Un drama colateral
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Camino al mes y medio de aislamiento social preventivo y obligatorio, empieza a manifestarse en forma palmaria un problema que lamentablemente cada vez involucra a más personas: la necesidad insatisfecha de alimentarse debidamente.
La compleja situación es consecuencia del confinamiento, que se tradujo en una parálisis productiva, laboral y por ende económica que ha englobado a la mayoría de los rubros . Más allá de algunas aperturas que se han empezado a concretar en las últimas semanas.
De un día para otro, y sin poder haber estado alertados para poder prevenir en materia de recursos, cientos de trabajadores informales y monotributistas se quedaron sin el ingreso diario; y consecuentemente empezó a traducirse ese impacto en la solicitud de ayuda alimentaria a distintos estamentos.
Bajo esta urgencia se ha ido constituyendo una red de ayuda alimentaria que tiene como generador principal a la comunidad en mejores condiciones económicas. A la misma la conforman el municipio, Cáritas, comedores barriales, algunas entidades de bien público que solicitan colaboraciones; y espontáneas donaciones de comerciantes.
Hay números que grafican el grave presente generado por la parálisis laboral: desde el Estado municipal se ha asistido a 6.000 familias, más del doble de las que se ayudaba en tiempos más «normales». Y el Consejo Escolar ha dado cuenta de la duplicación de las viandas para los chicos que se alimentan a través de los comedores de los establecimientos educacionales.
Mientras tanto, más 11.000 personas en el distrito se beneficiaron con los $10.000 del Ingreso Familiar de Emergencia (IFE). No más que un insuficiente paliativo, cuya reedición prevé el Gobierno nacional para el mes que acaba de empezar. Esta ayuda alcanza a trabajadores informales y a los monotributistas de menores categorías en cuanto a facturación.
En este dramático escenario hay que tener en cuenta un aspecto: a la decena de familias necesitadas que el Estado viene asistiendo desde hace años, producto de no contar ingresos se están sumando nuevos grupos familiares, incluyendo a niños obviamente, cuyo progenitor/res se han quedado sin recursos.
Pero también hay que considerar que mucha de esa gente se ha resistido todo lo posible a pedir ayuda, porque está acostumbrada a obtener su necesario alimento trabajando. Sin depender de ningún tipo de asistencialismo.
Mientras requieren esta impensada ayuda, ante la irrupción del Covid-19, aguardan que sea temporaria y puedan recuperar pronto su labor remunerada o «changa».
El final del aislamiento social hoy no aparece en el horizonte. El resultado en materia sanitaria, traducido en la curva achatada de contagios y muertes, aunque aún no ha llegado el invierno, es incontrastable. Sin embargo hay que idear y aplicar lo más pronto posible la forma de volver a poner en marcha el circuito laboral, que fundamentalmente encarnan las Pymes. De lo contrario cada vez más ciudadanos no verán saciada ni siquiera su necesidad primaria de alimentarse.///