¡Soy maratonista!
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Esfuerzos, sufrimientos, alegrías y emociones que se desatan en la mente y corazón de quienes llegan por primera vez a la meta, tras haber corrido poco más de 42 kilómetros
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Confieso que ha pasado una semana del logro personal de completar los 42 kilómetros de la maratón internacional de Buenos Aires, la más importante a nivel sudamericano, y aún siento el cúmulo de sensaciones que me atravesaron el alma al cruzar la meta.
Es que, a mis 58 años y con los achaques en el físico que conlleva la edad, haber cumplido con este sueño personal me ha conmovido para siempre. A mi y a los miles de corredores amateurs que afrontamos el desafío.
Fue el ansiado cierre a una aventura que junto a mis compañeros y amigos del Necochea Running Team comenzó aquella soleada mañana de hace un año, cuando le pregunté al profe Mauro Cabrera si ¿a esta “altura del partido” podía afrontar con éxito una maratón? “Si haces lo que te pediré y te cuidas, lo podrás cumplir”, fue la contundente respuesta.
Al poco tiempo empezamos la dura etapa de preparación, que atravesaría el verano, otoño e invierno, hasta desembocar en el domingo 22 de septiembre, cuando formamos parte de los 10.500 corredores de varios países que se largaron a recorrer las calles de la bella Buenos Aires.
Fueron ocho meses de cinco estímulos semanales, sumando más de 60 kilómetros cada siete días. Desafiando el frío de las 6 de la mañana de varios sábados para para recorrer distancias de más de 20 kilómetros por las calles de Necochea y Quequén.
Conscientes de no ser deportistas profesionales ni mucho menos, fuimos probando durante esas distancias geles energéticos que se usan en las carreras para repotenciarse cuando merman las fuerzas y que no siempre el hígado acepta.
Sin ganas o con ella, salimos a entrenar cada día, en mi caso con un grupo que no superaba las diez personas. Alentándonos a seguir cuando las fuerzas flaqueaban y asistiendo para no “fallarle al otro.” Una de las reglas el espíritu runner, se puede decir.
Hicimos los controles cardiológicos necesarios para llegar más seguros a la dura prueba, fuimos al gimnasio para reforzar los músculos de las piernas y nos adecuamos a los cuidados en la alimentación para tratar, aunque fuera bajando algunos kilos, de llegar los más livianos posibles.
Una carrera inolvidable
En una combi para 19 pasajeros, en la mañana del sábado 21 pusimos proa hacia Buenos Aires, primero para ir al hotel Sheraton a recoger los kits con la remera y número que nos tocarían en suerte, y luego para refugiarnos en los departamentos del barrio de Belgrano, en cercanías de la largada de la maratón.
Fue en esas horas previas cuando aparecieron a flor de piel algunos condimentos que no habían surgido hasta entonces: el miedo, las dudas y los nervios. ¿Podré llegar? fue la pregunta que dio vueltas insistentemente en nuestras cabezas. Y, como siempre, nos dimos aliento y confianza entre todos.
Los tallarines de la cena sabatina y el desayuno frugal, con alimentos energéticos a las 5 de la mañana del día siguiente (es que la carrera se largaba a las 7), fueron la antesala alimenticia para llegar a la línea de largada, pactada en Monroe y avenida del Libertador.
Al arribar al lugar, con unos 20 minutos de antelación, la fiesta estaba en plena ebullición. Cientos de corredores “calentado las piernas” con pequeños trotes o estirando. Protagonistas de todas las edades. Ropas y zapatillas de colores llamativos y el bullicio del sonido con las palabras de los presentadores y la música estruendosa.
Luego cada uno se dirigió al “corral” de largada, asignado de acuerdo a tiempo estimativo en el que culminaría la carrera. Y la espera nerviosa, el canto emotivo del Himno Nacional, liderado por las voces de tenores; la inmortal voz de Freddy Mercury de fondo; las palabras de aliento de la mismísima Gabriela Sabatini en un palco y tras la frenética cuenta de 10 a 1, la palanca bajada por la notable ex tenista para habilitar el semáforo y largarse la prueba.
