Un peligro latente
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Como suele ocurrir cuando ocurre un incendio de proporciones, el reciente siniestro que arrasó con varias hectáreas de terrenos baldíos y un trigal en Quequén, disparó las alarmas del latente peligro al que se expone la masa arbórea del parque Miguel Lillo cuando empiezan las temperaturas altas.
Espasmódicamente el municipio salió a solicitar, a través del jede del servicio de Guardaparques que los ciudadanos colaboren, cuiden y estén alertas ante el peligro por las altas temperaturas o las crecientes juntadas nocturnas de jóvenes, y el encendido de fogones que muchas veces apagan mal. De allí a que una chispa pueda desatar una catástrofe hay un paso.
No está mal la advertencia y el pedido de colaboración, pero en cierta forma deja en claro que las prevenciones y recursos que se han dispuesto para dar batalla a un potencial siniestro- llámese capacitación del personal y disposición de una unidad forestal que cuenta con un tanque de 500 litros de agua y una motobombas-, y aun sumando la fuerza de los cuarteles de bomberos de Necochea y Quequén, pueden resultar lamentablemente insuficientes.
Coincidentemente, miembros del grupo El parque no se vende, que tantas veces se manifestaron con abrazos simbólicos a árboles del parque, en protesta por la falta de un plan preventivo de manejo para la masa arbórea, que en forma irregular cubre una extensión de 640 hectáreas.
Los manifestantes advirtieron, algo que es una obviedad, que dicha planificación resulta clave para mitigar probables incendios, que podrían tener terribles consecuencias para el parque. A su vez criticaron la ausente limpieza de ramas y piñas altamente combustibles, y solicitaron que se eduque a la población sobre la conformación del parque y como debe cuidárselo. Algo que lamentablemente no ocurre con la dinámica que tendría que tener desde el Ejecutivo.
Los planteamientos exponen la preocupación que genera un eventual siniestro, ya sea generado en forma accidental o intencional. Pero también ratifica que pasan los gobiernos y no hay cambios sustanciales en el Parque Lillo. Variantes que van más allá de un plan de reforestación. Intervenir el lugar y darle el desarrollo urbanístico que se planificara cuando las tierras pertenecían a la familia Díaz Vélez. Una decisión que cambiaría no solo el destino del lugar, sino de la ciudad. Tal cual ocurre en sitios como Cariló o Mar de las Pampas, sitios valorados y cotizados por el interés de los inversores y usuarios.
Respecto al parque, la actual administración aún no ha efectuado grandes cambios, no más que algunas plantaciones y el anuncio de un plan para reforestar con 60 mil plantas los próximos siete años.
Más allá que se termine ejecutando o no, el plan del Ejecutivo no significará el cambio que necesita el parque. Mientras se siga pensando y ejecutando a corto tiempo o actuando cuando un siniestro nos pone en apuros y nos angustia sobremanera ante el peligro de perderlo todo, seguiremos teniendo el corazón en la boca cuando se suceden los días de altas temperaturas veraniegas.///