Referéndums en Kurdistán y Cataluña: cinismo, soberanía y autodeterminación
En la política mundial esto se traduce en que los Estados defienden la utodeterminación cuando esta permite avanzar sus intereses. En contraste, la resisten y niegan cuando esta es percibida como perjudicial y dañina
Por Federico Gaon (*)
Las causas independentistas en Kurdistán y Cataluña han puesto nuevamente el foco sobre la espinosa cuestión del derecho a la autodeterminación. En teoría, se trata de un principio enarbolado por las Naciones Unidas. Se supone que todas las naciones reconocen la autodeterminación como ius cogens, como norma perentoria, que es determinante e inaplazable. No obstante, idealismo aparte, en la realidad sucede otra cosa. De una forma u otra, el derecho que las naciones tienen a escoger su representación política está condenado a chocar con el principio de soberanía e integridad territorial, que fomenta la preservación de las entidades políticas ya existentes. Por esta razón, es evidente que todo Estado será reticente a posibilitar un medio para abrir paso a su propia desintegración.
La disyuntiva entre autodeterminación y soberanía es una de las controversias del derecho internacional más difíciles de resolver. La autodeterminación estuvo en boga durante la posguerra mundial, y fue promovida tanto por Estados Unidos como por la Unión Soviética en deterioro de los intereses anglofranceses.
Argumentos basados en una perspectiva espacial
El común denominador en estos casos es la presencia de argumentos basados en una perspectiva espacial. Me refiero a la idea de que la distancia física entre un Estado y los territorios que este controla importa; que sirve como criterio moral para discernir entre una causa justa y una causa caprichosa. Esta noción cobra fuerza cuando existe una barrera marítima entre la metrópolis y el terreno disputado. No obstante, este criterio deja entrever rasgos de parcialidad selectiva, que añade a la relativizada cuestión de la autodeterminación. Si se lo piensa detenidamente, este criterio espacial no es otra cosa salvo un resabio de la coyuntura colonial.
En términos jurídicos, la distancia entre la capital y una región separada por el mar u accidentes geográficos no tiene por qué tener importancia. Una lectura más armonizada con el principio de autodeterminación sugiere que, en última instancia, es la población la que tiene que decidir el contrato social que dará forma a sus instituciones de gobierno. Y no debería interesar si estas están conectadas a una madre patria a kilómetros de distancia, o bien a un poder ubicado a la vuelta de la esquina. Por este motivo, la lógica del criterio espacial funciona a la inversa en el caso de los movimientos independentistas iniciados en territorios integrados físicamente a la entidad de la cual se quieren separar. Este criterio selectivo implica que nacionalismos como el escocés, el quebequense, el kosovar, el tibetano o bien el catalán tienen «perceptiblemente» menos sustento legítimo que la orquesta de reclamos presentados ante el Comité de Descolonización de la ONU durante los años sesenta.
El caso de Kurdistán
Sin entrar en detalles, los territorios que componen el Gobierno Regional del Kurdistán iraquí (KRG) fueron anteriormente parte de dos imperios, el otomano y el británico. Teniendo en cuenta los acontecimientos del siglo pasado, la nación iraquí, asumiendo que la haya, es una realidad relativamente reciente. Las fronteras que delimitan la extensión de Irak fueron dibujadas sobre la arena por funcionarios británicos; fueron ellos quienes decidieron crear un país a partir de tres provincias (valiatos) otomanas. De este modo, para el infortunio de muchos kurdos, la región de Mosul quedó políticamente conectada con Basora y Bagdad. Consecuentemente, dado que la mayoría de los kurdos que viven en Irak quiere la independencia, podría decirse que la lealtad que estos le deben al Estado iraquí es producto de una arbitrariedad europea.
El caso de Cataluña
En Cataluña la balanza parece inclinarse favorablemente hacia el argumento de soberanía. No puede decirse que los catalanes requieren de la independencia para salvaguardar su propia existencia o, lo que es menos urgente, preservar su identidad cultural. En España, a diferencia de lo que acontece en Medio Oriente, no hay conflicto civil, no hay guerra religiosa, y tampoco existe riesgo de que sí la haya. Además, en España impera un sistema democrático. Aun teniendo en cuenta los desperfectos del sistema, los catalanes no están enajenados del proceso de toma de decisiones y cuentan con un elevado grado de autonomía.
Por otra parte, no sería honesto minimizar o relativizar el reclamo catalán exclusivamente sobre la base de estas consideraciones prácticas. Si el derecho a la autodeterminación es ius cogens y aplica idílicamente para todos, entonces los catalanes también están en su derecho a decidir su propio futuro político. En algún punto todo nacionalismo es un invento; los nacionalistas utilizan el pasado para subvertir el presente y construir una narrativa que llama a restaurar supuestas glorias de antaño.
Un mapa mundial cambiante
Como argumenta Joshua Keating en un artículo publicado en The New York Times, antes que evitar cambios cartográficos, quizás sería mejor poner el empeño en tratar de garantizar que estos procesos ocurran de forma pacífica. Tal como sugiere el autor, quizás una idea propicia sería permitir algún tipo de representación internacional para los lugares que son en gran medida autónomos, como Cataluña o el KRG.
Vistas las cosas en perspectiva histórica, no existen fronteras o entidades políticas eternas. Con el paso del tiempo, circunstancias cambiantes reflejan imperios fuertes que luego decaen y terminan por dar forma a otros Estados nacientes. A su vez, estos pueden unificarse o bien dividirse en más partes. La tendencia en los últimos 150 años consistió en un movimiento hacia la centralización del poder. En vista del auge nacionalista que se sucede en muchas partes del globo, parecería que los regionalismos están revirtiendo el rumbo. Esto no tiene necesariamente que ser algo malo.
El debate soberanía-autodeterminación está condenado a arrojar controversias y contradicciones. Cualquier aproximación a cuestiones espinosas como la kurda y la catalana requiere entonces reconocer estos matices, y el doble discurso inherente que los acompaña. Si no podemos ponernos de acuerdo sobre cuál reclamo de autodeterminación es legítimo y cuál no, entonces no existe criterio imparcial para justificar la noción de soberanía e integridad territorial. Como en política mundial este relativismo es inevitable, lo más honesto sería reconocer nuestro cinismo de antemano.
(*): Licenciado en Relaciones Internacionales, y magíster en Estudios de Medio Oriente por la Universidad de Tel Aviv. También se desempeña como consultor en seguridad y analista político.///