Un vientre, tres vidas
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En el Día de la Madre, dos historias de madres de trillizos, que supieron afrontar esa intensa experiencia, recordando el embarazo, la crianza y el aprendizaje de ser mamá.
Por Maria Cecilia Gotta – Redacción
La noticia de ser madre causa impacto, sorpresa, emoción, y más sobre todo cuando dicen que serán trillizos. Esa experiencia la vivieron Liliana Landeyro, madre de trillizos varones y Daniela Berteri, de trillizas mujeres.
Ellas recordaron esa intensa experiencia de vida, su embarazo, la crianza de los hijos y el aprendizaje de ser mamá.
Daniela dio a luz a Anabel, Abigail y Abril, el 18 de diciembre de 1999, fecha de su cumpleaños, siendo un regalo más que especial.
Junto a su marido, Marcelo Dubier, ambos oriundos de Coronel Brandsen, y tras diez años de estar casados, decidieron ser padres.
Para ambos fue sorpresa la noticia de que eran trillizos. Realmente no lo esperaban, a pesar de que había antecedentes de ambas familias de mellizos.
Daniela recordó “me hicieron una ecografía y salimos del consultorio de Carlos Zubillaga llorando y la secretaria dijo “los perdió”, pero ese llanto era de emoción, sorpresa, estaba recontra embarazada. La verdad que no importaba si era uno o tres bebés”.
En el año 1999 había una sola incubadora en el hospital y otra en el Clínica Regional, por ente las tuvo en La Plata, donde había otro equipamiento médico.
“Tenia un médico en el Hospital Italiano y estuve allá un mes antes de la fecha para controlar más el embarazo”, dijo.
Daniela transitó su embarazo sin complicaciones y ni siquiera estuvo anémica.
En el mes de noviembre se instaló en Coronel Brandsen y hasta octubre estuvo en Necochea pintando cunas, que las hizo el padre de las niñas.
“Realmente fue un embarazo hermoso, divino y las trillizas pesaron 2,020; 1,900 y 2,000 kilos. Primero me la entregaron a Anabel y a la semana a Abril y Abigail”, detalló.
Luego estuvieron un mes allá teniendo la ayuda de la familia y después regresaron a Necochea, turnándose los familiares, abuelos, tíos.
Daniela afirmó “encontré una señora que me la mandó Dios, Mercedes Mackencie. Ella había sido mamá más joven así que me ayudaba y contaba experiencias, me aconsejaba y las manejaba a las nenas sin ningún tipo de problema. Inclusive nos íbamos los dos solos con mi marido un fin de semana y ella se quedaba con ellas, lo más felices y ese fin de semana se planeaban todo”.
Con tres hijas a cargo, Daniela supo hacer malabares y contorsionismo al momento de darles las mamaderas.
“Lloraban las tres al mismo tiempo con hambre y un día cuando fui a agarrar la mamadera, que la hervía en una olla, saltaron una gotitas a la cara de Abigail y le empecé a echar agua como loca, y creo que lloraba más por el agua que le echaba que por esas gotitas, pero a partir de ahí dije no me apuro más, porque puede terminar en un accidente”, comentó.
Si lloraban las tres, ella las atendía a sus tiempos y asi procedió sucesivamente.
Para darles la mamadera las ponía en la cama grande, y a dos se la podía dar, pero a la tercera le apoyaba la mamadera en una toallita y con el pie lo movía para que no tomara aire.
La primera vez que salieron de vacaciones con las nenas, ellas tenían 1 año y dijeron desde un primer momento, “si se nos complica volvemos, pero lo pasamos bárbaro”.
El destino fue Traslasierra, Córdoba, donde aprendieron a caminar Anabel y Abigail.
Al ser tres, ellas mismas se estimulaban y maduraron antes de tiempo. En este sentido, Daniela puntualizó que “en los peloteros me acuerdo que las otras mamás buscaban las zapatillas de los chicos y yo me quedaba parada y les decía chicas busquen las zapatillas y medias. Como no alcanzaban las manos aprendieron a madurar antes”.
Daniela siempre fue ama de casa, se dedicó a ellas, se involucró en la escuela, a ayudarlas, participar, y siempre estuvo presente. Sin embargo, una frase clave era “mamá no es un pulpo, tienen que ayudar”.
Esta mamá supo respetar a cada una de sus hijas, en sus decisiones, marcarles el camino y siempre eligió todo igual para que no se generasen celos entre ellas, era todo igual para las tres.
“A veces optaba por un mismo modelo y en diferentes colores, y también les hacia la ropa, inclusive me tocó hacerles los trajes de baile árabe a las tres”, recordó.
Una imagen que se repetía en esta familia cuando las nenas eran chicas era los domingos tomando la leche y mate en la cama, aunque también esta madre supo optar por caminos que le hicieron más fácil la crianza de sus hijas.
Al respecto, puntualizó que “todas las noches tenían la costumbre de llorar porque se iba el padre a trabajar, hasta que un día me fui a la cocina y puse a una de las nenas en una punta, otra en el medio y otra en la otra punta y yo me senté a tomar mate, y les dije lloren tranquilas chicas, y así fue que no lloraron más al otro día”.
Hoy, con 19 años, Abigail, estudia para instrumentista quirúrgica; Abril, psicología y Anabel, el profesorado de educación física.
