Pérez nacido en un pequeño pueblo de la Liguria, Oneglia sobre la costa perteneciente por entonces al Reino de Cerdeña. A pesar de que faltarían aún varios años por delante para que llegasen a nuestro país los masivos oleajes por parte de Italia, Domingo Belgrano se afincó en Buenos Aires en el año 1750 (luego de su paso por Cádiz) y no bajo cualquier título, sino como un modesto comerciante autorizado por la corona española. Sin entrar en un exhaustivo análisis, es necesario tener en cuenta cuáles fueron los principales motivos que dieron comienzo al flujo de emigrantes italianos hacia Argentina (y las Américas) durante el siglo XVIII y XIX resumiéndose básicamente en dos palabras claves: política y economía. Posiblemente hayan sido aquellos los que cruzaron el Atlántico en busca de un futuro prometedor en nuestras tierras; hijos del suelo italiano desplazados por el imparable avance industrial vislumbraron un sueño, un anhelo invencible de como corrientemente denominamos: “hacer la América”; el profundo deseo de forjar una cultura y un sentimiento que nos acompaña hasta nuestros días.
Los tiempos que nos tocan vivir son categóricamente disímiles a aquellos años, en donde desde los orígenes de la nación independiente Argentina se planteaba el interés de que sumen a nuestra comunidad hombres y mujeres, con una marcada focalización en el Viejo Continente. Sin embargo, es con la Constitución de 1853 que la política inmigratoria adquiere una verdadera dimensión nacional. La necesidad de aumentar la población argentina se proclamó en el Preámbulo y se consagró explícitamente en el Artículo 25. La iniciativa no fue ingenua, sino que estaba en sintonía con el espíritu del constituyente e Italia formaba parte del proyecto.
Pero los años pasaron y las políticas y visiones, de la misma forma que un péndulo, han sufrido un viraje de extremo a extremo. La historia continúa en construcción y cuando pensamos que ciertos polos opuestos no volverán a generarse, es allí en dónde desde el mismo seno de la sociedad resurgen.
Se torna necesario entonces hacer un paralelismo entre estas dos épocas, una pasada y una presente para entender como los pueblos han cambiado y en aquellos aspectos en dónde alegóricamente se construían “puentes”, se los han reemplazado por “muros”. Un claro ejemplo de esta situación podemos observarla en la Europa de estos días; un continente que se lanzó al mundo entre los siglos XV y XIX a conquistarlo y poblarlo, muestra signos de amenaza cuando las cartas se juegan en su propio territorio. Pero remontémonos medio siglo atrás; en el año 1957 se firmaba el Tratado de Roma con el que se inició el proceso hacia la Unión Europea. Una Unión que no sólo ha significado la superación de una época histórica de guerras sino que ha establecido, o intentado al menos, un espacio político, económico y social de confluencias. Sin embargo, en el marco de una globalización cada vez más acentuada y con los nuevos desafíos que de ella surgen (he aquí el tema principalmente de los inmigrantes) se han hecho aflorar nuevas y viejas contradicciones que están sometiendo a la Unión a una dura prueba que pone en cuestión hasta su propia existencia. El año del BREXIT, Trump y los populismos; del terror en Bruselas, Niza o Berlín; el año en que los referéndums del Reino Unido, Italia y Holanda simbolizaron el rechazo al establishment, se fue. Pero las amenazas gestadas en estos últimos doce meses continúan. La mayor dificultad es que el fenómeno se produce en medio de una feroz crisis económica, con varios partidos de derecha y extrema derecha al acecho subiendo en los sondeos y con la constatación de una realidad que los arquitectos de la Unión no contemplaron. La identidad europea no incluye la cuestión migratoria y es por ello mismo que el Viejo Continente se encuentra en una gran encrucijada: hacer frente a la crisis con todos sus recursos o, de lo contrario, traicionar muchos de los principios sobre los que se levantó.
A modo de síntesis, ese péndulo que ha estado en los últimos años en constante movimiento y que, incluso se supuso que con ello se impulsaría un cambio de paradigma y un nuevo orden mundial, ha comenzado a perder fuerzas y su eje no vira más allá del centro. Luego de los impulsos nacionalistas a lo largo y ancho del globo, las sucesivas derrotas en Holanda y principalmente Francia han puesto un freno a aquella corriente que apeló sin dilataciones a un discurso xenófobo y violento para poner en jaque la legitimación y el futuro de la Europa unida (y Occidente al menos). Nunca en la V República, con la excepción de Jacques Chirac en 2002, un presidente había llegado al poder con una victoria tan clara. La historia no se mueve en línea recta y en el año de los populismos, en una sociedad marcada por el hartazgo de las élites, de crisis de la integración europea y de miedo a los inmigrantes y refugiados, Francia emprende otro camino. Seguramente, luego de la caída del Muro de Berlín y el afortunado derrumbe de la Cortina de Hierro nos encontrábamos convencidos que la unión y la fraternidad entre los pueblos serían máximas ya adquiridas e invencibles. Definitivamente no. El respeto y la integración cultural y social son dos conceptos que se construyen día tras día, de generación en generación y es nuestro deber mantenerlos con vida y por sobre todas las cosas, ponerlos en práctica. Con una cierta nostalgia a esa visión de antaño de nuestros antepasados, recordamos que fueron ellos quienes con una valija cargada de sueños y temores emprendieron un viaje hacia lo desconocido en busca de un futuro prometedor del otro lado del océano. Por eso mismo, como hijos, nietos y bisnietos de inmigrantes italianos los conmemoramos en su día y en el resto de los días porque sus historias, sus costumbres y su legado ocupan un privilegiado espacio dentro de nuestras memorias y, concluyentemente, sin ellos no estaríamos aquí. Escribiendo. Inmortalizando. Soñando.
(*) Estudiante de Derecho de la Universidad Siglo 21