¿Tiempo de reflexión y planificación?
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La cuarentena encontró a Necochea en su peor momento económico. Tal vez es momento de ponerse a pensar finalmente en un proyecto de ciudad autosustentable
Si bien la cuarentena es una práctica vinculada a las pestes desde hace siglos, en un país como el nuestro, con una profunda raíz cultural cristiana, existen muchas personas que relacionan esta palabra con la reflexión.
Se debe tal vez a las similitudes entre las palabras cuarentena y cuaresma y a que ambas hacen mención a un período de cuarenta días, como el que pasó Jesús en el desierto.
Más allá de las connotaciones religiosas e históricas, este tiempo de encierro y de cese de actividades, indudablemente empuja a mucha gente a la reflexión.
Sería un tiempo positivo si de ese período de reflexión surgieran ideas que después de la cuarentena nos permitiera tener claros los próximos pasos.
Lamentablemente, la cuarentena en la ciudad, más que para pensar en el futuro, parece que ha servido para caer en cuenta de todo lo que faltó hacer y planificar en el pasado.
La situación de crisis que se respiraba en 2019 y de la que no se sabía cómo se saldría en 2020, no sólo se agravó con la pandemia, parece haber llevado al municipio a un lugar peor del que imaginaba hace unos meses.
Pero lo peor no parece ser la situación en sí, sino la falta de un plan.
Sobre la marcha
Una pequeña historia ilustra esta falta de planificación ya en los albores del Partido de Necochea. Se dice que tanto Angel Murga, como Victorio de la Canal y otros vecinos impulsaron la creación de una ciudad cabecera del distrito en la segunda mitad del Siglo XIX.
Si bien es cierto que se trataba de hombres con grandes convicciones, queda claro que no había mucha certeza de donde se iba a fundar la ciudad y que la elección del lugar tampoco se hizo con el consenso de la mayoría.
En su libro “Necochea, ciudad progresista y poética”, el escritor, poeta y docente Eduardo Escobar señala que Segundo Ferreyra, el primer agente de Policía de Necochea, le contó un día: “Yo estuve de agente en Carlitos y llevé el 25 de agosto de 1881 los avisos y comunicaciones de la fundación del pueblo por orden del jefe de policial, coronel Julio Dantas, y Amadeo Muñoz, a diferentes establecimientos de campo”.
El lugar elegido para la fundación del pueblo ya estaba elegido y era la desembocadura del río y se le llamaba “La Horqueta del Quequén”.
Escobar escribió que “elementos conocedores dicen que en ese rincón del Quequén, troperos, criollos de pura cepa, cuidaban haciendas de Olivera, Pueyrredón y Luro”.
A fines de septiembre, Murga, acompañado de otras autoridades y vecinos entusiastas, llegaron al lugar donde se iba a fundar la ciudad, de acuerdo a las mediciones realizadas por el agrimensor José María Muñiz y su ayudante, Benedicto Calcagno. El grupo acampó y se dio a la tarea de discutir el lugar donde iba a fundarse el pueblo.
“Murga, Baño y Muñiz fueron de la idea de hacerlo a 30 cuadras de la playa, idea que se adoptó contra la opinión de la mayoría asistente, que era partidaria de hacerlo sobre la costa”, escribió Escobar en 1956.
Lo paradójico de esta historia es que los planos originales de la ciudad preveían que el ejido primordial de la ciudad estuviera contenido en un cuadro formado por cuatro plazas en cada ángulo y una plaza central.
A pesar de las mediciones que se indica que se realizaron, una de las plazas no se construyó, debido a que debía estar ubicada en la intersección de las avenidas 42 y 43.
“Demasiado ambicioso”
Así como parecen faltar ideas comunes o un proyecto de ciudad a lo largo de la historia, también se pueden encontrar algunas iniciativas que pudieron haber cambiado completamente el destino de Necochea, pero que no se llevaron adelante porque nunca se llegó a un acuerdo.
Es lo que ocurrió con el proyecto de los Díaz Vélez para convertir a Necochea en el balneario más importante de la provincia en épocas en que sólo Mar del Plata se encontraba por delante de nuestra ciudad como centro turístico en la costa atlántica.
A fines de 1901 Eustaquio Díaz Vélez (heredero del general Eustoquio Díaz Vélez) comenzó las gestiones para la fundación de un pueblo entre el ejido de Necochea y el océano.
En febrero de 1902, el ingeniero Carlos Paquet realizó el proyecto. El Departamento de Ingenieros de la Provincia de Buenos Aires dictaminó que el proyecto debía ser modificado, pues la extensión de las manzanas era considerada excesiva.
Allí comenzaron los inconvenientes y no por Díaz Vélez, sino por las autoridades. Los herederos del dueño de la tierra proyectaron un trazado de avanzada turística, superior al de Pinamar.
Aunque se escucharon voces de protesta contra la familia Díaz Vélez, fue el Concejo Deliberante el que no aprobó el proyecto.
El 26 de septiembre de 1927, al aprobarse la ley 3.928 de ensanche del ejido de Necochea en 10.000 hectáreas, los herederos de Díaz aceptaron también el ensanche de lo que ya comenzaba a llamarse Villa Díaz Vélez.
En 1939, la señora Mathilde Alvarez de Toledo de Díaz Vélez solicitó la aprobación de la división de tierras en lo que hoy es la villa balnearia.
Intervino el ingeniero Justo Duggan y la dirección de Geodesia aprobó el proyecto, ya que se trataba de una ampliación del ejido y las reservas de uso público sobrepasaban el porcentaje establecido por la ley.
