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Hay historias que no terminan cuando termina la noticia. Algunas quedan allí, dando vueltas, esperando una respuesta que nunca llega del todo. La de Bautista Coronel es una de ellas.
Casi un año después de aquella madrugada en la que una pelea entre adolescentes frente al Complejo Casino terminó con la vida de Bautista, de 17 años, la causa vuelve a quedar suspendida en una instancia que parece prolongar el tiempo y la incertidumbre.
El Tribunal de Responsabilidad Penal Juvenil rechazó por unanimidad el pedido de sobreseimiento por inimputabilidad presentado por la defensa del único acusado. Pero, al mismo tiempo, los tres jueces que intervenían en el expediente decidieron apartarse. Ahora deberán sortearse nuevos magistrados especializados para continuar con el proceso.
Una decisión judicial que resuelve una cuestión, pero abre otra.
El pedido de la defensa buscaba que el adolescente acusado fuera considerado inimputable y, en consecuencia, sobreseído y puesto en libertad. Ese planteo fue rechazado. El joven, que tenía 16 años al momento de la pelea, continúa detenido en el Centro Cerrado de Contención de Menores de Batán.
Pero el juicio todavía no comenzó. La Fiscalía había planteado la posibilidad de avanzar mediante un juicio abreviado, aunque hasta ahora no existe acuerdo entre las partes. De no prosperar esa alternativa, debería comenzar el juicio oral antes del próximo 26 de octubre. Para que eso suceda, primero deberá conformarse el nuevo tribunal.
Y ahí aparece nuevamente esa sensación de estar “en el limbo”.
No porque la Justicia no esté actuando. Todo lo contrario: hay resoluciones, audiencias, pericias, planteos y decisiones. Pero para quienes esperan una respuesta definitiva, cada nuevo movimiento procesal puede sentirse como otro paso que vuelve a colocar el desenlace un poco más lejos.
En noviembre del año pasado, cuando todavía estaba fresco el impacto de la muerte de Bautista, el comentario “Mirar para el lado correcto” intentaba correr la mirada del expediente para preguntarse qué había sucedido alrededor de aquella pelea. No solamente quién había atacado a quién, sino qué había hecho el resto. Quiénes habían visto. Quiénes habían pasado por el lugar. Quiénes pudieron haber llamado, intervenido o intentado detener aquella violencia.
Aquella reflexión planteaba que el problema no terminaba en la pelea. Que detrás de una tragedia semejante había una cultura de la confrontación, una violencia que muchas veces se exhibe, se filma y se comparte, y una comunidad que puede terminar acostumbrándose a observar los conflictos desde afuera. También advertía que la responsabilidad no podía quedar exclusivamente en manos de la Policía o de la Justicia: familias, escuelas, clubes, instituciones y vecinos forman parte de una trama mucho más amplia.
Casi un año después, esa pregunta sigue vigente.
Porque la Justicia tendrá que establecer las responsabilidades que correspondan. Ese es su papel y debe hacerlo con todas las garantías que exige un proceso penal juvenil. Pero existe otra responsabilidad que ningún tribunal puede resolver mediante una sentencia.
¿Qué hacemos para que esto no vuelva a ocurrir? Es una pregunta mucho más incómoda.
Porque resulta relativamente sencillo esperar una resolución judicial. Es mucho más difícil preguntarse qué sucede antes de que una pelea termine en una tragedia. Qué herramientas existen para detectar los conflictos. Qué espacios tienen los adolescentes para canalizar la violencia. Qué hacen las instituciones cuando advierten situaciones que pueden escalar. Cuánto estamos dispuestos a involucrarnos cuando el problema sucede delante de nuestros ojos.
Bautista no debería convertirse solamente en el nombre de una causa. Tampoco en una estadística policial.
Su muerte debería seguir funcionando como una señal de alarma para una ciudad que, en noviembre de 2025, se preguntaba precisamente hacia dónde estaba mirando.
Ahora el expediente vuelve a cambiar de manos. Los jueces Nicolás Lamberti, de Necochea; Luis Surjet, de Azul; y Marcos Milano, de Dolores, resolvieron apartarse y deberán ser reemplazados mediante sorteo por magistrados especializados, que en principio serían de otros departamentos judiciales de la Provincia. Es otra espera.
Y para una familia que perdió a un hijo, esperar no significa simplemente dejar pasar los días.
El calendario judicial tiene fechas. Las audiencias tienen horarios. Los expedientes tienen plazos. Pero el dolor no funciona de esa manera. Para la familia de Bautista, aquella madrugada del 1° de noviembre de 2025 continúa siendo una frontera entre una vida que estaba transcurriendo y otra que nunca volvió a ser igual.
Mientras la causa espera nuevos jueces, nuevas decisiones y eventualmente un juicio, la vida continúa alrededor.
Continúa para quienes estuvieron aquella noche. Para quienes investigaron. Para quienes declararon. Para quienes siguieron el caso. Para quienes conocieron a Bautista.
Pero hay una familia para la que la vida quedó partida.
Por eso la Justicia necesita llegar a una conclusión. No para cerrar mágicamente una herida que nunca podrá cerrarse por completo, sino para establecer, con las garantías correspondientes, qué ocurrió y cuáles son las responsabilidades que correspondan.
Y la sociedad necesita hacer algo más. Necesita no mirar para otro lado.
Porque si después de una tragedia semejante solamente esperamos una sentencia, habremos atendido una parte del problema. La otra seguirá allí, esperando la próxima pelea, el próximo conflicto, la próxima escena que alguien filme con un teléfono mientras otros pasan.
La historia de Bautista debería servir para que esa escena no vuelva a repetirse. Casi un año después, la causa continúa buscando su camino. La Justicia está en movimiento, pero el desenlace todavía parece estar en el limbo.
La pregunta, en cambio, ya debería tener una respuesta mucho más concreta: ¿Qué estamos haciendo, como comunidad, para que no haya otro Bautista Coronel?
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