Robos por doquier
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A esta altura de los acontecimientos y producto de la involución que en algunos aspectos ha tenido nuestra sociedad, casi que no habría que sorprenderse acerca de las modalidades de los delincuentes para cometer robos y todo tipo de delitos.
Sin embargo, últimamente se han registrado algunos hechos que no dejan de asombrar y que certifican que en el ambiente delictivo también se han roto algunos códigos, si es que alguna vez existieron, en cuanto a los sitios elegidos para cometer los ataques.
Entre los últimos robos de un espiral que parece a esta altura interminable, y con una pasmosa cantidad de hechos en los que nunca se halla a los culpables, aparece el cometido al Centro Educativo Nº 803, del que autores ignorados se llevaron la comida de 120 chicos de entre 3 y 16 años, que acuden al establecimiento.
Los delincuentes en la oportunidad rompieron una ventana para ingresar al edificio ubicado en Quequén y luego el sensor de la alarma, y si bien generaron un desorden en busca de elementos de valor, vaciaron la heladera de alimentos y se los llevaron.
El robo resulta doblemente repudiable, por el hecho delictivo en sí y porque se dejó sin alimentos a niños, que refuerzan en el citado centro complementario la comida de sus hogares.
Por otro lado, en los últimos días se produjo otro robo de equipos de sonido a un templo cristiano, en este caso a Iglesia Nazarena Apostólica, situada en el barrio sudoeste.
Tiempo atrás había sido el turno de la iglesia evangélica del pastor Víctor Godoy, en el barrio norte, donde cometieron un verdadero saqueo y se llevaron equipamiento musical de alto valor económico.
En ambos casos la adquisición de los elementos se produce a través de donaciones y juntar el dinero de los objetos para acompañar las misas, les lleva mucho tiempo.
En cuanto al destino de los elementos robados, es casi seguro que los delincuentes los hayan vendido, de manera de obtener dinero fácil, ya que como en el caso de los celulares encuentran la complicidad de quienes los compran, entre ellos comerciantes inescrupulosos.
En los tres casos, -el centro educativo y los templos-, los damnificados transmitieron su enojo e impotencia por los despojos sufridos, y comprendieron en “carne propia” que los elementos del malvivir no tienen ningún tipo de respeto.
Por una cultura que viene de años, no son pocos los individuos que repiten el accionar delictivo de sus progenitores, abuelos o parientes cercanos. Camadas familiares que se han criado en la cultura del no trabajo, dedicándose a robar. Y que con mayor o menor fortuna viven entre la libertad y las cárceles.
En esta modalidad de vida todo lo vale a esta altura. Desde quitarle a una mujer indefensa su cartera mientras camina por la calle; hacerle “el cuento del tío” a un crédulo, embestir contra las indefensas propiedades de un establecimiento educativo o un templo, ciertamente ligados a las carencias más que a las posesiones.
Como hemos mencionado en más de una oportunidad, todas estas actitudes del no respetar al otro ni a sus propiedades tienen en la educación un antídoto que debería aplicarse con mayor fuerza. Como la forma de aprender buenos valores y no quebrantarlos para hacerle el mal al prójimo.///