Al estar dos de ellas en otra ciudad, Daniela aseguró que las extraña. “Este año me va a faltar una por primera vez para el día de la madre, porque están en épocas de finales y no puede venir, tienen otras responsabilidades por delante, y por su puesto que ellas siempre están primero”.
Cabe recordar que en el año 2012, las trillizas Dubier también fueron noticia para una nota que les hizo Ecos Diarios por el día del Padre, acompañadas de su papá Marcelo.
Todos varones
Hace 30 años, la volanta de la noticia en Ecos Diarios señalaba “Todos varones. Nacieron trillizos en nuestra ciudad”. Al igual que las trillizas Dubier, los hermanos Jensen, salían en la tapa de Ecos Diarios cuando eran bebes recién nacidos.
En la nota se detallaba que “una joven madre dio ayer a luz a trillizos, encontrándose todos en estado satisfactorio”.
Se trataba de Liliana Landeyro de Jensen de 27 años.
Dos de ellos habían pesado 2,600 y el otro 2,500. “El padre, Hugo Jensen estaba acompañado por el único hijo que hasta ahora tenia la pareja, llamado Maximiliano”, continuaba la crónica.
Treinta años después de aquel día, Liliana tiene los mejores recuerdos.
“Me acuerdo que Antonio Careri me hizo la ecografía y cuando se enteraron que eran tres se armó un revuelo bárbaro en la clínica. Eran dos placentas, en una estaba Rodrigo solo y en otra los gemelos Antonio y Diego, que eran idénticos”, contó.
En 1985, Liliana dio a luz a una nena, que falleció a la semana por un problema en el corazón, luego a los dos años quedó embarazaba y nació Maximiliano, y al año estaba esperando a los trillizos, por lo que ella asegura que eran cuatrillizos, porque Maximiliano tenía un año y cuatro meses.
“El padre sabía que eran todos varones pero yo no quise saber hasta el día que nacieron porque tenía la ilusión de que naciera alguna nena, pero por suerte fueron grandes y sanos, Dios me ayudó”, recordó.
Para la familia no fue nada fácil afrontar los gastos que conlleva criar a cuatro nenes. El primer tiempo Liliana se dedicó a ellos, el padre trabajaba y cuando empezaron la primaria ella empezó a limpiar en casas de familia, llegando a trabajar en siete casas, y luego la esperaba el trabajo en su propia casa con la limpieza y sus hijos.
Siendo bebés, ella alcanzó a lavar 50 pañales por día, porque no podía comprar pañales descartables, ya que estaban muy caros producto de la inflación y tomaban cuatro litros de leche por día.
“Cuando me preguntaban qué necesitaba yo decía pañales, que los utilizaba cuando tenía que salir al doctor”, dijo.
Toda la familia los ayudó, abuelos, tíos, y para ella fue una colaboración enorme.
“Fue mucho trabajo, muchas veces pedí ayuda al municipio y nunca me lo brindaron, los que si me ayudaron mucho fueron los tíos de mi marido que me traían la leche del campo, como asi también las enfermeras del Hospital Irurzun, la doctora Benita García y José María Ferrer que en la farmacia me daba las latas de leche y se las pagaba cuando podía”, detalló.
Liliana tuvo un embarazo bárbaro y el último mes se fue a vivir con su suegra porque Maximiliano era chiquito e inquieto y ella ya no se podía mover.
Con respecto al nombre de sus hijos, se acordó que todos opinaban, pero finalmente les pusieron Antonio, por un tío de Liliana y además por el doctor Antonio Careri que la atendió; Rodrigo y Diego Martín.
Liliana entre risas recuerda muchos momentos junto a sus hijos, como por ejemplo cuando ella terminaba los quehaceres a las 12 de la noche y se acostaba, pero 12.30 ya estaban llorando, y se iba con un termo de leche y los biberones a la cama, se sentaba y mientras le daba la teta a uno, no sabe cómo se las ingeniaba y les daba la mamadera como podía.
“Dormía cuatro horas, fue terrible, hasta que un día me sorprendió Rodrigo agarrando la mamadera y fue un alivio”, mencionó.
No fue fácil la adaptación a los trillizos y cuando venía gente a la casa a querer conocerlos, los despertaban, los bebes lloraban y ella también porque no podía calmarlos. “Un día me puse firme y empecé a priorizar a mis hijos y a mi”, dijo.
Con cuatro varones, Liliana vivió entre juegos de bolitas, pelotas, barro, cosiendo pantalones y colocando parches.
En la fecha del cumpleaños, su mamá les hacía una torta para todos ya que aprendió repostería cuando ellos fueron al jardín.
Liliana reflexionó “la vida se pasa volando, yo no llegué a disfrutar de mis hijos como a mi me hubiese gustado. Lo mío era trabajar y trabajar todo el día con ellos también. Todos los días de mi vida agradezco a Dios que fui fuerte y soy fuerte, tengo salud y que ellos fueron sanos”.
El 1º de octubre, los trillizos cumplieron 30 años. Rodrigo trabaja en la cosecha del campo, Diego en una empresa de Durlok y Antonio es policía.
“Siempre les pido que sean unidos, que se quieran, que no se separen, ni peleen nunca”, afirmó.
Con el paso de los años la familia crece y Liliana ya es abuela de seis nietos, a quienes disfruta con todo el corazón.