La fábrica en la que trabajaban más de 650 personas
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La fábrica Huemul se mantiene intacta pese a sus cuatro décadas de historia y sus seis años fuera de actividad
La sensación al ingresar es la de una pausa en el tiempo, como si los 600 empleados que trabajaban allí hubiesen decidido, de un día para otro, no volver. Esa es hoy la imagen de la histórica fabrica Huemul-Sasetru, de Quequén.
A pesar de que nadie trabaja allí desde el 2012, todo está limpio, con todas las maquinarias y mesas que se utilizaron, en las décadas del 70 y 80, para exportar hasta 4.837.433 de toneladas de pescado procesado y enfriado, con una remuneración que para la empresa rondaba entre los 3 y 4,4 millones de dólares anuales en sus tiempos de esplendor.
Algunas goteras, un poco de óxido debajo de las cámaras de frío y los almanaques de décadas atrás colgados en las paredes hacen dar cuenta que el tiempo ha pasado. Pero no mucho más.
Un gran crecimiento
El crecimiento de Huemul fue bastante rápido. Tal es así que, en sus inicios, la empresa contaba con un plantel de 28 empleados y casi cinco años después ya tenía 654 personas trabajando allí, siendo una de las más grandes fuentes de empleo de la zona.
Incluso parecían no ser suficientes los trabajadores disponibles en Necochea y Quequén y algunos debían viajar desde Lobería u otras localidades cercanas.
Para mayor comodidad de algunos de sus empleados jerárquicos y de oficina, la empresa construyó en la zona centro de Necochea, en 62 entre 57 y 59, un edificio de 43 departamentos, que aún hoy se encuentra habitado.
La fábrica contaba con un comedor donde se le daba el almuerzo a los empleados, vestuarios para varones y mujeres, una guardería para los hijos de trabajadores y varios espacios más que hasta la fecha tienen los carteles correspondientes para ubicarse y no perderse dentro del edificio.
En el predio al otro lado de la calle 509 al 1700, funcionaba una aceitera también del grupo Sasetru aunque en ese sector no han quedado más que ruinas y pastizales. A un lado de la fábrica, funcionó en algún momento una fraccionadora de vinos provenientes de Mendoza, perteneciente al mismo grupo, y hoy es el único sector que se encuentra alquilado.
La historia y el presente
El complejo industrial de procesamiento y frigorífico tardó más de dos años en construirse hasta que, finalmente, se inauguró en diciembre de 1977 y entró en producción en abril de 1978.
Dado que Quequén no contaba con los sistemas de infraestructura apropiados para el desarrollo de la empresa, especialmente en cuanto al proyectado traslado de su flota pesquera, la empresa Huemul trasladó su flota desde Mar del Palta. Aquella flota se componía por seis buques pesqueros de altura, adquiridos en Europa, con una capacidad de bodega para 130 toneladas de pescado fresco y enfriado, cada uno.
Años más tarde, Huemul dejaría de funcionar y el complejo que se compone por 17.735 metros cuadrados de los cuales 14.000 son de superficie cubierta, pasaría, en 1998, a manos de una nueva empresa de nombre Incop.
Tras funcionar hasta 2012 bajo esa firma, con alrededor de cuarenta empleados, la empresa cerró y hasta el día de hoy todo ese lugar se encuentra desocupado, a la venta y con todo el interior como si se hubiese dejado de usar hace solo algunos meses.
Desde el cierre de Huemul y con el añadido de la caída del puente Ezcurra, ese barrio de Quequén pasó de ser uno de los más concurridos y con más empleo de la zona a ser un área de varios edificios abandonados, pastizales y muchos recuerdos.
El corazón de la fábrica tiene nombre y apellido
Hugo Machado tiene hoy 67 años y vivió muy de cerca todos los cambios, los ascensos y las caídas de ese emblemático lugar.
Tenía solamente 27 años cuando entró a Huemul y, durante aquella época de mucho trabajo, se encargaba del mantenimiento y puesta en marcha de las máquinas que enfriaban todas las cámaras de la fábrica. Hasta el día de hoy recuerda su trabajo con cariño y le resulta difícil olvidar esos años ya que es el único empleado que ha quedado en actividad en ese lugar.
“Yo ahora me encargo de cuidar y mantener todo lo que más puedo. Conozco todos los rincones”, contó a Ecos Diarios, mirando hacia arriba con ojos de nostalgia el interior del inmenso edificio que ocupa una manzana completa.
Machado no tenía horarios fijos ni fichaba como los demás empleados, ya que lo llamaban cuando lo necesitaban y estaba a cargo de prender y apagar las máquinas. “Consumían muchísima luz así que en las horas pico teníamos que pararlas, había guardia las 24 horas acá”, dijo mientras señalaba los motores de casi tres metros de altura y los tableros eléctricos que ocupan toda una pared.
En la actualidad todavía barre los pisos, no deja entrar a las palomas y es el responsable de que el lugar esté casi como si todavía hubiese gente trabajando allí. Además hay dos serenos que se van turnando para cuidar el predio y se han puesto candados y llaves especiales a todas las entradas.