Sin embargo, este proyecto encontró oposición en la Municipalidad de Necochea por considerarse que la «subdivisión es inconveniente para una ciudad balnearia cuya población estable y de temporada no es de gran densidad».
Se consideraba que era inútil la ampliación de la zona balnearia en «regiones actualmente despobladas».
La Dirección de Geodesia expresó en ese momento «que no puede privarse a un particular la facultad que tiene de dividir o vender su propiedad, siempre que se ajuste a las reglamentaciones vigentes».
El asesor del Gobierno adhirió a la opinión de Geodesia y aconsejó la aprobación del fraccionamiento. El Consejo de Obras Públicas de la Provincia consideró que podían aprobarse las subdivisiones propuestas.
El Comisionado Federal, por decreto 6.043, aprobó el proyecto. Pero la Municipalidad de Necochea, basándose en opiniones de la Asociación de Fomento y de la Cámara Comercial local, dictó una resolución que estableció “oponerse en forma terminante a la ampliación del ejido” de la villa balnearia.
Entre la utopía y la política
El Frente Costero fue tal vez el más ambicioso de los proyectos turísticos con el que contó la ciudad. Fue impulsado en los años 70 por el gobierno municipal de Alberto Percario, hoy cuestionado por un sector por no haber sido elegido democráticamente, mientras que otra parte de la población lo considera el mejor jefe comunal de la historia.
En octubre de 1972 había gestionado ante la Dirección de Planeamiento Territorial, dependiente del Ministerio de Obras Públicas, nuevo equipamiento turístico, poniendo el acento en lo deportivo.
En esa misma época surgió la idea de levantar en nuestro balneario un hotel internacional, gimnasio cubierto y otros escenarios para el deporte.
Pasaron otros dos años y surgieron nuevas propuestas, tales como la construcción de una gran pileta con agua salada en el interior del Parque “Miguel Lillo”.
Finalmente, en julio de 1977 la Municipalidad local llamó a concurso de antecedentes para la remodelación del Frente Marítimo.
Se presentaron 26 firmas, de las que quedaron 23 a estudio de la comisión formada al efecto.
El 3 de octubre de 1977 se procedió a selección tres equipos de arquitectos entre los presentados, a los que se solicitó elaborar propuestas de metodología de trabajo.
Siguió el tiempo inexorablemente. Hasta que el 14 de enero de 1978 se firmó el proyecto de remodelación del Frente Marítimo entre la Municipalidad y el estudio de arquitectura Llauró, Urgell y Asociados.
No solamente se elaboró el ambicioso proyecto, sino que también se propuso la forma de financiación o de concreción, a través del sistema de concesión a la actividad privada.
La iniciativa recibió el impulso de la provincia, que incluso llegó a avalar económicamente el proyecto.
Finalmente, el 16 de enero de 1980 se procedió a preseleccionar el consorcio integrado por las firmas Di Tullio, Dara y Yarques, que se proponían llevar adelante las obras en un plazo de 9 años y con un canon anual de 28.800.000 pesos.
El proyecto urbanístico pretendía que el Frente Marítimo, “lejos de interponerse entre la ciudad y la playa”, diera lugar “a una transición que en medio de una gran fluidez ofrece: edificios de viviendas, galerías comerciales, estacionamientos públicos y privados, confiterías, restaurantes, centros de actividad cultural, recreativa y deportiva, campos de deportes, hotel internacional, etc.”
Meses más tarde, la renuncia del consorcio ganador del concurso dio el primer revés al proyecto. Si bien se llamó a una nueva licitación, que también terminó en fracaso, y se intentó convocar a una tercera, la iniciativa se convirtió con el tiempo en una utopía.
Con la llegada de la democracia se iniciaron acciones legales contra la comuna y los partidos políticos llegaron a un acuerdo para descalificar el proyecto del Frente Marítimo.
Fue el final de la ambiciosa idea y si bien luego surgieron otras iniciativas como el Frente Costero Sur y Norte, el gigantesco proyecto nacido en los 70 quedó en el olvido.
Un plan integral
Esta falta de planes de desarrollo urbanístico de la ciudad a largo plazo quedó en terrible evidencia hace unos años atrás cuando un derrame de tóxicos en una zona residencial provocó la muerte de una persona y la intoxicación de varios vecinos más.
Desde fines de los años 70, cuando Quequén fue anexada al distrito de Necochea, ha existido una constante preocupación de las autoridades municipales de turno por planificar el desarrollo del puerto local, que creció prácticamente sin control en medio del núcleo urbano.
Sin embargo, esa preocupación nunca se vio reflejada en políticas de estado y las normas vigentes son prácticamente las mismas que regían a principios de los 80.
Con aquel accidente fatal los vecinos tomaron conciencia de que no existe una zonificación que impida la existencia de viviendas en áreas donde se desarrollan actividades de gran impacto ambiental.
El último intento de ordenamiento se había producido unos años antes de aquel accidente, durante el gobierno de Daniel Molina, cuando entre 2004 y 2011 se desarrolló el Plan Urbano Ambiental (PUA) y del Código de Desarrollo Sostenible (CODES).
Se implementó un menú de 150 programas y proyectos, y se materializó el inicio de más del 50% de ellos. Se hizo con la participación de la comunidad (200 representantes de más de 100 entidades) en más de 20 talleres de trabajo,
Se diagnosticó el perfil de la comunidad y territorio, se consensuaron estrategias a mediano y largo plazo, se diseñaron los programas y proyectos acorde a los objetivos acordados, y entre ellos, se propuso renovar integralmente el corpus normativo en materia de ordenamiento territorial y ambiental.
Una década más tarde, la falta de un plan de ciudad encuentra a Necochea en su peor momento económico y en cuarentena. Tal vez es momento de pensar.///