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    “Si nos toca, nos toca”: el civil que eligió quedarse y navegó hacia Malvinas

    A los 32 años, Santiago Fiadino decidió voluntariamente quedarse en Malvinas como tripulante civil del Yehuin y atravesó casi 60 días de guerra entre abastecimiento, evacuaciones y situaciones límite

    22 de septiembre de 2026 | 15:29
    El loberense Santiago Fiadino en Ecos Diarios
    El loberense Santiago Fiadino en Ecos Diarios
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    Por IAN LARSEN - Ecos Diarios

    A los 32 años, con una familia formada y otro hijo en camino, el loberense Santiago Oscar Fiadino llevaba una vida ligada al trabajo civil y al mar. Nunca imaginó que, en 1982, terminaría atravesando las aguas de las Islas Malvinas en medio de una guerra.

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    Su participación no fue en las trincheras ni como integrante de una unidad militar. Fiadino era parte de la tripulación civil del Yehuin, un buque de apoyo a plataformas petroleras de poco más de 50 metros de eslora que, tras el inicio del conflicto, fue puesto a disposición de la Armada Argentina por la empresa Geomater, su propietaria.

    Aquel barco terminaría convirtiéndose en una pieza singular de la logística argentina durante la guerra. El Yehuin logró atravesar el bloqueo naval británico y llegó a las islas el 1° de mayo de 1982. A partir de entonces realizó distintas misiones de abastecimiento, transporte de tropas y materiales y, posteriormente, traslado de heridos.

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    Para Fiadino, sin embargo, no era un buque de guerra. Era su lugar de trabajo. Y seis tripulantes civiles decidieron permanecer a bordo cuando la Armada tomó el control operacional de la embarcación.

    yehuin en malvinas

    Del trabajo civil a una misión en plena guerra

    Cuando comenzó el conflicto, Fiadino se encontraba trabajando en la zona de Tierra del Fuego, cerca de Malvinas. Durante las semanas anteriores al desembarco argentino, la tripulación había navegado por el área mientras técnicos franceses, canadienses y estadounidenses realizaban estudios del suelo marino para detectar posibles yacimientos de petróleo y gas.

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    La tensión ya estaba presente. Según recordó Fiadino, cada vez que se aproximaban a determinadas zonas aparecía un helicóptero que les ordenaba retirarse en cuestión de minutos. La bandera argentina flameaba sobre el barco mientras la tripulación civil desarrollaba sus tareas en un escenario que comenzaba a volverse cada vez más incierto.

    El 2 de abril cambió todo. Con el inicio del conflicto, la empresa decidió poner el barco a disposición de la Armada.

    El inconveniente fue que los militares que llegaron para hacerse cargo de la operación no conocían las características particulares de la embarcación. Era un buque diseñado para trabajar alrededor de plataformas petroleras, con una amplia cubierta de popa y condiciones que lo hacían especialmente apto para trasladar cargas y operar cerca de la costa.

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    Por eso, seis integrantes de la tripulación civil aceptaron acompañar a la Armada hasta las islas para brindar asistencia técnica y explicar el funcionamiento del barco. Fiadino era uno de ellos.

    “Nosotros decíamos: si nos toca, nos toca, y para eso vinimos”, recordó durante la entrevista en Ecos Diarios, 44 años después, al reconstruir aquella decisión.

    Entre quienes permanecieron a bordo junto a Santiago eran el capitán de ultramar Oscar García Lattuada, los maquinistas Ramón Coronel y Roberto Siliberti, el contramaestre Ernesto Vega y el marinero Héctor Valdez.

    medalla malvinas

    “Bombas no”

    Antes de partir hacia las islas se produjo uno de los primeros enfrentamientos entre los tripulantes civiles y la conducción militar.

    Mientras preparaban la embarcación, comenzaron a cargar bombas en la zona destinada a los contenedores. La respuesta de los civiles fue inmediata: se negaron a navegar con explosivos.

    Fiadino explicó que habían aceptado colaborar en una misión de apoyo y abastecimiento, pero no participar directamente de una operación bélica. La discusión escaló hasta el punto de recibir amenazas de un eventual sumario o consejo de guerra.

