Un mundo distinto, en la mejor playa argentina
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Cuando los primeros visitantes de la ciudad descubrieron el mar, se apasionaron por nuestras costas y surgió el sector turístico
Archivo Ecos Diarios
“Lo que en un principio fue un lugar para esparcimiento en la época estival, para los primeros pobladores de Necochea, pronto atrajo la atención de los que llegaban al nuevo pueblo, los que se convirtieron en propagandistas entusiastas y eficaces de su extensa, hermosa y serena playa, sin igual en la costa atlántica”.
La frase pertenece a un antiguo artículo publicado por un periódico publicado en la ciudad a principios del Siglo XX, el vespertino Necochea.
Muchos datos de aquel artículo están tomados de las páginas del pionero del periodismo gráfico local, El Baluarte, que se publicaba allá por 1890.
Según aquellos antiguos textos periodísticos, quienes venían en verano a la ciudad y disfrutaban las playas junto a los necochenses, pronto se convirtieron en fervientes adeptos a las arenas locales. Fue así que algunos “progresistas vecinos”, entre ellos Julián Azúa y Juan Marino, comenzaron a pensar en brindar alojamiento y comodidades de los turistas. Así surgieron los primeros hoteles de la zona balnearia.
Pero el desarrollo turístico tardó en llegar, debido en gran parte a que no existían en la época medios cómodos para llegar desde las principales ciudades del país hasta Necochea.
Por ello, los emprendedores del sector debieron conformarse en los primeros años con la limitada afluencia de los veraneantes de las poblaciones de la zona.
Pero con la llegada del tren a Quequén y luego a Necochea, empezó a intensificarse el movimiento veraniego, que paulatinamente y en poco tiempo llegó a convertir a Necochea en el segundo balneario de la república.
“La influencia del ferrocarril no dio todos los frutos que se esperan porque la acción de los gobiernos de la provincia empeñados en propulsar a Mar del Plata, no fue auspiciosa para nuestro balneario, hasta que se constituyó la Sociedad Fomento de Necochea”, precisa uno de aquellos artículos.
Esa entidad, integrada por hombres de empresa, acometió la obra de elevar el nivel del progreso de la ciudad. Impulsó la llegada del tranvía, lo que determinó la valorización de la tierra, la construcción de chalets, el primer casino, la rambla (que no se terminó como se había proyectado), entre otras obras que vinieron a sumarse a los valores que sumaban los hoteles San Sebastián Argentino, la Perla de Marino y el Necochea Hotel.
A partir de esta época el progreso balneario no se detuvo.
Donde antes sólo había dos hoteles y algunas humildes viviendas aisladas, años más tarde surgió la Villa Díaz Vélez.
De elite
Hasta fines de la década del 20, cuando se construyó el Puente Colgante, para llegar desde Capital Federal y otras ciudades ubicadas al Noreste, había que cruzar el Río Quequén en balsa.
Por esta razón, desde fines del siglo XIX, el medio de transporte más cómodo para llegar a Necochea era el tren, ya que el puente ferroviario permitía cruzar el cauce de agua de la forma más rápida.
Debido a ello, las mejores estadísticas de arribo de turistas a Necochea eran las realizadas por el personal del Ferrocarril Sud. Según Ecos Diarios, desde el 1º de noviembre al 31 de enero de 1925 al 31 de enero de 1926, habían arribado a Necochea 2.168 turistas.
Las estadísticas publicadas el 30 de marzo de 1926 revelaban que desde el 1 de noviembre de 1921 habían llegado a nuestra ciudad un total de 3.785 personas.
Un mundo distinto
A fines del Siglo XIX y principios del XX, la ciudad era muy distinta a la actual. Los automóviles circulaban por la izquierda, como lo hacían en Inglaterra y todas las calles y avenidas de la ciudad estaban arboladas.
El ejido de la ciudad se concentraba aún alrededor de la plaza Dardo Rocha y entre las otras tres plazas: la de las Carretas, la Isabel La Católica y la ubicada en 74 y 75. Las calles, por cierto, tenían nombre y no número.
También las costumbres de los necochenses eran distintas. El servicio eléctrico todavía no era regular y el cinematógrafo, era la diversión favorita de los vecinos en años que la televisión todavía ni se imaginaba.
La gente iba a la playa con sus mejores galas y mucha ropa. Señores con trajes de tres piezas, corbatas, zapatos y sombrero, se reunían a dialogar a orillas del mar.
Las señoras iban vestidas con sombreros, trajes y chalinas, sin olvidar las sombrillas al tono.
Los picnic en la playa implicaban traslados en masa, en los que no faltaban los músicos con sus instrumentos.
Los bañistas, sin embargo, debían respetar el denominado reglamento de baños, que impedía que los señores se acercaran demasiado a las damas, pese a que las mallas de estas ocultaban más de lo que dejaban ver.
Sin embargo, la opinión general de los bañistas de entonces no era muy diferente a la de ahora: Necochea, la mejor playa argentina.