Rumbos
La fractura del gobierno vuelve difícil su sueño continuista y en la oposición se sigue complicando el sueño de continuar con un radicalismo manso dispuesto a apoyar nuevamente al PRO
Los dioses del mercado no soportan ninguna otra forma de religiosidad, acusarán de “pobrismo” aquello que antes denominábamos “humanismo”. Demuestan toda concepción del pensamiento del hombre que trascienda el consumo. Son dos religiones que se enfrentan, el consumismo y el humanismo. Los impuestos y las leyes laborales constituyen los pecados de la época y la palabra “patriarcado” paradójicamente desde el error de la idea de género explicaría una definición de la historia de la humanidad.
Siempre hubo creyentes y ateos, no fue usual que se respetaran, claro que si uno se enamora del mercado es muy difícil que acepte la existencia de otro paraíso. Cristo expulsó a los mercaderes del templo, hace un largo rato que existe ese conflicto. Podemos imaginar que Dios o la vida, según nos guste, nos regaló un Santo Padre nacido en nuestras tierras, su presencia imponía el desafío del encuentro, una instancia más y de las trascendentes, para constituirnos en una patria unidos en el orgullo de su presencia. Muy por el contrario, su aparición actuó como un exorcista que amenaza expulsar los demonios del cuerpo de los insanos. La masonería y los bancos en armónica respuesta salieron a opinar con una mirada pueblerina y local, definiendo su tarea pastoral en el mundo según las ideas de los feligreses de rostro conocido que visitaron su humildad.
La asociación de ricos libres de pecado explicó que su origen humilde contenía el peligro de que exista un paraíso por fuera de los barrios privados. “Pobrismo” acusó el contubernio de nuevos ricos, “patriarcado” denunciaron los géneros de moda. Tanto radicales como peronistas soportan una escisión en sus filas producida por los enriquecidos que se vuelven del partido de los elegantes. Y no sólo gente rica, demasiados pobres apasionados por conservar lo ajeno, sentirse de una clase superior aunque no tengan donde caerse muertos, dirían nuestras abuelas.
“Síndrome de Estocolmo” se denomina eso de enamorarse del verdugo. Como en la oposición al acuerdo con el Fondo, los principistas de izquierda y de derechas supieron coincidir en la denuncia. Tienen razón, pero es estéril proclamarlo, la política no es un camino al heroísmo, a veces necesita negociar, esperar o retroceder. Convivimos con una derecha economicista y retrograda y con una izquierda más supuesta que real. Nuestra izquierda ocupa el Estado más para acomodar parientes que para enfrentar monopolios. Y la derecha sufrió un bajón psicológico al perder el ejemplo chileno. Cuántas veces soportamos discursos que alababan a Chile y su economía de mercado, ahora queda claro a dónde llevan semejantes virtudes.
Intentaron apoyar la derecha boliviana, sin el menor logro, aún cuando el personaje discutible de Evo Morales salió en irracional defensa de Putin. Y en Brasil expresan dos versiones nacionales, la actual de derechas que no fue exitosa y la anterior, de Lula que fue infinitamente superior a todas nuestras experiencias. Chile desnuda la agonía del liberalismo de mercado y nuestra derecha sueña con votos ideológicos sin tomar en cuenta que mientras sigan multiplicando pobres se irán achicando sus votantes.
Las encuestas en nuestra realidad no se venden, se alquilan y le vienen errando hace rato. Si el gobierno fracasa como la izquierda que pretende ser vendrá el turno de la oposición, en alguna de sus dos versiones de la derecha permanente, ahora con el auxilio de algunos que quieren aportar “la pata peronista” o la del renacido radicalismo. Los que conocemos la historia sabemos de sobra que los conservadores siempre se llevaron mejor con los peronistas que con los radicales. Difícil pero exitoso momento para toda intención de cordura, los que votaron en contra del acuerdo siguen siendo parte de la voluntad de estallido pero sufrieron una dura derrota, perdieron con la eterna desesperanza de los pesimistas.
La fractura del gobierno vuelve difícil su sueño continuista y en la oposición se sigue complicando el sueño de continuar con un radicalismo manso dispuesto a apoyar nuevamente al PRO. La experiencia anterior fue nefasta, se endeudó para ganar y perdió peor, deja la sensación que fracasó el proyecto, no solo los candidatos. A fuer de ser sinceros, cualquiera que gane no va a arreglar nada de lo que necesitamos encausar. Pareciera que la lucha por el poder del Estado nada tiene que ver con la necesidad de un proyecto nacional. Los errores del gobierno abundan mientras solo desnudan las ambiciones de la oposición. Como aquellos que de tan anti Estados Unidos siguen defendiendo al nefasto asesino Vladimir Putin. Algunos me merecían respeto hasta esta coyuntura donde quedó claro que se puede ser anti Estados Unidos pero ya nunca más pro ruso. Es cierto que uno opina desde Occidente, que China asoma como el poder del futuro, tanto como que ser empleado de los intereses en pugna, sea de los bancos o de los rusos es una forma manifiesta de traición a la patria.
Sin patriotismo ni conciencia de nuestra política exterior seguiremos a la espera de un proyecto que nos contenga a la totalidad de los habitantes, que eso y no otra cosa es la obligación de la política. El resto solo expresa intereses privados, un camino que siempre lleva a nuevos fracasos. No deben existir muchos ejemplos en la historia de una sociedad donde la parte se imponga al todo, en nuestro caso, la economía a la política, los negocios y negociados al destino colectivo. Complicado de comprender, mayoría de discursos acusadores frente a una incomprensible ausencia de proyectos que convoquen. Por ahora, sin política, veremos cómo sigue. La crisis del gobierno sirvió para un acercamiento con los sectores dialoguistas de la oposición. La cordura se impuso, los duros fueron derrotados, la madurez de los acuerdos asoma, es el mejor de los escenarios posibles.///
Por Julio Bárbaro – Politólogo, escritor exdiputado nacional y exsecretario de Cultura