A 30 años del cierre de “Casa Aduriz”
:format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2018/08/aduriz31.jpg)
Ofrecía por entonces artículos de mercería, ropería, zapatería, confecciones en general
Hace 30 años, un tradicional comercio de nuestra ciudad, con 60 años de trayectoria, cerraba definitivamente sus puertas. Se trataba de “Casa Aduriz”, ubicada en la intersección de la avenida 59 y calle 62, la que fuera inaugurada el 8 de marzo de 1928 y donde actualmente funciona una confitería.
Miguel Nicolás Gravino, quien venía desempeñándose como gerente de la sucursal local, anunciaba que las actividades comerciales se paralizaban, en tanto, consecuentemente los diez empleados dejaban de pertenecer a la empresa a partir de ese momento.
La firma, cuya sede central se encontraba en Alsina 1382 de Capital Federal, había quebrado, razón por la cual se producía el cierre de su local en Necochea y de las restantes 11 sucursales que, hasta esos días se hallaban funcionando.
El primer gerente de Casa Aduriz fue Pedro Taranco y la casa ofrecía por entonces artículos de mercería, ropería, zapatería y confecciones en general.
En oportunidad de celebrarse el medio siglo de vida, en 1978, la sucursal necochense organizó concursos en los que podía participar toda la comunidad.
En ese entonces, las crónicas señalaban que “la gente respondió generosamente” y la tradicional tienda, ubicada en “la esquina más céntrica de Necochea”, había recibido “la visita de personas de ambos sexos, muy mayores algunas y hasta niños, ansiosos de participar de los sorteos de premios”.
Anécdotas
Quien tuvo su experiencia laboral, con apenas 15 años, fue Juan José Arista, quien inclusive conoció en la tienda a su señora y trabajó durante tres lustros, siendo una etapa muy importante y significativa en su vida.
“Terminé el primario y como no me gustaba estudiar empecé a trabajar. Ingresé a los 15, vivía con mis padres y lo que ganaba lo repartía con ellos”, dijo.
Su familia estaba integrada por sus padres y dos hermanas. “Mi padre era contador, mi madre ama de casa y mis hermanas una vez que se casaron se fueron de casa”, comentó.
Aduriz le sirvió desde el plano laboral y en todos los sentidos, porque aprendió a trabajar, ser responsable y disciplinado,
“Aprendimos a medida que crecíamos, yo estuve 15 años trabajando. Comencé
como empaquetador, después le pedí al gerente que me pasara a telas y ahí aprendí todo y crecí gustándome ese rubro”, manifestó Juan José.
La disciplina era muy importante al igual que el trato con el público, a tal punto que el gerente le consultaba a los empleados el diálogo que habían tenido con los clientes. “Así aprendíamos y uno pasaba por todas las secciones”.
Con 40 empleados a cargo, el gerente era estricto y los controlaba en los horarios, comportamientos y desenvolvimiento.
En este sentido, Juan detalló que “había que llegar 5 minutos antes y teníamos que irnos 15 minutos después del horario porque había que acomodar la mercadería, dejar limpio y demostrar interés por el trabajo”.
En una ocasión entró un amigo de Juan, pero dentro de la tienda lo tenía que tratar de usted, “él no me entendía, pero así debía ser el trato, inclusive a mi señora la trataba de usted”.
Prestigio
Trabajar en “Casa Aduriz”, era símbolo de prestigio, seguridad laboral, daba tranquilidad y al nombrarla en cualquier lado, a los empleados les ofrecían créditos.
Arista recalcó que “nosotros con mi señora trabajando los dos, nos hicimos nuestra casa. Ojalá se pueda volver a esa situación alguna vez en la vida”.
En los comienzos, “Casa Aduriz” sólo contrataba empleados hombres, hasta que más tarde incorporó a las mujeres.
A partir de ese momento, cambió la vida de Juan José, porque ahí mismo, en su lugar de trabajo, conoció a quien luego sería su esposa.
“No fue para nada fácil, porque no se permitía tener ningún tipo de relación entre los empleados, pero empezamos a salir a escondidas de la tienda. No fue fácil relacionarse y dentro de la tienda el gerente no permitía que la mirara y yo no me acercaba, hasta que nos casamos”, aseguró.
Ella era cajera y el durante su último tiempo fue nombrado vidrierista, donde tenía que tener en cuenta los colores, combinaciones y varios detalles más.
“Las vidrieras se cambiaban cada 15 días y en total eran ocho, por lo que salía de una y empezaba otra. Antes eran cajones grandes, cerrados, muy distintos ahora, había que inventar e imaginar para llamar la atención de los clientes”.
De aquella época, Arista tiene los mejores recuerdos, “me sirvió para crecer, independizarme, empezar con mi propio trabajo.
Con el cierre de la Casa Aduriz, también desapareció un trozo de la historia comercial en nuestra ciudad.