Superar los desafíos de la vida
:format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2018/12/peloni-2.jpg)
La historia de Pedro Peloni forma parte de una antología y ahora él prepara una autobiografía contando sus vivencias en la lucha contra la discapacidad, mediante la cual ha encontrado la felicidad
Por Ian Larsen – Redacción
En la vida todos tenemos desafíos que afrontar, algunos más difíciles que otros y con más o menos herramientas que nos ayuden a avanzar.
Sin embargo, más allá de las armas que tengamos para luchar contra los problemas que se van filtrando en el día a día, también es necesario tener una convicción fuerte y un deseo irreversible de salir adelante, que deje de lado lo que piensen los demás y permita avanzar contra viento y marea.
Pedro Peloni, quien desde sus primeros días de vida tuvo que enfrentar la discapacidad que le causó la poliomielitis, fue aprendiendo que rendirse no podía ser una opción y que debía dominar su cuerpo a pesar de que muchas personas creían que no podría hacerlo. Hoy tiene una familia, maneja su camioneta y tiene muchas anécdotas de su paso por el colegio y sus trabajos como artesano y empleado municipal.
Como a tantos otros de su generación que lucharon y luchan contra los padecimientos de esta enfermedad que ataca la médula espinal, a Peloni no le ha sido fácil convivir con eso y más de una vez también se enfrentó a su propia mente que flaqueaba, pero la religión y la fe le ayudaron a sobrepasar sus propios límites físicos y emocionales.
Su historia en libros
En una antología llamada “Cristo está vivo y sigue haciendo maravillas”, donde se cuentan varias historias superadoras, está incluida la de Pedro Peloni.
Con cuatro páginas en las cuales narra su vínculo con la religión y cómo eso lo ayudó a salir adelante, el necochense de sesenta años resumió algunos de los momentos más importantes de su historia.
No obstante, ese no es su único vínculo con la literatura ya que actualmente trabaja en una autobiografía que espera poder terminar y publicar el año próximo. En este libro, que aún no tiene título de portada pero que, según Peloni, podría denominarse “Todo es posible”, contará detalladamente varias de las vivencias que más lo marcaron.
Su infancia
Peloni nació en la localidad de Adolfo Gonzáles Cháves, en una familia compuesta por cuatro hermanas mayores y un padre camionero que tenía la ilusión de tener un hijo varón que lo acompañara en sus actividades.
La poliomielitis se manifestó en Pedro cuando él tenía cinco meses de edad y comenzó a tener fiebre alta, pero los médicos de Cháves no supieron diagnosticarlo. Fue recién quince días después de los primeros síntomas que un especialista de Tres Arroyos le dio la noticia a la familia.
“Físicamente me fui recuperando porque antes no me podía ni quedar sentado solo. Si bien la polio no avanza, queda ahí y los músculos no se desarrollan. Eso me lo dijeron a los 18 años porque hasta ese entonces mantenía la esperanza de recuperar las piernas o los brazos para independizarme mejor”, contó Pedro.
Con respecto a su niñez, recordó que fue una etapa muy feliz y señaló como una anécdota de aquellos años que jugaban con autitos a hacer carreras y que él se encargaba de construirlos para que algún amigo los corriera.
Hasta los seis años vivió en Gonzáles Cháves, ya que en ese año su padre, por su actividad de transportista, pensó que vivir en una ciudad portuaria le generaría una mayor salida laboral.
En Necochea terminó la primaria en la Escuela Nº 10 y quiso seguir el secundario en el Nacional pero, por aquel entonces, el edificio no tenía accesibilidad para discapacitados. “La adolescencia ya fue más difícil porque desde una silla de ruedas uno ya juega en desventaja frente a una chica o frente a los prejuicios. Además me sentí incómodo más de una vez con eso que hoy se conoce como bullying. Gracias a Dios, mi vieja siempre me impulsó a tener una vida activa”, señaló Pedro.
Sus estudios secundarios los terminó en 1976, en el Colegio Alemán, gracias a la ayuda de una media beca que le habían otorgado y, más tarde, se formó en contabilidad, computación y caligrafía. “Me hubiese gustado seguir la carrera de psicología pero me fue imposible en ese momento porque no me podía desarrollar solo físicamente y tenía que tener una persona al lado todo el tiempo”, contó.
Barreras arquitectónicas
A pesar de que nuestra ciudad hoy ha mejorado considerablemente en cuanto a accesibilidad y rampas, durante la adolescencia de Pedro todavía había mucho por hacer en ese sentido. “Estoy muy agradecido con toda la gente que me ha ayudado por la calle. Muchos no se animan a ayudar porque creen que el discapacitado se puede ofender y, de hecho, hay algunos a los que les molesta recibir ayuda, lo cual me parece una tontería de personas que no aceptan su condición”, explicó.
A pesar de los avances en derribar las barreras arquitectónicas, Peloni consideró que todavía queda mucho por hacer desde el municipio.
Como artesano y en la municipalidad
Entre las habilidades que fue adquiriendo, aprendió la técnica del macramé, algo que su padre también sabía.
Con soga podía hacer bolsos, maceteros, hamacas paraguayas, repisas, felpudos y otros objetos para vender, lo cual le permitió trabajar diez años en la feria de artesanos local, en puestos ambulantes y en fiestas de ciudades vecinas. “Trabajar en la calle me ayudó a relacionarme con la gente”, afirmó.
En 1994 empezó a trabajar como administrativo en la Municipalidad de Necochea, donde conoció a mucha gente ya que se desempeñó allí más de 20 años. “Entré por una nota que me hicieron en Ecos Diarios, porque la leyó la secretaria de gobierno”, contó.
El cambio de la religión
“A los 16 años entendí que tenía que aceptar a Cristo en mi corazón y eso fue un cambio”, dijo Pedro Peloni, haciendo referencia a que ese fue el momento en que su mente se ordenó y dejó de lado la depresión de la adolescencia para seguir adelante.
“Por un tiempo tuve una mala relación con mi papá porque él, por cuidarme, me decía que no haga determinadas cosas pero mi mamá, aunque era bastante sobreprotectora, me motivaba a seguir”, recordó.
A los 37 años empezó a conducir, algo que nadie creía que lo podría lograr, y a los 38 formó una familia con su actual esposa, quien estaba divorciada y tenía dos hijos. “La fe fue muy importante en mi para lograr cosas que pensaba que con este físico no iba a lograr. Todos los sueños que yo tenía de a poco se fueron concretando, aunque me quedaron algunos pendientes como la carrera universitaria y tener un hijo aunque, para mí, mis nietos son como mis hijos”, aseguró.