    Sin embargo, los seis tripulantes mantuvieron su postura. Finalmente, las bombas fueron desembarcadas y el barco partió con los elementos necesarios para cumplir su función logística.

    El 29 de abril, el Yehuin zarpó de Río Gallegos rumbo a las islas. El bloqueo británico ya estaba establecido. La navegación se realizó con las luces apagadas y en silencio electrónico, atravesando una zona controlada por fuerzas británicas. Dos días después, el 1° de mayo, el barco consiguió llegar a las islas y convertirse en uno de los pocos buques argentinos que lograron atravesar el bloqueo durante el conflicto.

    Para los argentinos que estaban en Malvinas, la llegada del Yehuin significó mucho más que el arribo de otro barco. Era combustible, alimentos, materiales y la posibilidad de mantener conectadas distintas posiciones.

    Para los británicos, mientras tanto, se trataba de una embarcación que había conseguido ingresar al teatro de operaciones sin ser localizada durante aquella travesía.

    yehuin

    Un barco que parecía desaparecer en la noche

    Una vez en las islas, el Yehuin comenzó a cumplir una rutina marcada por las misiones de abastecimiento. El barco era enviado a diferentes posiciones para llevar y retirar materiales, combustible y alimentos.

    La estrategia era navegar principalmente durante la noche y mantener el silencio de radio para reducir las posibilidades de ser detectados. Esa modalidad se convirtió en una de las características de sus operaciones.

    Según el relato de Fiadino, mientras permaneció a bordo el barco consiguió completar sus distintas misiones sin ser localizado por las fuerzas británicas. Históricamente, distintas investigaciones sobre la guerra también señalan que el Yehuin logró burlar la vigilancia británica y cumplir numerosas operaciones logísticas.

    El pequeño buque se transformó así en una suerte de presencia silenciosa dentro de la guerra: aparecía donde hacía falta, descargaba, cargaba y volvía a desplazarse.

    Pero el peligro estaba permanentemente presente.

    En una de las últimas misiones, la embarcación llegó hasta el estrecho de San Carlos y se ubicó junto al buque argentino Isla de los Estados. Allí cargaron tambores de combustible de 200 litros, verduras, frutas y otros elementos.

    Al regresar hacia Puerto Argentino, mientras el Isla de los Estados emprendía su rumbo hacia el continente, ambos barcos tomaron caminos diferentes. Poco después, el buque argentino fue atacado y hundido por una fragata británica.

    Fiadino recuerda que solamente tres personas lograron sobrevivir inicialmente. Una de ellas murió posteriormente por hipotermia y finalmente dos tripulantes lograron ser rescatados.

    Para quienes estaban en el Yehuin, aquel episodio fue una muestra concreta de que la muerte los asechaba de cerca.

    El miedo que apareció al final

    Durante buena parte de esos casi 60 días en las islas, Fiadino asegura que no sintió miedo de la manera en que podría imaginarse desde afuera.

    La convivencia permanente con soldados, aviadores, médicos y otros civiles terminó convirtiendo el peligro en parte de la vida cotidiana.

    “Si nos va a tocar, nos va a tocar, y para eso vinimos”, fue la idea que, según contó, repetían entre ellos, aunque no siempre en voz alta.

    Sin embargo, hubo un momento en el que esa sensación cambió.

    A fines de mayo o comienzos de junio, cuando las fuerzas británicas habían avanzado y el comando ordenó retirar a todos los civiles de las islas, Fiadino abandonó el barco y fue trasladado hacia el aeropuerto.

    Allí vivió uno de los momentos que más recuerda de toda la experiencia.

    Un avión aterrizó de emergencia, permaneció con los motores encendidos y comenzó a descargar elementos. Los civiles recibieron la orden de subir rápidamente. La aeronave despegó, sobrevoló las pequeñas elevaciones del terreno y tomó rumbo hacia el mar.

    Fue entonces cuando Fiadino sintió verdaderamente el peligro.

