Un libro olvidado sobre la convivencia en la Necochea primitiva
Mucho antes de la fundación de la ciudad, los habitantes de la tierra eran otros: los vorogas. En 1939, el periodista Samuel Moreno Ortiz los recordaba en una conferencia en el Ateneo Necochense
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JUAN JOSE FLORES
Redacción
Entre los numerosos testimonios que ayudan a reconstruir la historia de Necochea existe un pequeño libro prácticamente olvidado. Se trata de la recopilación de una conferencia que el periodista Samuel Moreno Ortiz pronunció en 1939 en el Ateneo Necochense, una institución cultural que tuvo una destacada influencia en la vida intelectual de la ciudad durante la primera mitad del siglo XX.
Moreno Ortiz era por entonces una figura reconocida del periodismo local. Director del diario Necochea, uno de los periódicos pioneros de la ciudad, dedicó buena parte de su trabajo a rescatar episodios del pasado regional. En aquella conferencia abordó un tema que todavía hoy genera debates y nuevas interpretaciones: las relaciones entre los pueblos originarios y los primeros pobladores criollos que habitaron esta zona del sudeste bonaerense.
El Ateneo Necochense había sido creado algunos años antes por un grupo de vecinos vinculados a la actividad cultural y política local. Entre sus impulsores figuraban el escritor Eduardo Escobar, Gabriel Gelemur, Cipriano Reyes, el doctor Roberto D. Ramovechi, Carlos Bravo, Francisco Cortesano, Carlos C. Rolón, los hermanos Ignacio y el propio Moreno Ortiz. Según recordaba Escobar, el objetivo era constituir un centro cultural que promoviera las manifestaciones intelectuales y artísticas, contribuyendo al desarrollo de una ciudad que aspiraba a ocupar un lugar destacado entre las más progresistas de la provincia.
Cuando Moreno Ortiz expuso sus ideas, los acontecimientos de la denominada Conquista del Desierto todavía permanecían relativamente cercanos en la memoria colectiva. Muchos de los asistentes habían escuchado relatos transmitidos por sus padres o abuelos sobre los indígenas que recorrían la región antes de la consolidación del Estado nacional en la frontera sur bonaerense.
En su exposición, el periodista remontó los primeros contactos entre europeos e indígenas a fines del siglo XVI. Mencionó la expedición de Juan de Garay en 1582 y recordó las incursiones de Hernandarias de Saavedra hasta la desembocadura del río Quequén. También destacó la experiencia de los jesuitas en la Misión de la Virgen del Pilar, establecida en la actual Laguna de los Padres, donde durante un tiempo convivieron pacíficamente con numerosas familias indígenas.
Según la visión de Moreno Ortiz, el equilibrio comenzó a quebrarse durante las primeras décadas del siglo XIX, cuando el avance de la frontera militar generó conflictos cada vez más frecuentes. Citó los testimonios de Charles Darwin, quien durante su viaje por la región en 1832 observó el temor de las comunidades indígenas frente a las campañas impulsadas por el gobierno de Juan Manuel de Rosas.
Las interpretaciones actuales sobre aquel período son mucho más complejas que las que predominaban en la década de 1930. Hoy los historiadores coinciden en que la expansión territorial del Estado argentino estuvo acompañada por procesos de violencia, desplazamiento forzado y desestructuración de las comunidades originarias, cuyas consecuencias todavía forman parte de la discusión histórica y política del país.
Uno de los aspectos más interesantes del relato de Moreno Ortiz se refiere a los vínculos que existieron entre los primeros pobladores de la región y los vorogas, un grupo indígena que habitaba amplios territorios vinculados a Salinas Grandes. El periodista sostenía que durante varios años las relaciones fueron predominantemente amistosas y estuvieron basadas en el intercambio comercial.
Los vorogas, explicaba, mantuvieron una organización propia hasta mediados de la década de 1830. La irrupción de Calfucurá y la reconfiguración de los liderazgos indígenas alteraron profundamente el escenario político de las pampas, modificando alianzas y generando nuevos conflictos que repercutieron en toda la región.
Aun así, numerosos grupos continuaron desarrollando actividades comerciales con los habitantes de la campaña bonaerense. Llegaban a los establecimientos rurales transportando sal, pieles, plumas, quillangos, tejidos y diversos objetos de uso cotidiano. A cambio obtenían animales, herramientas y otros productos necesarios para la subsistencia.
Moreno Ortiz describía aquellos intercambios como encuentros cordiales. Recordaba incluso una expresión que, según sus testimonios, era frecuente escuchar entre los comerciantes indígenas: “Dando, dando hermano”, una fórmula que simbolizaba el espíritu de reciprocidad que caracterizaba esas transacciones.
Con el paso de los años, sin embargo, la creciente disputa por el control del territorio fue erosionando esos vínculos. Los enfrentamientos se hicieron cada vez más frecuentes y terminaron desembocando en un proceso de guerra que transformó definitivamente la historia de las pampas.
Más allá de las interpretaciones que hoy puedan hacerse sobre algunos de sus conceptos, la conferencia de Samuel Moreno Ortiz conserva un valor documental singular. Constituye el testimonio de una época y refleja cómo los necochenses de las décadas posteriores a la Conquista del Desierto recordaban la presencia indígena en la región.
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