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    Todo en 10.6 segundos

    Por Maximiliano Caloni

    18 de julio de 2026 | 09:02
    Todo en 10.6 segundos
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    Un hombre corría perseguido por un vendaval. No era un viento común. Tenía piernas largas, respiración de caballo y una sombra que parecía estirarse por toda la cancha. Lo sentía detrás de mí desde el instante mismo en que la pelota llegó a mis pies, allá lejos, donde el campo se vuelve una llanura y los arcos son apenas dos puertas diminutas abiertas en el horizonte.
    La tarde tenía el color de los duraznos maduros, esos que mi viejo conseguí camino a casa allá cuando junto a mis hermanos imaginábamos juegos de todo tipo. El estadio rugía como un océano encerrado en una botella. Yo estaba cerca de la mitad de la cancha cuando recibí el balón.
    Entonces ocurrió. El tiempo decidió detenerse. No fue una metáfora. Lo vi claramente. Un papel que volaba sobre el césped dejó de moverse. Una paloma quedó suspendida en el aire. Incluso las voces del público se transformaron en una nota interminable, como el sonido de un órgano gigantesco.
    Y en ese silencio imposible escuché mis propios pensamientos.
    “Corré”. No era mi voz. Era la voz de todos los chicos que alguna vez habían jugado descalzos detrás de una pelota hecha de trapos. Era la voz de los potreros, de las paredes descascaradas, de los arcos dibujados con piedras.
    Di el primer toque. La pelota avanzó pegada a mi botín como si hubiera nacido allí.
    El primer rival apareció de inmediato. Era un hombre enorme, con brazos de molino y ojos de toro cansado. Quiso cerrarme el paso. Antes de moverme ya había imaginado cómo dejarlo atrás.
    Lo vi en mi cabeza cayendo hacia la izquierda mientras yo escapaba por la derecha. Entonces ejecuté la imagen. Sucedió exactamente igual. El defensor quedó girando sobre sí mismo, buscando una sombra que ya no estaba.
    Seguí corriendo. Detrás de mí el vendaval continuaba. Escuchaba sus pasos acercarse y alejarse al mismo tiempo. Era como si corriera dentro de un sueño donde las distancias obedecen leyes caprichosas. Yo no paraba de correr… él tampoco.
    A los pocos metros apareció el segundo rival. En ese instante el césped dejó de ser césped. Se transformó en el patio de mi infancia. Vi los charcos después de la lluvia, los perros dormidos junto a los postes, las ventanas desde donde las madres llamaban a cenar.
    El jugador intentó quitarme la pelota. Yo recordé a un perro viejo que me perseguía cuando era niño. Para escaparme de él siempre hacía una pausa inesperada antes de acelerar. Repetí aquel movimiento. Frené. El defensor siguió de largo. Aceleré. Listo, un rival menos.
    La pelota y yo continuamos viaje. El estadio empezó a desaparecer. Ya no escuchaba a la multitud. Escuchaba tambores. Miles de tambores. Como si un ejército invisible marchara junto a mí.
    El tercer rival llegó desde un costado. Era rápido. Muy rápido. Pero en mi imaginación se convirtió en un árbol. No un árbol cualquiera. Un ombú gigantesco que bloqueaba el camino. Y yo recordé que los árboles nunca persiguen a nadie. Sólo hay que rodearlos.
    Le hice un amague corto. Después otro. El hombre quedó inmóvil. El árbol quedó atrás.
    Seguí avanzando. Ya había recorrido más de cincuenta metros. Lo sabía porque la cancha parecía estirarse como una cinta interminable. Y porque el vendaval seguía detrás. Podía sentir su aliento. Podía escuchar el roce de sus botines. Podía imaginar su desesperación. Pero no podía alcanzarme.
    El cuarto rival apareció de frente. Entonces vi algo extraordinario. Sobre su cabeza revoloteaban mariposas azules. Cientos de mariposas. Como aquellas que acompañaban a los personajes de las historias antiguas que contaban mis abuelos.
    Las mariposas me indicaron el camino. “Pasá por ahí”. Por ese hueco diminuto. Por esa rendija imposible. Obedecí. La pelota atravesó un espacio que parecía inexistente, y yo también. El hombre quedó atrás mirando el vacío. Y las mariposas desaparecieron.
