Un fenómeno imparable
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Ni los cambios tecnológicos y culturales, ni la pandemia de Covid-19 han podido refrenar la pasión de la gente por el folclore. A 70 años del “boom” de la música folclórica, en la ciudad hay centenares de bailarines y siguen surgiendo nuevos artistas
Ni el vértigo del Siglo XXI, ni las nuevas tendencias musicales, ni la moda, ni las redes sociales ni la aparición de las plataformas de streaming que reemplazaron al CD, han podido desgastar la pasión que gran parte de los argentinos sienten por el folclore.
Y en nuestra ciudad, tras el paso de la pandemia, este fenómeno se ve en la vuelta de la gente a las peñas y las agrupaciones de baile, en el surgimiento de nuevos músicos folclóricos.
Es un reflejo de lo que ocurre en todo el país, donde existen una infinidad de bailarines aficionados y profesionales de folclore, certámenes, conjuntos y ballets folclóricos tanto privados como oficiales, además de peñas y festivales en los cuales la danza es uno de los principales convocantes.
Se calcula que sólo en nuestro distrito existen entre 300 y 350 personas que bailan folclore y a diferencia de lo que ocurría hace unas décadas, cuando los que se acercaban a los grupos de danzas eran niños y adolescentes, ahora son los adultos mayores los interesados en aprender y bailar los ritmos nativos.
Popular
Han pasado menos de 100 años desde que la música de proyección folclórica comenzó a adquirir popularidad. Fue allá por las décadas de 1930 y 1940, cuando se produjo una gran ola de migración interna del campo a la ciudad y de las provincias a Buenos Aires.
El “boom del folclore” se produjo en la década de 1950, cuando se convirtió en el género principal de la música popular nacional junto al tango.
En las dos décadas siguientes el fenómeno siguió creciendo, se produjo una renovación musical y lírica y aparecieron los grandes festivales del género, en particular el de Cosquín.
A partir de la vuelta de la democracia el fenómeno registró un nuevo envión y ni siquiera los cambios tecnológicos y culturales del Siglo XXI han podido frenar su crecimiento.
“Lo que pasó en estos dos años de pandemia fue complicado y afectó a muchas agrupaciones y peñas”, afirmó Emilio Cajaravilla, responsable junto a su esposa Silvia Corbalán, de la peña tradicionalista “El Ombú”.
“Nosotros arrancamos con este año arrancamos con muy poquita gente”, dijo Cajaravilla, que se hizo cargo de la peña hace siete años. Lo habitual era la concurrencia de unos 120 bailarines de las más diversas edades.
“Los dos primeros años vinieron 30 o 35 personas y nos dijimos que iba a ser complicado el año”, afirmó. Pero en la tercera semana comenzaron a regresar y la gente está “cada vez más entusiasmada”.
Para Cajaravilla el fenómeno del folclore no se apagará y señala que está cada vez más presente. “En los colegios están enseñando folclore, cosa que antes no pasaba. Ahora hay talleres y eso está muy bueno, porque aprenden cosas de la tradición”.
Y explicó que si bien es difícil que, a diferencia de lo que ocurría décadas atrás, niños muy chicos quieren aprender a bailar, “a nosotros nos llegaron siete u ocho chiquitos” a la peña.
Cajaravilla también explicó que se está dando un cambio en cuanto a los gustos musicales de los bailarines más jóvenes, que prefieren dejar el folclore tradicional para bailar con grupos nuevos, más instrumentales.
Explicó además de uno de los problemas que enfrentan las peñas y agrupaciones folclóricas es la situación económica, más en el caso de “El ombú”, donde no se cobra a los chicos para aprender a bailar.
“En la en la agrupación hay cuatro generaciones bailando”, dijo Cajaravilla. Por eso opinó que “hay folclore para rato, no se va a perder nunca”.
El otro fenómeno
Héctor Lezcano, maestro de profesores de danza, vinculado a algunos de los pioneros de la danza folclórica en la ciudad, afirmó que en los últimos años el folclore está convocando a cada vez más adultos mayores.
