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    Un juego para inversores arriesgados versus la cultura de los atajos

    21 de junio de 2017 | 06:59
    Un juego para inversores arriesgados versus la cultura de los atajos
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    Análisis de  por qué prestarle plata a 100 años a la argentina

     

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    Por Hugo E.Grimaldi

    De Agencia  Dyn

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    Colocar en el mercado un bono a 100 años es algo bastante usual en el mundo y nadie debería asustarse al respecto: lo ha hecho Bélgica, el Reino Unido, China, Irlanda o aún México.

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    Claro que ninguno de ellos es la Argentina, el país de los atajos, a quien no sólo le juega en contra su historia financiera, más de características de prontuario que de currículum virtuoso, sino que muchas de sus actuales taras culturales no son las más aconsejables para recomendarle a nadie que se juegue a un siglo de plazo: corrupción, narcotráfico y degradación de las instituciones cantan su presente por estas horas. A aquellas reflexiones de José Ortega y Gasset sobre el argentino medio, que el español comenzó a amasar justamente hace un siglo atrás, hay que agregarle las pasiones propias de conceptos que la sociedad ha ido recibiendo como goteo durante años y años, casi todos salidos de matrices estatistas y corporativas que lo han cerrado más aún.

    Debido a ese monumental lavado de cerebro que la gente ha padecido durante tantos años es que el argentino de hoy entiende poco y nada al mundo, desprecia a los mercados, pide precios máximos y casi no participa de la idea de una apertura lógica de la economía, salvo cuando la varita mágica lo toca por un rato a cada uno y se cree, por un rato, el dueño del mundo. Después, cuando las papas queman, todos se unen para pedirle al «papá-Estado» que arregle las cosas y que los salve, sin tomar nunca en cuenta que el Estado no es una entelequia, sino que resulta ser algo tan contante y tan sonante que pega siempre su chicotazo en el bolsillo de todos, en el de los pobres más todavía. De Ortega para acá, peronistas, radicales y militares han sido capaces de esquilmar varias veces a los pagadores de impuestos o de generar emisiones descontroladas de dinero o de deuda dejando a todos en la lona.

    Y más luego, cuando hay que ver por qué suceden ese tipo de cosas, está el relato provinciano que todos supimos referir alguna vez, el de los planetas alineados en contra de la Argentina o el del complot de la malévola «sinarquía internacional». Por eso, por estas tierras un fuerte aplauso al «pagadiós» de turno no se le niega a nadie. Sin embargo, mucho peor que un default es el mal de adentro, el que desprecia los cánones de la educación; el que ha facilitado la anomia imperante al ignorar los delitos grandes o pequeños; el que se desentiende de todo control; el que tiene metido el relato de la no criminalización de la protesta; el que no se espanta por las empresas «recuperadas»; el que se sustenta sólo en la acumulación de derechos sin ningún deber que cumplir; el que cree que los «escraches» son lícitos y el que durante los últimos años permitió que penetrara la droga en la sociedad. Todo esto es lo que pone hoy luces más que anaranjadas en el horizonte.

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    Estas dudas centrales son las que no permiten ver con claridad por qué el Estado que hoy circunstancialmente administra Cambiemos, ha colocado deuda a 100 años de plazo, para que sea atendida dentro de cuatro generaciones. Este el mismo Gobierno que, en su facilismo, no puede asegurarle siquiera a los hinchas una visita tranquila a cualquier cancha de fútbol y el que prefiere la hipocresía de los «neutrales» que griten los goles, antes que una intervención preventiva que podría dejar en evidencia sus fallas de seguridad. Más allá de lo difícil que es valuar lo que significa el gancho de una tasa de interés proyectada a un siglo de plazo o las comisiones que pudieron haber cobrado los bancos colocadores, es más que valorable que alguien le ponga plata a la Argentina con todos estos antecedentes metidos en el alma de la sociedad, cuestión que va más allá de la trapisonda puntual de cualquier nuevo default.

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