Testigo y guardián de la historia quequenense
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Agustín Achaval fundó el condominio en el histórico edificio del hotel Quequén. Además fundó el club de playa La Virazón
Marcelo Fresca
Para Ecos Diarios
A los 91 años Agustín Achaval es parte de la historia misma de Quequén. Es el guardián de un edificio emblemático: el Hotel Quequén.
Achaval fue el fundador del condominio formado en el majestuoso Hotel Victoria, llamado más tarde Hotel Quequén. Y más tarde presidió la sociedad anónima “Edificio Quequén”.
La casa de Achaval está construida con la madera de la rambla construida en 1895 en Quequén.
Además, proyectó y fundó el club de playa La Virazón y sus gestos altruistas continúan hasta hoy.
El martes 24 de enero fue para mí un día memorable. Agustín me recibió en su casa y me deslumbró corroborar que su hogar se forjó en la dura madera de la rambla. Sus paredes, puertas, ventanas, todo cuidadosamente conservado .
En las distintas etapas de traslado y mantenimiento de la rambla se usaron maderas del barco Monte Pasubio.
Hoy en la casa de Achaval las maderas de la vieja rambla lucen como en sus mejores tiempos. Sólo que ya no alberga a turistas que hacen baños de inmersión en sus pilas de agua de mar caliente o comen rabas fritas con vermouth.
Hoy las maderas cobijan a toda la descendencia de Achaval: hijos y nietos felices de estar en éste hogar lleno de amor y respeto, en armonía consigo mismo, con el entorno y con la rambla.
Agustín alimenta como motor propio el orden y la paz, que sigue construyendo día a día para volver a recostarse en esos valores que aún cimienta.
Por eso ésta no es sólo una historia, es mucho más. Porque creo profundamente que eso es Quequén, sólo tenemos que saber mirarlo, ahí está.
Ha sido para mí un honor a Achaval y saber de su dedicación, de sus valores que han echado raíces profundas en nuestro querido y tan controvertido Quequén.///
Un hotel de lujo y una era de esplendor
El Hotel Victoria comenzó a funcionar en 1892. Sin embargo, se toma como año de inauguración 1895, cuando se realizó la ampliación de las instalaciones.
Una lujosa litografía publicada ese año con motivo de la remodelación, explicaba que estaba construido «bajo el modelo de los principales establecimientos de Biarritz, San Juan de Luz, Rentería y tomando de cada uno de ellos lo mejor».
Además informaba que el edificio se encontraba a «quince cuadras de la estación, a cien metros del Océano y a trescientos de la embocadura del río Quequén Grande».
«Se han establecido aguas corrientes y en cuanto a higiene hemos consagrado nuestra preferente atención y se han llenado las más escrupulosas exigencias empleando para ello los sistemas más modernos y más en armonía con los adelantos científicos cuyas obras se han construido bajo la dirección del reputado arquitecto Salvador Mirate», agregaba el folleto.
El hotel tuvo entre sus clientes a Ezequiel Ramos Mejía y al doctor Antonio Bermejo, presidente de la Corte Suprema. También a Emilio Mitre, director del diario La Nación, Ramón Santamarina, Carlos Becqu, el general Capdevila, Bernardo Iturraspe, Wenceslao Escalante, Santiago Farre, Felipe Jofré y a Dardo Rocha, fundador de la ciudad de La Plata.
Otras personalidades de principios del Siglo XX que visitaron el hotel fueron Angel Estrada, Monseñor Dupret, entonces obispo de La Plata, y Carlos Pellegrini.
Para llegar hasta aquí los turistas debían viajar catorce horas en tren o en carruajes, aunque si se decidían por este último medio de transporte la aventura podía llevarles varios días.
El hotel tenía capacidad para albergar a trescientas personas distribuidas en elegantes departamentos, todos con vista al mar.
Por lo general los huéspedes eran matrimonios con hijos, que se trasladaban al lugar acompañados por sus mayordomos, mucamas y niñeras.
Llegaban en coches de caballo pertenecientes al hotel y llevaban consigo varios baúles, ya que pasaban allí toda la temporada.
Los primitivos dueños del hotel fueron Juan B. Larraburu y Joaquín Arano. Aunque la administración estuvo a cargo de José Cano, un vasco venido de San Sebastián con una larga trayectoria en el rubro hotelero.
Un volante de propaganda de 1902 destacaba, entre otras mejoras, la instalación de una fábrica de hielo y de servicio directo de telégrafo.
El precio de los servicios, con pensión completa, era entonces, según dicho volante, de 6 pesos, con precios convencionales «para niños y mucamas».
La construcción del puerto de Quequén alejó del mar al hotel y así dejó de dar sobre la playa, privilegio que destaca otra vieja propaganda de 1903: «Única playa donde no concurren más que los bañistas del hotel, evitando así los peligros de enfermedades en los niños, temibles en otros puntos».
Pesadas verjas de madera limitaban el espacioso jardín anterior al edificio. A través de anchas puertas se pasaba al interior, donde estaba la conserjería. Se continuaba luego hacia el exterior en un patio rectangular que a sus costados tenían canteros floridos y una fuente.
En el sector posterior de la construcción se ubicaba el bar, en cuya barra había un original cisne de cobre con la base agujereada, del cual se extraía agua helada; el salón de té y el de baile, donde se celebraba con grandes fiestas el carnaval, y el amplio salón comedor.
Veladores de opalina, roperos y cómodas de roble, camas de hierro forjado, espejos de cristal y una amplia variedad de objetos de plata eran parte de la decoración. Cubiertos del mismo material, manteles y servilletas de hilo bordado y platos de porcelana cubrían las mesas del comedor, en el que mozos vestidos de blanco servían el almuerzo y de traje oscuro la comida. Los señores usaban por la noche smoking y las mujeres vestidos largos.///