“Hay mucho entusiasmo, especialmente en la gente grande, aunque también hay un semillero de chiquitos”, dijo Lezcano.
También señaló que se está dando una renovación musical. “Antes se bailaba con los Chazarreta, los hermanos Avalos, ahora tenés al Chaqueño Palavecino, a Rojas, a Barrionuevo y muchos otros grupos en los que sobresalen los instrumentos y eso permite hacer otras cosas”, explicó.
Lezcano integra junto a otros bailarines el grupo “Unidos por la danza”, formado por parejas de distintas peñas y agrupaciones.
Precisó que esa iniciativa surgió en 2018 y que ya han estado en Cosquín. Los integrantes son bailarines mayores de sesenta y “hay hasta de 80 y pico”.
Y según Lezcano no sólo hay cada vez más gente que baila, también hay otras iniciativas tradicionalistas que lo hacen pensar que el fenómeno no se detendrá. Aunque, cree que por estos días la economía puede ser un importante freno para la actividad de las peñas y agrupaciones.
Nuevas tendencias
Sergio Melgarejo, vinculado desde hace años a la música folclórica a través de sus programas radiales y como conductor de peñas y festivales, afirmó que se calcula que “en Necochea hay entre 300 y 350 personas que bailan folclore”.
“Lo que vemos es que en los últimos diez años se ha volcado la gente grande a bailar”, señaló. “Antes acompañaban a los nietos y los hijos a la peña para verlos bailar y ahora se han sumado los padres y los abuelos”
“Hay gente de 70 y más de 80 bailando folclore en algunas agrupaciones. Eso no pasaba antes”, explicó Sergio.
Dijo que por el contrario “se ha reducido la cantidad de jóvenes respecto a otras épocas”.
Eso no ocurre en lo musical, afirmó Melgarejo. “Siguen estando los músicos históricos, pero han surgido muchos chicos nuevos con diferentes propuestas”, indicó.
Y en cuanto a la danza, señaló que se está viendo más investigación por parte de los profesores y coreógrafos. Precisó que se puede ver en los atuendos de los bailarines de acuerdo a los ritmos. “Algunos profes están trabajando en eso. En el calzado, el sombrero o el poncho que usaban en la época de alguna danzas más tradicionales”, comentó.
Por todo ello, Melgarejo cree que el folclore y las costumbres tradicionales tienen mucho futuro, a pesar de las nuevas tecnologías y los cambios culturales.
“Nosotros, que ya somos grandes, tenemos que transmitirle a las nuevas generaciones lo que nos transmitieron nuestros padres y abuelos. A partir de ahora, nosotros somos ese nexo entre las tradiciones y nuestros hijos”, concluyó.///
De norte a sur
El fenómeno del folclore se encuentra muy extendido en todo el territorio nacional, pero por diferentes causas, geográficamente irregular. Muy fuerte en el centro y norte del país, las provincias más antiguas; pero también en Cuyo y de algún modo, en el litoral.
En la Patagonia es más reciente y en la ciudad de Buenos Aires, escaso. No así en los partidos del Gran Buenos Aires, donde hay muchísima actividad de danza folclórica, tal vez por la inmigración interna que caracterizó a las décadas del ’50 y ’60.
Para dar una idea de la magnitud del fenómeno, bastaría decir que la provincia de Mendoza tiene cuatro o cinco ballets de folclore oficiales, que una escuela de la pequeña ciudad patagónica de Caleta Olivia tiene… ¡1.000 alumnos!, y que en la localidad cordobesa de Monte Maíz, de menos de 9.000 habitantes, hay un excelente ballet municipal.
En Atamisqui, en Santiago del Estero, otro ballet municipal para una población de 3.000 habitantes; en Tapso, un pueblito de Catamarca con poco más de 800 habitantes, se organizó hace unos años un certamen en el que participaron conjuntos de varias provincias.
Los ejemplos se multiplican en todo el país y no hace falta más que ingresar a Google para encontrarse con información de miles de peñas, agrupaciones folclóricas y festivales.