Un peligro latente
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La reciente caída de una rama de eucalipto de gran porte sobre un local concesionado de avenida 10 y calle 95, que por fortuna no causó heridas o algún daño mayor a ocasionales transeúntes, dispara un gran interrogante acerca de los trabajos de conservación y raleo de árboles que viene efectuando el municipio en el Parque Miguel Lillo.
La portentosa rama cayó de una altura de unos 15 metros de una de las añosas plantas que rodean a la parrilla ubicada en el lugar, causando algunos daños en la vereda, mesas y sillas, aunque por suerte no impactaron en la humanidad de los numerosos caminantes que circulan por el lugar en una mañana de domingo, cuando se produjo el desplome.
Al producirse el derrumbe del pesado gajo más de algún vecino residente en el sector habrá recordado que hace algunos años cayó una planta, que por su altura casi atravesaba el ancho de la avenida 10, y que por fortuna tampoco lastimó a personas o produjo daños en los inmuebles.
Teniendo en cuenta que existen varios eucaliptos enormes en ese sector del Parque, sobre avenida 10 y 89 y cercanías del anfiteatro, surge la duda acerca de que se repitan las caídas, con consecuencias para lamentar.
Por la altura que han alcanzado estas plantas ni siquiera con una grúa se puede alcanzar la copa de las mismas, para hacer cortes correctivos o preventivos, con lo cual el trabajo seguramente se tornará dificultoso.
El área de Espacios Públicos, que cuenta con personal especializado, debe tomar cartas en el asunto con celeridad, ya sea para podar los añosos árboles y retirar los árboles que están en peligro de caer luego de soportar durante años fuertes vientos, o directamente extraer los eucaliptos y sembrar nuevas especies.
A propósito de árboles que a simple vista están en malas condiciones, y a pesar que desde hace tiempo no se registran fuertes temporales, el interior del Parque Lillo muestra en varios sitios plantas caídas o recostadas sobre otras, algunas de ellas “enfermas” e irrecuperables y que han sucumbido sin ser necesarios los fenómenos de la naturaleza.
En tal sentido quienes circulan periódicamente por el paseo no observan trabajos para extraer estos árboles, que no es necesario ser un gran entededor del tema para darse cuenta que deben ser sacados. Tampoco se perciben en los últimos tiempos tareas de raleo.
A su vez estos árboles desparramados invitan a que algunos vecinos, con motosierras o hachas en mano ingresen al parque con total libertad a trozarlas para llevárselas, con la posibilidad de romper o derribar otras unidades cercanas que están en buenas condiciones.
Fuera de la apertura de caminos interiores que se hicieran hace algunos años, luego de un par de incendios en los cuales los bomberos se vieron en figurillas para ingresar a combatirlos por la falta de buenos accesos, la masa arbórea del Lillo sigue a la “buena de Dios”, sin mejoras y con peligros latentes como el que acaba de ocurrir o incendios que se puedan producir en el futuro.
Con un área específica en el organigrama municipal que debería abocarse al tema, es hora de que una vez por todas se comience a trabajar en serio en el parque, tanto por la salud de su vegetación, como en su mantenimiento y cuidado. Será la forma de prevenir accidentes lamentables y que aquellos que disfrutan del lugar puedan seguir haciéndolo sin riesgos.