    “Yo perdí el habla, no podía hablar, porque digo: ¿qué hago acá yo?”, relató. Durante el vuelo llegó a pensar qué ocurriría si el avión era interceptado por una fragata británica antes de llegar al continente.

    La tensión se transformó en alivio cuando el piloto anunció que en pocos minutos estarían aterrizando en Río Grande. Para Fiadino, aquel instante significó volver a sentirse a salvo.

    Casi 60 días en las islas

    En total, permaneció cerca de 60 días en territorio malvinense.

    Cuando no debía navegar, solía acercarse al hospital de Puerto Argentino para conversar con soldados heridos. Muchos padecían lesiones provocadas por el frío extremo, especialmente en los pies y los dedos.

    Fiadino también llevaba cigarrillos y otros elementos que podía conseguir para quienes estaban internados. Con el paso de los días, la tripulación civil se volvió conocida entre los soldados y llegó a tener prioridad en determinados lugares.

    Con la llegada de los buques hospital, el Yehuin también fue utilizado para transportar heridos hacia esas unidades, ampliando todavía más el papel que había comenzado como una misión de abastecimiento.

    La comunicación con su familia era limitada. En una oportunidad logró comunicarse por radio con su esposa, que estaba embarazada.

    Cuando ella le preguntó dónde se encontraba, Fiadino respondió: “Puerto Argentino”.

    Hasta ese momento, su familia no conocía con precisión la dimensión de la situación en la que estaba involucrado. El reencuentro posterior estaría marcado por la angustia acumulada durante aquellas semanas.

    El regreso a casa

    Después de casi dos meses en medio del conflicto, llegó el momento de volver.

    Fiadino regresó junto con otros civiles y finalmente tomó un colectivo rumbo a Lobería, donde estaba su familia. Al abrir la puerta encontró a sus seres queridos esperándolo con un asado preparado para celebrar su regreso.

    Hubo alegría, abrazos y lágrimas, pero también reproches.

    Su familia le cuestionó haber asumido semejante riesgo mientras su esposa estaba embarazada. Él reconoció que, en aquel momento, no había pensado en las consecuencias de lo que podía sucederle.

    Había tomado la decisión de colaborar porque hasta entonces todavía existía la expectativa de que el conflicto pudiera resolverse sin llegar a una confrontación de semejante magnitud. Pero los acontecimientos terminaron demostrando lo contrario.

    El destino del Yehuin también fue diferente al de Fiadino. El barco permaneció en las islas después del cese del fuego y el 17 de junio de 1982, tres días después del final de los combates, fue abordado y capturado por una dotación británica. Fue el último pabellón argentino en ser arriado durante el conflicto.

    Por su actuación durante la guerra, la Armada Argentina distinguió posteriormente al buque con la condecoración “Operaciones en Combate”, mientras que sus tripulantes también recibieron reconocimientos por su participación.

    Para Santiago Oscar Fiadino, Malvinas quedó como una experiencia que atravesó para siempre su historia personal: una etapa en la que, lejos de las posiciones de combate, un grupo de civiles decidió poner su trabajo, su conocimiento y su propia vida al servicio de una misión de abastecimiento en medio de una guerra.

    A bordo del Yehuin, navegó durante casi dos meses en silencio, muchas veces de noche y con la incertidumbre de no saber si el próximo viaje sería el último.

    El pequeño barco logró llegar, abastecer, transportar y volver a salir una y otra vez sin ser detectado mientras Fiadino estuvo a bordo. Décadas después, aquel recorrido permite reconstruir otra parte de la historia de Malvinas: la de los civiles que, desde el mar, también quedaron atrapados en una guerra que nunca habían imaginado protagonizar.

    Fiadino volvió a casa con su familia y a las pocas semanas su jefe lo volvió a llamar para trabajar, para que la cabeza no quedara “maquinando” cosas de la guerra. El Yehuin, en cambio, quedó en las islas y terminó capturado por los británicos, pasando luego por varias manos privadas de empresas, con otros nombres que lo hicieron muy difícil de reconocer.

    Sus historias se separaron, pero ambos quedaron unidos para siempre a una de las historias menos conocidas de la Guerra de Malvinas.

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