Acciones que acobardan
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La reciente destrucción de las parrillas del paraje Las Cascadas se suma a un largo listado de los actos vandálicos. El enfermo placer de romper por romper
“Esto que nos han hecho nos genera las ganas de bajar definitivamente los brazos y devolver el predio”, confesó con dolor Roberto González Mendizábal, titular de la Asociación de Amigos del paraje Las Cascadas, mientras observaba la despiadada rotura de las parrillas del lugar lindero al rio Quequén.
La desolación y tristeza del dirigente es la misma que han sentido otros vecinos que dejan horas de su descanso en busca de mejorar distintos lugares públicos de Necochea y Quequén.
Pueden dar cuenta de estos inexplicables ataques de vándalos quienes han dejado en condiciones óptimas el Paseo de la Ribera, y que en más de una ocasión se encontraron con roturas en bancos, postes de señalización y de los miradores de madera, en este caso con intentos de prenderlos fuego.
La situación de este sector de la ciudad felizmente se revirtió tras la instalación de la posta policial en un punto del recorrido de 4,5 kilómetros que une la sede del Club Del Valle con el puente del paraje Los Manantiales.
Por el lado de Quequén, los miembros de la Junta Vecinal Playas han padecido los embates sobre los juegos y otras instalaciones de la plaza 3 de Agosto, en una secuencia que en los últimos y tiempos ha incluido a la garita policial emplazada en uno de los vértices de dicho paseo, destrozada en un par de ocasiones.
En las plazas
Las plazas públicas, en especial las que tienen juegos infantiles y los existentes en el parque Miguel Lillo, sobre avenida 10 y en la intersección de Pinolandia y 2, en este caso bajo la órbita del Rotary Club Playa, son frecuentes blancos de los inadaptados sociales que no trepidan en romper los juegos y privar así a los niños de su sano divertimento.
Ni que decir de los repetidos ataques a monumentos, en este caso con roturas y pintado de grafittis, que han obligado a que el municipio retire algunos para repararlos a nuevo, por caso la estatua del Labrador, que existiera en la plazo Dardo Rocha y que pasados varios años no ha sido restituida, al igual que el monumento homenaje al profesor Enrique Balech, que estuviera emplazado en una de las plazoletas delanteras del edificio del complejo Casino.
A esta situación debe agregarse, en el caso de la plaza central de la ciudad, la destrucción o robo de flores y plantas que se han ido ubicando en los últimos tiempos y que han mejorado sensiblemente el paseo. Desde Espacios Públicos se las repone constantemente, pero los ataques se repiten.
Consultados por Ecos Diarios, miembros del área de Obras Públicas de la comuna no supieron precisar cuánto dinero se gasta mensualmente para reparar roturas, repintar monumentos o paseos plagados de estúpidos e inentendibles grafittis, aunque señalaron que es una suma importante, que se debería destinar a otros fines. Vinculado a los monumentos, a veces no se observa una continuidad en las reparaciones de los daños.
Sin explicación
Desde lo racional cuesta darle una explicación al accionar de los que destruyen la vía pública.
¿Cuál será el goce de romper por romper? ¿Buscan herir a quienes pretenden vivir en un mejor entorno? ¿No entienden que están destruyendo algo que es de todos y por ende de ellos mismos?
Sólo algunos interrogantes y sin respuestas que afloren fácilmente.
Más allá de los resortes psicológicos que se ponen en marcha cada vez que los dañinos optan por romper y quizá desahogar en ese accionar sus bajezas y odios, se palpa claramente una fallida educación para vivir en paz dentro de una comunidad.
Es obvio que estos vándalos callejeros eligen horarios para hacer de las suyas y no ser detectados, aunque también se percibe falta de control y vigilancia en sitios centrales de la ciudad.
Sea por lo que sea, un grupo de inadaptados sigue arruinando el trabajo y las ganas de ciudadanos de bien, sin siquiera ser identificados y recibir el correspondiente castigo.