Un feriado nacional con sabor bien argentino
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En esta Argentina contemporánea ya nos hemos ido acostumbrando a la proliferación de días feriados que para cada año digita el Gobierno nacional: entre los históricos, aunque algunos acomodados para que se transformen en “turísticos”, y los que van apareciendo para testimoniar hechos sin mayor trascendencia.
Esta vez se sumó el del censo obligatorio de ayer, que por ley 24.254 tomó las características de feriado nacional, con lo cual no podían abrir sus puertas entre las 8 y las 20 los comercios dedicados al esparcimiento, restaurantes, confiterías y casas de expendio de comidas, panaderías y rotiserías entre otros.
A diferencia del censo celebrado en 2010, donde los negocios si podían abrir (de hecho sus propietarios eran censados allí o en sus domicilios, mientras hubiera un integrante de la familia mayor de edad para brindar los datos al censista), esta vez la prohibición cobró mayores efectos, bajo la amenaza de posibles multas a quienes transgredieran la norma.
Es así que la ciudad lució paralizada durante gran parte de la jornada de ayer, excepción de la circulación de colectivos urbanos y el funcionamiento de los llamados servicios esenciales, como ser los hospitales, centros de salud, estaciones de servicio y farmacias.
Necesidad de abrir
Sin embargo producto de la necesidad económica que atraviesan los comerciantes y otros tantos sectores ante este presente más que difícil, algunos pocos se animaron a abrir las puertas a medida que avanzaba el día, o por caso luego de haber sido censados.
Más allá del desinterés y desobediencia a las normas, dos cuestiones que vienen en ascenso en el comportamiento de buena parte de nuestra sociedad actual, ¿Quién puede cuestionar o condenar la decisión de alguien que necesita trabajar para poder comer?
Otros, con el temor de ser multados decidieron, no sin lamentarse, hacer caso a las disposiciones y no trabajaron, sumando un nuevo día perdido. Y no hay que olvidar que muchos de estos emprendedores continúan sin recuperarse de los efectos fatales de la exagerada cuarentena a la que los obligó el Gobierno por la pandemia de Covid.
Pasado el mediodía varios comerciantes se fueron animando y abrieron sus puertas, para al menos “salvar” parte del día. Pero en su mayoría lo hicieron sus propietarios, ya que convocar a sus empleados les significaba el gasto de pagar doble la jornada. Tampoco hay que soslayar lo de otros rubros, como el de la construcción, que se perdieron otro día de trabajo.
Entendiendo las razones de estas actitudes y con un tinte de coherencia, no se percibió un control estricto o prohibitivo por parte de la fuerza policial y mucho menos del Estado municipal.
Nadie puede discutir la importancia de un censo, tanto para saber cuántos somos y cómo vivimos, de manera de proyectar con mayores certezas nuestro futuro como país. Pero habría que buscar la forma de que se haga un día domingo (un antecedente es el de 2001, que se efectuó entre el sábado 17 y domingo 18 de noviembre).
Las razones son que el país cuasi quebrado en el que vivimos, con un inquietante índice de pobreza y desempleo, es necesario respaldar a quienes dan trabajo para justamente no perder más puestos laborales. Y en este contexto seguir sumando feriados es precisamente avanzar en el sentido contrario.///