Un espacio para la dignidad mientras la ciudad duerme
En la parroquia Santa María del Carmen funciona “El Cafecito”, una iniciativa que busca contener a personas en situación de calle
:format(webp):quality(75)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/08/cafecito.webp)
A las cuatro de la mañana, cuando la mayoría de los necochenses descansan, las puertas de la Parroquia Santa María del Carmen se abren para recibir a un grupo de personas que no tienen donde refugiarse.
No se trata de un horario caprichoso, ya que es el momento de la madrugada en que se cierran los últimos lugares donde esas personas pueden refugiarse.
Lo que comenzó en 2022 bajo la guía del padre Fernando Mendoza como una entrega de viandas para trabajadores nocturnos —cuidacoches y placeras— ha mutado en una "reunión de amigos" que se denomina “El Cafecito” y que desafía la lógica del asistencialismo tradicional.
Mariela Arroqui, voluntaria del espacio, describe cómo el proyecto se transformó orgánicamente ante la urgencia de dar respuesta a las necesidades de estas personas invisibilizadas del sistema.
Puertas adentro, la parroquia se convierte en un centro de resistencia donde estas personas recuperan, por unas horas, su derecho a la hospitalidad. Una vez que cruzan el umbral, el calor físico actúa como el primer peldaño hacia una restauración más profunda: la de una identidad que ha sido limada por el viento y el asfalto.
Ducha, ropa y comida
Alimentar en El Cafecito es un acto de resistencia frente a la intermitencia alimentaria. Para quienes sobreviven "comiendo salteado", la pastoral ofrece una dieta estratégica diseñada para combatir el desgaste de la calle.
No se trata de un refrigerio simbólico, sino de "comida real": sándwiches de huevo revuelto con queso y sándwiches de milanesa que aportan la carga proteica necesaria para sostener la errancia diaria.
El servicio se despliega a través de una logística de la dignidad que va más allá de una comida y un lugar para descansar por unas horas.
Desde que se habilitaron las duchas, el flujo es incesante durante las cuatro horas de apertura.
El asistente entrega su ropa sucia, la cual las voluntarias guardan en bolsas de consorcio para llevar a sus propios hogares y lavarlas personalmente. A cambio, el beneficiario recibe una muda completa y nueva, desde ropa interior hasta calzado funcional para el tránsito urbano, como botas de goma.
En un rincón del salón, el suelo se cubre con frazadas y almohadas. Aquí se permite "dormir sereno", una conquista extraordinaria para quien vive en estado de alerta permanente por temor a la violencia o al desalojo. Entre partidas de cartas y dibujos, el esparcimiento actúa como un bálsamo contra el trauma de la calle.
:format(webp):quality(60)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/08/parroquia_santa_maria_del_carmen.webp)
Empatía
En El Cafecito también se anotan datos de los más de 80 concurrentes. Pero no es un registro para un banco de datos, sino nombres y fechas de nacimiento para celebrar los cumpleaños de la semana.
Para Dávila, ese gesto permite recuperar algo que la calle suele quitar: la identidad.
"La taza de café, el desayuno y la ducha son la excusa; lo que cada uno busca cuando llega aquí es sentirse familia y sentirse reconocido por su nombre, algo que no suele pasarles en la vida", afirma.
Celebrar un aniversario constituye así un acto de resistencia social frente a una estructura que prefiere tratarlos como parte del paisaje urbano. Y mirar sus rostros implica, para las voluntarias, aprender a desarmar prejuicios.
"Estar en este espacio desde el día que empezó, hace cuatro años, te vuelve más sensible. Aprendes a ver cosas que antes no veías y entiendes que detrás de cada cara hay una historia", dice Dávila.
La voluntaria asegura que esa mirada también obliga a preguntarse cómo llegó cada persona hasta la calle. "Antes de que ellos terminen en la calle, pasaron cosas en las que todos somos responsables, como no haber cubierto una silla vacía en la escuela".
Por eso, sostiene, la tarea no se limita a entregar comida o ropa. "Nosotras estamos solo cuatro horas con ellos, pero durante la semana uno lleva cada nombre, cada cara y cada historia en el corazón".
Ese vínculo puede resultar doloroso. "Te vas rota cada semana pensando si el viernes que viene los volverás a ver; no tienen celular y no hay forma de ubicarlos o rastrearlos", cuenta Dávila.
En ese sentido, la experiencia también modifica a quienes llegan con la intención de ayudar. Arroqui lo resume desde su propia experiencia: "A veces sales rota de este lugar por las historias tan fuertes que escuchas, pero también es un aprendizaje personal para dejar los prejuicios de lado y no juzgar a nadie".
La recompensa, asegura, aparece en gestos pequeños pero contundentes. "Lo más importante es el amor que das y el que recibes; escuchar que personas en extrema vulnerabilidad te digan 'mamá' o 'tía' es algo sumamente fuerte".///
Para comentar, debés estar registradoPor favor, iniciá sesión