    El quinto defensor fue el más difícil. Esperaba cerca del área. Sereno. Paciente. Como un pescador. Por primera vez dudé. El vendaval estaba cada vez más cerca. Podía sentirlo a menos de un brazo de distancia.
    Entonces comprendí algo. Toda mi carrera había sido una conversación con la pelota. Nadie más podía escucharla. Pero ella hablaba. Siempre hablaba.
    Y en aquel momento me dijo:
    “No mires sus piernas. Mirá sus miedos”.
    Levanté la vista. Vi el miedo del defensor. Era pequeño. Tenía forma de niño. Y estaba escondido detrás de él. Entendí hacia dónde debía ir. Toqué la pelota apenas un instante. El hombre se lanzó hacia un lado. Yo escapé hacia el otro. El último obstáculo había caído. Ahora sólo quedaba el arquero.
    Y el vendaval. El perseguidor seguía corriendo detrás de mí. Había recorrido toda la cancha intentando alcanzarme. Pero una fuerza desconocida parecía sostenerme.
    Era como si cada persona que alguna vez soñó con una hazaña imposible estuviera empujándome desde atrás.
    Entré al área. El arquero salió desesperado. Abrió los brazos. Se hizo enorme. Tan enorme que durante una fracción de segundo ocupó todo el horizonte. Pensé que ya no había espacio. Que el sueño terminaba allí. Entonces recordé algo. Los gigantes sólo existen mientras uno les cree.
    Sonreí. Toqué la pelota hacia un costado. El arquero cayó al césped. El mundo recuperó el movimiento. La paloma volvió a volar. El papel continuó su viaje. El rugido del estadio regresó de golpe. Y yo empujé la pelota hacia el arco vacío. Rodó lentamente. Con una tranquilidad insoportable. Como si quisiera disfrutar cada centímetro de su recorrido. Hasta que finalmente cruzó la línea.
    Gol.
    No escuché el grito de la multitud. Escuché explosiones, como bombas y balas de metralleta. Escuché un mar golpeando las costas del sur de mí país. Escuché la voz de millones de personas celebrando al mismo tiempo.
    El vendaval desapareció. Los defensores desaparecieron. La cancha desapareció. Todo comenzó a disolverse en una luz dorada.
    Y entonces desperté. Abrí los ojos sobresaltado. La habitación estaba en penumbras. A mi lado dormía mi compañero. A través de la ventana entraba la claridad incierta del amanecer. Era el 22 de junio de 1986. Ciudad de México.
    Permanecí unos segundos sentado en la cama, respirando despacio. Todavía podía sentir la pelota pegada a mi pie. Todavía podía escuchar el eco de aquel gol imposible. Mi compañero abrió un ojo y me miró con curiosidad.
    “¿Qué pasa?”, murmuró.
    Yo sonreí. Miré hacia la ventana, donde comenzaba a nacer el día. Y respondí:
    “Anoche soñé un gol que todavía no existe... pero tengo la sensación de que hoy millones de argentinos van a recordarlo para siempre”.

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    Sobre el autor:

    Maximiliano Caloni

    Maximiliano Caloni
    Nació en la ciudad de Mercedes (Buenos Aires), en marzo de 1978. Vive en Necochea desde el año 1985. Está casado con Flavia Scaglia y tiene dos hijos: Bautista Ignacio y Gennaro Augusto.
    Es periodista deportivo, egresado en el año 1998 de DeporTEA Mar del Plata.
    Trabajó como periodista en el diario necochense Ecos Diarios entre los años 2001 y 2010. Fue asesor de la Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires entre los años 2015 y 2019. Luego, fue Director de Comunicación de la Municipalidad de Necochea hasta el año 2021.
    Desde el año 2023 es el Secretario de Redacción de Ecos Diarios.

    Este cuento fue seleccionado este mes de julio como una de las 23 obras finalistas del Concurso Internacional de Cuentos Alrededor del Fútbol organizado por Editorial Etérea. La convocatoria reunió 987 textos, de los cuales 964 quedaron fuera de la selección final tras el proceso de lectura, evaluación y deliberación del jurado, lo que convierte este resultado en un reconocimiento al valor literario de la propuesta.

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