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Necochea, 1950
Hermenegildo Herrera vivía feliz en su chacra de tres hectáreas, ayudado por su esposa Josefa cuidaban la huerta, los cerdos, algunas ovejas, tres vacas y cuatro caballos de montar que, circunstancialmente ataba al sulky para ir hasta el centro de la ciudad o al médico.
Como ya dijimos, Hermenegildo vivía feliz, le gustaba levantarse temprano, ordeñar las vacas, darles de comer a las gallinas, a los cerdos y tomar mate bajo el añejo nogal del patio. No había vecino que pasara por su casa y se fuera con las manos vacías, siempre había verduras y algunas botellas con leche para obsequiar. Algo cambió aquella mañana de octubre, cuando reparaba el alambrado que daba sobre la calle que llevaba al Cementerio. Un ruido acompasado de cascos sobre la calle empedrada y una carroza negra tirada por seis majestuosos caballos negros lo dejaron por un momento sin respiro, luego no pudo menos que admirar al cochero y a los dos lacayos que lo acompañaban, los tres vestidos de negro, con galeras y manos cubiertas con guantes blancos. Aquel cortejo impactó de tal manera en la vida de Hermenegildo Herrera que produjo un cambio total en su conducta.
Josefa lo miró extrañada cuando le dijo “desde el día de hoy, se terminaron los regalos para los vecinos, si quieren verduras que las siembren o las paguen, si quieren leche que tengan vacas. Nosotros tenemos que ahorrar dinero, no sé cuánto, pero mucho. Mañana te digo.”
A la mañana siguiente, Hermenegildo se levantó temprano, tomó unos mates, ató uno de sus caballos al sulky y comenzó a desandar las cuadras que lo separaban de la casa de pompas fúnebres. Al llegar encontró a un hombre cepillando la crin de un caballo negro y pensó “quiero seis” luego dijo “Buen día”, el hombre lo miró con desgano, sin dejar de cepillar el caballo, preguntó “¿Quién se murió?”
──Que yo sepa nadie. Quiero hablar con el dueño.
El hombre le señaló una puerta negra y le indicó que golpeara antes de entrar.
Golpeó la negra puerta y entró, lo recibió una sala en penumbra con un escritorio, dos sillas y un gran crucifijo iluminado en un lado y otra puerta también negra, más grande que la de entrada. Tosió Hermenegildo para que supieran que estaba allí y por la negra puerta apareció un hombre alto, delgado, vestido con traje negro, camisa impecablemente blanca y corbata negra, que le tendió una huesuda y flácida mano. Al estrecharla, Hermenegildo sintió un estremecimiento y tuvo miedo de quebrarla con sus rústicos dedos.
──Siéntese-dijo el hombre- es la ley de la vida, pero nosotros haremos que sea menos doloroso ¿Quién se le murió?
── Nadie-dijo Hermenegildo
── ¿Y qué hace acá? - preguntó el hombre.
──Quiero saber el precio de dos entierros.
“Nadie se muere dos veces” -pensó el hombre, pero era su negocio y preguntó:
── ¿Está enfermo?
── No. Es para cuando “me toque irme” y para mi mujer.
──Bueno mire, yo le doy todos los precios, usted los estudia y cuando esté seguro me avisa, hacemos el contrato, guardamos los ataúdes y si de una cosa tiene que estar usted seguro es que, siempre, pero siempre hemos cumplido con todos nuestros compromisos, jamás nadie se ha quejado de nuestros servicios. Acá tiene todo, lo estudia y si le parece bien, vuelve. “Este, está loco o ¿Pensará matar a su mujer y suicidarse? Qué suerte que se fue” pensó.
La puerta negra se cerró detrás de Hermenegildo Cuando salió, el hombre seguía cepillando el caballo y la calle era acariciada por una suave brisa.
Josefa lo esperaba enojada, pero no supo cómo reaccionar a lo que le estaba contando su esposo, se cruzaron por su mente mil pensamientos distintos, desde se está volviendo loco como su finado padre a le hicieron un “trabajo”.
La voz de Hermenegildo la sacó de sus cavilaciones:
── Ya elegí. Seis caballos negros. Ahora a guardar, moneda sobre moneda, para poder pagar. ¡Que sepan que el Hermenegildo no es ningún muerto de hambre! ¡Seis caballos negros, Josefa!
A partir de aquel día, trabajaban desde el amanecer hasta la noche, descuidaron su aseo y su alimentación.
Los lunes eran los días que Hermenegildo llevaba el dinero hasta la casa de pompas fúnebres. Fueron cinco años.
Los encontraron muertos, en medio de la quinta, con las herramientas listas para trabajar.
Llovía torrencialmente el día que dos carros fúnebres con seis caballos negros cada uno, pasaron por el lugar desde donde los había visto Hermenegildo, solo que esta vez no había nadie mirando la calle. El cortejo era un solo señor alto, delgado, con un traje negro y guantes blancos.
Sobre el autor:
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Antonio Alberto Pereyra, escritor necochense, autor de: “El Extraño Visitante” (Cuentos), “El cazador de libertades” (Cuentos) “Los Ángeles no se venden” (Novela), “Los diálogos secretos del agua” (Novela).
Exterioriza: La pasión por la lectura me ha acompañado desde la infancia, despertando en mí la necesidad de expresarme a través de la literatura. Siempre he escrito mirando lo que pasa a mi alrededor, el amor, los sueños, las alegrías, las tristezas, en definitiva, la vida misma. Necochea con su presencia mágica, su mar, su rio, la inmensidad de su cielo, es fuente constante de inspiración que motiva permanentemente y hace que nuestra imaginación creativa encuentre las palabras para comunicar el sentimiento y la entrega de vida que es la escritura. Han pasado muchos años desde la publicación de mi primer libro y hoy, veo con alegría que nuevos escritores dan a conocer sus trabajos a través de las distintas posibilidades que brindan las redes sociales.
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