“Quiero que la gente se de cuenta de que reciclar sirve”
Andrea González y su oficio de darle una segunda oportunidad a sombrillas, gazebos y reposeras a través de la reparación.
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ROCÍO MAGALÍ SÁNCHEZ
Para Ecos Diarios
En una esquina de la ciudad, sobre calles 70 y 53, funciona un taller que parece sencillo a primera vista pero guarda un mundo de saberes poco comunes. Allí trabaja Andrea González, una mujer que eligió dedicarse a un oficio que todavía sorprende a muchos: reparar reposeras, sombrillas, carritos, valijas y cualquier objeto que merezca una segunda vida. “Quiero que la gente vea que el reciclar sirve”, dice con una sonrisa tímida, consciente de que su tarea tiene tanto de oficio como de mensaje.
El camino hacia este trabajo comenzó en su familia. Su padre, hoy de 83 años, fue el primero en Necochea en arreglar reposeras cuando se jubiló, hace casi dos décadas. Ingenioso y persistente, encontró en ese objeto cotidiano una oportunidad de trabajo. Andrea, que durante años se desempeñó en una óptica en Cariló, decidió hace unos siete años sumarse a su padre. Primero como ayudante, después como aprendiz y finalmente como dueña de su propio taller.
“Todo lo que aprendí fue de él y de un empleado suyo que terminó siendo un gran amigo. Un día me quedé sola y no me quedó otra que aprender a arreglar caños, lonas, costuras… Hoy lo hago todo yo”, contó.
De costurera siempre tuvo el pulso. Desde los diez años maneja máquinas de coser, trabajó en fábricas de camisas y jogging, y hasta reconoce que puede detectar si una máquina está fallando apenas escucha su ruido. Pero nunca imaginó que terminaría cosiendo telas de reposeras y lonas de sombrillas. “Me gusta porque no es buscar la perfección de una prenda, sino la resistencia. Lo importante es que cumpla su función”, explicó.
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Reciclaje como estilo de vida
El oficio fue creciendo y también diversificándose. Además de reposeras y sombrillas, Andrea empezó a reparar carritos de compras y valijas. “Nadie los arreglaba y las mujeres tenían que salir a comprar otro. Me di cuenta de que podía hacerlo y empecé. Es un alivio para muchas”, cuenta. Ese espíritu práctico se enlaza con una convicción profunda: evitar el consumo desmedido y darle nueva vida a los objetos.
“Cada cosa que tiramos contamina. Una reposera rota no es basura, es aluminio y tela que se puede arreglar. Es trabajo para mí y es también cuidar el medio ambiente”.
El mensaje no es casual. Andrea se crió en una casa donde la austeridad era regla y el reciclaje, una costumbre. Su hija, hoy de 38 años, también abrazó esa forma de vida y participa en una cooperativa junto a otras mujeres, con un emprendimiento que combina productos agroecológicos y artesanales.
“Siempre fuimos de lo justo y necesario. Aprendimos juntas a vivir con menos y a reutilizar todo lo posible”, explicó la entrevistada, que transforma hasta los retazos de tela en bolsitas o materas para vender.
La experiencia no está exenta de desafíos. El machismo, aparece seguido. “Muchos hombres no confían cuando ven que soy yo la que va a arreglarles la reposera. Preguntan por mi papá o por algún empleado. Como si una mujer no pudiera agarrar una amoladora. Pero después, cuando ven cómo queda el trabajo, se sorprenden”, relató. Aun así, la mayoría de sus clientes son mujeres y valoran el cuidado con el que Andrea devuelve la utilidad a sus objetos.
A sus 58 años, mantiene una visión clara: trabajar en lo que le gusta y en lo que tenga sentido. “Nunca voy a estar en un trabajo que no me guste. Pude seguir en Buenos Aires con la óptica, pero elegí Necochea y un oficio que me hace sentir bien”. Sabe que la economía golpea fuerte y que las importaciones baratas afectan a los talleres como el suyo, pero también ve en la crisis una oportunidad: la gente arregla más y compra menos. “Antes me decían: mejor comprar nuevo. Hoy entienden que reparar no solo es más accesible, sino que queda igual que de fábrica”.
Más allá de la coyuntura, defiende el valor de los oficios. “Hoy parece que todo pasa por estudiar, pero también es importante aprender un oficio. Es trabajo digno y necesario. Y además, enseñar a las nuevas generaciones que reciclar y reparar también son formas de cuidar el mundo”.
El taller de la esquina sin cartel sigue siendo un punto de encuentro para quienes buscan prolongar la vida útil de sus objetos. Sin una gran identificación ni presencia fuerte en redes sociales, se mantiene por el boca a boca, por la confianza de quienes dejan allí su reposera o su sombrilla. Andrea González no busca grandes sueños, sino que va “día a día, haciendo lo que le gusta”. Pero en cada puntada y en cada reparación hay algo más: una forma de resistencia frente al consumo descartable y una lección silenciosa sobre la importancia de valorar lo que tenemos.
Conciencia ambiental
Andrea González apuesta a darle una segunda chance a los objetos de playa como sombrillas, reposeras y gazebos que muchas veces, por desconocerse que existe un espacio donde se los repara, suelen ser descartados.
En su negocio, además de dedicarse a algo fuera de lo común para una mujer, González busca poner en valor los objetos y evitar una cadena de consumo excesiva que continúe castigando el medio ambiente. Su hija, también llamada Andrea, sigue su línea de pensamiento y se dedica a fomentar proyectos de consumo consciente y de pequeños productores locales.
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