Transgresiones y libertinaje
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Tímidamente en su inicio, ya hace varios años, y cada vez más afianzadas por las condiciones que las favorecen, las transgresiones de todo tipo vienen minando la vida en tranquilidad de la comunidad de Necochea.
En los últimos tiempos han resonado varios casos que muestran el desapego creciente con las normas de convivencia, lejanas al concepto de que el derecho de uno termina cuando empieza el del otro. Regla básica de una vida en sociedad.
En las últimas semanas se ha dado cuenta, a través de las páginas de Ecos Diarios, de la proliferación de algunas conductas que alteran y hasta ponen en riesgo la vida de terceros.
En primer término una serie de vuelcos de vehículos en inmediaciones del edificio del Casino, reavivaron las quejas de los residentes en los edificios contiguos a la playa de estacionamiento, que todas las noches venían padeciendo las molestias generadas por decenas de jóvenes, que se apostaban en el lugar para beber en exceso, hacer maniobras peligrosas con sus vehículos, escuchar música a insoportable volumen, generar explosiones a través de los “cortes de motor” de las motos; romper algunos elementos públicos y coronar con riñas y definición de diferencias y discusiones a golpes de puño.
Los vecinos del lugar vienen sufriendo estas molestias desde hace largo tiempo, con algunas mermas cuando surgen controles por parte del Estado, los que está claro no tienen continuidad en el tiempo.
Un comportamiento similar ha empezado a ocurrir en el tramo de avenida 10, entre calles 99 y 109, que se asfaltara el año pasado. En este caso los “inquietos” jóvenes, a los que poco les interesa el descanso del prójimo, se ubican sobre la vereda que da al parque Miguel Lillo, para repetir las acciones que se reproducen periódicamente en la playa de estacionamiento del Casino, con la inclusión de juegos de fútbol en la calzada. Un verdadero y peligroso despropósito, que se extiende hasta altas horas de la madrugada.
También, pero en este caso a la luz del día, no pocas personas, en este caso numerosos adultos, asisten a la playa con perros. Algo que está prohibido por ordenanza municipal porque provoca numerosas consecuencias no positivas, entre ellas la suciedad que los animales producen al hacer sus necesidades. Y obviamente el peligro latente de que algunas de esas mascotas muerdan a personas desprevenidas y que esos ataques puedan tener graves derivaciones, sobre todo si las víctimas son niños.
La enumeración de estas “malas costumbres” tienen un mismo hilo conductor: la convicción de quienes cometen estas transgresiones de que pueden hacer lo que les plazca. Una enorme falta de respeto “al otro”, pero en los casos señalados con la complicidad de una pronunciada falta de controles.
La nueva gestión al frente del municipio obviamente no desconoce estas situaciones. Y más allá del poco tiempo que lleva en funciones, debe empezar a actuar para que dichas transgresiones vayan quedando de lado. Privilegiar a quienes desean vivir en paz por sobre los que no trepidan en alterar ese derecho.
Detrás del telón de las anormalidades descriptas, más que nada en la falta de contemplación a la vida del resto de las personas con las que se convive; y en la omisión a las normas establecidas, se sigue careciendo de una raíz que de tenerse debidamente en cuenta impediría muchas de estas transgresiones: educación. Una palabra que se debe transformar en acción desde el hogar de cada individuo y posteriormente fortificarse a través de la escuela. Si ello no ocurre, cada vez viviremos peor en sociedad.