Un verano agobiante
El fervor mundialista no contribuyó a generar una distensión
Sumido en una de las peores crisis económicas, políticas y sociales desde el retorno a la democracia -por su profundidad, persistencia y multidimensionalidad-, el país encara el último mes de un año muy complejo y difícil, con crecientes conflictos que amenazan la “tensa calma” que se había producido tras el ingreso al gobierno de Sergio Massa, configurándose así un escenario que permite avizorar que el comienzo de un 2023 teñido por la disputa electoral será tan tórrido como el verano.
Sequía y heladas
Los fenómenos extremos ya se sienten a nivel climático, con una enorme sequía que ya se encuentra entre las peores de los últimos tiempos. Según la Mesa Nacional de Monitoreo de Sequías, que integran el INTA, el Servicio Meteorológico Nacional, y otros organismos, ya más de 22 millones de hectáreas se encuentran en una condición de sequía “severa”, la mayoría de ellas en la “zona núcleo”, la más productiva del país. Con una superficie total afectada por la sequía de 163 millones de hectáreas vinculadas a agricultura, ganadería y forestación, la situación que ya impacta en las campañas de trigo y maíz tardío, podría comprometer seriamente la productividad de la principal actividad generadora de divisas del país para 2023.
Si a ello se suman las heladas tardías de principios de noviembre, otro fenómeno extremo que afectó fuertemente las economías regionales -vitivinicultura, fruticultura, etc.-, provocando daños que en provincias como Mendoza, San Juan o Río Negro oscilaron entre el 50 y 100% de la producción, resulta no sólo evidente que el cambio climático es una realidad que llegó para quedarse, sino que la actividad exportadora podría verse seriamente comprometida en 2023, en un contexto en que el país necesita desesperadamente de divisas para fortalecer las magras reservas del Banco Central.
Conflictos políticos
Continuando con el análisis del clima, pero en este caso el de la política, parece quedar claro que si alguien esperaba que el fervor mundialista aplacara los ya caldeados ánimos y contribuyera a generar una distensión, los episodios recientes dan cuenta de una tendencia contraria: los conflictos y tensiones parecen escalar, tanto hacia el interior de las principales coaliciones que estructuran la dinámica política, como en la relación gobierno-oposición, y en los vínculos del Poder Ejecutivo con otros actores clave del sistema, desde la Corte Suprema a los movimientos sociales.
El patético episodio de esta semana en Diputados es sólo la manifestación más superficial de este clima cada vez más espeso. En el fondo, el vínculo gobierno-oposición está entrando en una fase de endurecimiento, no solo por el previsible efecto de la campaña electoral, sino por la escalada final de la pelea que tiene su foco en la Justicia y, específicamente, en la Corte Suprema, una vieja obsesión de la vicepresidenta. Una pelea que podría alcanzar su máxima tensión ante la inminente sentencia en la causa Vialidad.
Protestas sociales
Otro foco creciente de conflicto, que suele además recalentarse todos los fines de año, es el de las protestas y piquetes protagonizados por los movimientos sociales, que en este caso se agrava no sólo por la altísima inflación y la situación económica en general, sino por la “decisión” del gobierno de revisar y auditar los planes con la idea de, eventualmente, avanzar en una reconversión de los mismos orientada al empleo. Tras la intensificación de las protestas de movimientos cercanos al oficialismo, que en la semana cortaron el Puente Pueyrredón, el gobierno decidió finalmente postergar el estudio de incompatibilidades en la asignación de los planes Potenciar Trabajo y adelantó que la cuota de noviembre se pagará en los próximos días.
La foto en Casa Rosada de Alberto, Tolosa Paz y Pérsico selló una tregua transitoria con los movimientos sociales, que se comprometieron a no profundizar el plan de lucha oportunamente anunciado. Ayudó, en este plano, el reencuentro que tuvieron los referentes del Movimiento Evita con Cristina Fernández de Kirchner hace unos días. Sin embargo, un recrudecimiento de la situación económica o los propios realineamientos políticos podrían acelerar el ciclo de protestas.
El más apacible
El clima económico, paradójicamente, es el que -al menos en la foto de diciembre- aparece como más apacible. La segunda edición del dólar soja y la mayor demanda estacional de pesos, típica del último mes del año, auguran un mes de mayor calma. A ello se le suman la aprobación de la tercera revisión del FMI, con el desembolso de 6.900 millones de dólares, el ingreso de un préstamo del BID, el financiamiento chino para las represas, entre otras fuentes de divisas. Asimismo, en el equipo económico confían en un dato de inflación más bajo que el de octubre, que podría perforar el piso de 6 puntos porcentuales, aunque muy difícilmente pueda evitarse el cierre de 100% anual para 2022.
Sin embargo, a pesar de este mejoramiento transitorio en el clima económico, el comienzo de 2023 presenta algunas nubes de tormenta en el horizonte. No solo porque las vacaciones suelen tener incidir en los precios, y por los desafíos que plantea la administración de los dólares acumulados y su impacto en el frente cambiario, sino por la enorme deuda en pesos que ya comienza a avizorarse como un gran problema, con importantes vencimientos y actores del sistema financiero cada vez más reticentes a seguir financiando al Tesoro frente a otros instrumentos de mayor rendimiento.
Así las cosas, los argentinos atravesaremos un verano caliente, tanto en lo que respecta a las temperaturas atmosféricas, como a la presión que generarán las corrientes de aire caliente provenientes de otros frentes políticos, económicos y sociales. Y, todo ello, en un contexto de fuerte actividad eléctrica producto del proceso electoral.///
Gonzalo Arias, sociólogo, autor del libro «Gustar, ganar y gobernar»