Sentir el despertar solidario
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En el Día Internacional de la Solidaridad Humana, cuatro historias desde el corazón y el compromiso de ayudar
Lo ideal sería que no hiciese falta. Que no haya necesidades. Pero no podemos dejar de sentir regocijo cuando en este mundo de tantos egoísmos televisados las campañas solidarias proliferan, desde las grandes a las más pequeñas. Y la respuesta no tarda en llegar, habitualmente de los que poco tienen para darle a los que no poseen nada. ¿Cuál es ese motor que nos mueve detrás de causas o intereses ajenos, especialmente en situaciones comprometidas o difíciles?. Hoy, en el Día Internacional de la Solidaridad Humana, buscamos respuesta en aquellos que miraron a su alrededor desde el corazón y se animaron a tomar el compromiso de ayudar, a dar el salto de la intención a la acción.
Desde el dolor
Sin dudas una acción representativa en nuestra ciudad es la que canaliza la Asociación Cooperadora del Hospital Municipal “Dr. Emilio Ferreyra”, a través de la cual la comunidad ha invertido en el hospital $16.180.000 este año. Y una figura que es ejemplo de ese ímpetu es Marta Iriberri, presidenta de la asociación. Para ella la solidaridad no es una tendencia de este milenio, sino un compromiso de vida desde hace muchos años, incluso antes de llegar a Necochea en 1981, cuando era docente y psicopedagoga en Ramos Mejía.
“Siempre tuve el sentimiento de ayudar”, advierte Marta aunque abre su corazón al reconocer que para ella un punto de inflexión en este camino llegó desde el dolor de su propia familia que sufrió el fallecimiento de varios de sus integrantes en pocos años.
“Desde esa pérdida comenzó mi compromiso mayor. Ver el sufrimiento, el dolor, la necesidad de tener una mano acariciando. Poder ver una sonrisa en aquel que lo necesita. En Necochea comencé a participar de acciones junto a Juan y Zilda (Percario de Balsategui) en Centro Vasco, en el Centro Cultural y en el hospital, donde más he participado. Pude canalizar ese sentimiento. A veces las pérdidas nos dejan un vacío y en ese momento tan difícil, uno sobredimensiona el valor de una ayuda. He recibido compañía, consuelo, comprensión y siento que la mejor manera de agradecerlo es intentar estar cerca de los que atraviesan el sufrimiento y el dolor”.
Un lugar de privilegio
Mientras algunos se suman a organizaciones solidarias ya constituidas, otros las forman en el fragor de cambiar las cosas. Así nació “Ayudando a crecer”, conformada por empleados de la empresa Terminal Quequén que decidieron donar el valor una hora extra de su sueldo todos los meses para colaborar con mercadería a comedores y merenderos de la ciudad. Luis Cabezas, entre los emprendedores de este grupo que alcanza las 100 personas, compartió que “comenzó en una charla de mates, con los compañeros, a fines de 2012. Nos planteamos que estábamos mirando la crisis desde un lugar de privilegio. Tenemos un trabajo muy estable y muy bien remunerado en el Puerto. Ahí surgió de qué forma podíamos ayudar. El ‘click’ fue la realidad y nos sentíamos capacitados para poder hacerlo. Todo es voluntario, el que quiere está o si lo viene haciendo, puede dejar de hacerlo. Arrancamos en marzo de 2013 y ya hemos realizado entre 600 y 700 entregas de entre $ 10.000 y $ 15.000 por mes, siempre de mercadería. Es muy gratificante y como somos varios, no es una carga. La fatiga más grande la tienen los comedores, que trabajan todos los días”.
Y el efecto multiplicador permitió que esa idea crezca. “Cuando comenzamos y planteamos a la empresa lo que íbamos a hacer, el director de entonces se sumó y nos dijo que el monto que juntáramos por mes, la empresa ponía el mismo monto, doblando lo recaudado. Para nosotros es un gesto de que a la empresa le enorgullece lo que hacemos. Y ahora con la Personería Jurídica de la Asociación Civil apuntamos a invitar a otras personas a sumarse, que quieren colaborar y que trabajan en otras empresas portuarias”.
Para los chicos
Desde una inquietud similar, pero enfocada en los más chicos, hace 20 años Alicia Dovigo y María Fernanda Battistoni formaron “La casita para merendar”, que hoy apaña a casi 60 chicos y una docena de familias. “Éramos tres madres, amigas, que charlando nos propusimos tener un lugar para darle la leche a chicos humildes. Nosotros vivimos bien, estamos bien y ellos no tienen una buena vida, así que tratamos de ayudarlos, no sólo para una merienda que a veces es su única comida, sino para que tengan un espacio de risa, juegos y para hacer los deberes”, comentó Fernanda sobre esta idea que se fue consolidando y encontrando eco en la comunidad. “Comenzamos pidiendo donaciones a nuestras propias amigas, hasta conseguir donaciones más importantes. Arrancamos en un comedor prestado, hasta tener nuestro lugar propio. Y ahora en pandemia entregando bolsones y esta semana juguetes para las fiestas. El lugar es un punto de referencia en el barrio. Es un abrazo que nos damos, nosotros adoramos a los chicos y siento que ellos a nosotros también. Quizás a veces estamos cansadas, porque son 20 años, pero no lo podemos dejar”.
Egoísmo puro
La solidaridad no es una virtud sólo de personas “comunes”. A veces despierta en aquellos que están en la primera línea de la contención social, como es el personal de Salud, como si fuera poco su día a día. El médico Juan Pedro Arabarco es el motor de “Efecto Mariposa”, un grupo de personas, amigos, que se ponen como desafío mejorar o directamente construirle una vivienda a personas de bajos recursos, desde junio de 2016. “Surgió cuando salí de la atención médica dentro del consultorio y conocí la realidad, principalmente cuando empecé a trabajar en la salita del Barrio General San Martín” explica Arabarco, quien recordó aquella primera acción: “Conocimos a Luna, una nena de 6 años, que no estaba yendo al colegio y cuando fuimos a ver con la trabajadora social de la Escuela Nº 4, nos encontramos que estaba al cuidado de su mamá, que estaba en un pos operatorio de una cirugía. Vimos las condiciones precarias en las que estaba, le llevamos leña y ropa, hasta que Pablo Castilla, un amigo, me dijo ‘no estamos haciendo nada’, era como tapar el sol con un dedo. Y nos propusimos acomodarle la casa, sin recursos o conocimientos. Ahí se sumó Vittorio Calabreta, que es Maestro Mayor de Obra, y comenzó a rodar Efecto Mariposa”.
Desde entonces, Arabarco reconoció que “los objetivos se han ido renovando a medida que aparecen las necesidades. Lo ideal sería que Efecto Mariposa no existiera, porque eso indicaría que no habría problemas de vivienda. Muchas veces no te parás a sentir porque en seguida hay otra familia esperando, o renegás cuando no conseguís las cosas. A veces no te das cuenta que estás haciendo cosas importantes hasta que otro te baja a la tierra. Y ahí uno siente satisfacción por lo que hace. Igual creo que es un acto de egoísmo puro. Lo hago para que mi yo interno esté mejor. Uno quiere ayudar para sentirnos mejor, que se está viviendo equitativamente con el otro”. ///