Un país que lleva a tener que seguir trabajando a los 84 años
¿A qué edad deja uno de trabajar? Es una pregunta no tan fácil de responder para mucha gente, sobre todo en un país en el que una jubilación regular no permite vivir dignamente.
En el mediodía de ayer un quequenense de 84 años, que todavía estaba trabajando conduciendo un camión, protagonizó un choque contra otro de similar porte en la avenida de Circunvalación; ambos vehículos transportaban cebada y se dirigían a descargar en una planta celearera.
Ese hecho, más allá de que fue un “milagro” que hayan salido casi ilesos los dos camioneros, abre la puerta a más de una reflexión y fue un golpe de la dura realidad.
Por un lado, hubo fuertes críticas hacia el chofer de 84 años, según varios usuarios de redes sociales que comentaron en la página web de Ecos Diarios, que no debería a esa edad estar manejando y mucho menos un camión. Claro está que no es objetivo de esta columna ahondar en ese aspecto, ya que es un tema que se deberá resolverse luego del informe de la Dirección de Tránsito y la Policía Científica, en el ámbito de la Justicia que tendrá por estas horas que corroborar si el conductor estaba habilitado para manejar un camión y si contaba con todo lo que se exige en regla.
Es innegable que la propia naturaleza humana y el devenir generado por los años hacen que a esa edad los reflejos y los sentidos no sean tan agudos como los de una persona joven para estar a cargo de un volante, pero el debate es mucho más amplio que eso.
No alcanza
Ese choque pone en evidencia la realidad de muchos adultos mayores que tienen que vivir, o mejor dicho sobrevivir, con una jubilación que realmente no alcanza para nada. Es un despropósito que, quienes han laborado toda una vida útil luego de acogerse “a los beneficios de la jubilación” tengan que seguir trabajando por percibir un ingreso mensual de $ 29.061, es imposible.
En esta realidad económica tan desastrosa que vivimos en la Argentina, con una inflación que supera el incremento que pueda tener la entrada mensual de la mayoría de quienes se desempeñan en relación de dependencia lleva que, al momento de jubilarse resulte soñado poder dejar de trabajar.
Ese es el contexto que lleva a un hombre de 84 años a seguir arriba de un camión, yendo a los campos a cargar cereal para traer al Puerto, cuando debería estar en su casa disfrutando de su familia, del tiempo libre o haciendo cualquier actividad acorde y en respeto a su edad.
Y en ese mismo lado de la vereda no solo está la realidad de este camionero, ahí también hay remiseros, kiosqueros, albañiles y hasta profesionales de amplia trayectoria, a los que no les queda otra alternativa que seguir trabajando luego de haberse jubilado. Enfrente de esa vereda están los privilegiados encabezados por la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner que percibe dos haberes por 2.500.000 de pesos; otros se jubilan a los 50 años y pueden tener altas rentas que les permite vivir holgadamente a una edad en la que aún tiene todo por hacer y brindar.
Podríamos agregar en esa privilegiada lista a los que siempre vivieron debajo del ala del Estado y gran parte de los jefes del sindicalismo argentino, todos son una muestra cabal de esa desigualdad. Dos veredas separadas por una amplia calle y en el medio una sociedad que está esperando poder cambiar esta realidad para que la Argentina sea un país más equitativo.