Lo que vendría de allí en más se puede resumir en sensaciones y visiones. Cual si fuera una película de entre poco más de dos horas para las “liebres keniatas y de más de cinco horas para otros.
Un filme imaginario con el marco de un día ideal para correr. El transitar por las principales avenidas de la ciudad recorriendo parte de la Nueve de Julio; pasando por Puerto Madero, Casa Rosada y Cabildo; parque Lezama la Boca para rodear el estadio del “xeneize” y la aurtopiusta Ilia entre otros tramos; los números musicales en vivo. Todo con una aceitada organización, con cientos de protagonistas detrás, con puestos de hidratación cada 2,5 kilómetros, con patinadores que con equipos desfibriladores en mochilas acompañando de un lado a otro a los runners por si había que atender alguna urgencia.
Todo mezclado con las sensaciones personales. Los crecientes dolores en las piernas, que empezaron a hacerse presentes arriba de los 20 kilómetros recorridos. El miedo al “muro” de los 30 kilómetros, donde muchos dicen que se quiebran física y mentalmente y abandonan. La sensación negativa de no llegar aflorando otra vez en la piel, sobre todo al ver tantas deserciones y a algunos corredores acalambrados o tirados en la calle. La mente nublada en los últimos kilómetros, unos arcos de llegada cercanos y lejanos a la vez. El aliento del amigo para llegar juntos a la meta, aunque fuese caminando.
Luego fue atravesar la línea de llegada para que se produjera una explosión mental de emociones al recibir la preciada medalla. Con las piernas llenas de dolores y calambres pero con la satisfacción de haberle ganado a nuestros miedos. Para muchos fue acariciar la medalla y que brotaran decenas de imágenes de la preparación y la carrera. ¿Qué otra sensación puede superar a la de haber sorteado la reina de las distancias?
La importancia del grupo
Hoy, a una semana de correr la maratón de Buenos Aires me pregunto si habría llegado a completar los 42 kilómetros con 195 metros de la maratón, de no ser acompañado por compañeros que perseguían la misma meta. Y la respuesta personal es un rotundo “no”.
Un “no” que se fundamenta en la importancia que tiene haber conformado un grupo de “locos por correr”. Mujeres y hombres, que apostamos al desafío de entrenar duramente a lo largo de los últimos ocho meses, en busca de coronar “gran objetivo”. Todos con el respaldo de nuestros entrenadores, seres queridos y amigos. Desoyendo los consejos negativos para que nos bajáramos de esa locura y dándole lugar a las palabras esperanzadoras.
Por todo ello vaya mi reconocimiento a quienes entrenaron junto a mi tantos meses, compartieron el viaje, la previa y la maratón: Bettiana La Civita, Roxana Herrera, Claudia Peláez, Verónica Jaime, Cecilia Irazoqui, Carmen Ortega, Roxana Payllalef, Miriam Peñalva, Verónica Posse, Mariana Arrechea, Damián Safdie, Juan Zufriategui, Leonardo Elpuerto, Mariano Noel, Cristian Bonomo, Pedro Toñanes, Gustavo Olivera y “Pancho” Echevarría.
Pasaron varias horas y los dolores no se quieren ir. Ampollas en los pies, uñas negras que otorgan dolor y preanuncian que se caerán. Pero no opacan el alma llena de regocijo.
El tiempo pasará y seguramente quienes vivimos esta primera experiencia de correr 42 kilómetros seguiremos hablando de ella por mucho tiempo. Hoy podemos decir que somos maratonistas. Y en lo personal se nos produce un cosquilleo en la piel. Es que no es poca cosa para quienes vivimos la loca pasión de correr. Una pasión en la que prima la amistad y el beneplácito físico y mental. ¡Misión cumplida amigos!.///