Un vínculo eterno con la escuela
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Fue docente durante 33 años. Veintitrés de ellos fue directora de la escuela primaria Pío XII. Su mayor satisfacción son los lazos que formó con las familias de sus alumnos

“Desde el Presidente para abajo, todos pasaron por la escuela”, afirma Marta Castro, quien durante 33 años se dedicó a la docencia, 23 de ellos como directora del colegio primario Pío XII.
En realidad ella soñaba con ser médica, pero se casó muy joven, a los 17 años. Luego, estudió magisterio y a mediados de los 70 tuvo su primera experiencia como docente. “Me recibí en el 75 y en el 77 trabajé tres meses en la Escuela Nuestra Señora de la Merced de Quequén”, explicó.
Al año siguiente comenzó en el Pío XII. “Tuve la suerte de trabajar con monseñor De Luis, que fue el iniciador de la escuela. El nos fue contando cómo habían sido los inicios del colegio”, precisó.
Allí Marta desarrolló toda su carrera, a excepción de un breve paso como preceptora por el Polivalente.
Cuando Marta comenzó a trabajar en el colegio, todavía el establecimiento tenía conexión directa con la parroquia. “Había cuatro salones, entonces teníamos a la tarde primero, segundo, tercero y cuarto y a la mañana quinto, sexto y séptimo”, indicó.
“En el 86 estuve un año de preceptora en el Polivalente, con la idea de quedarme pero al año siguiente me nombraron directora en el Pío, así que tuve que dejarlo” explicó.
Fue así que dirigió el colegio primario desde 1987 hasta su jubilación en 2010. Fueron los años en que más creció el establecimiento.
Maestra de alma
Marta Castro tiene doble nacionalidad: argentina y española. Ella nació aquí, pero sus padres son de León, España.
Explicó que ellos llegaron al país por separado, se conocieron en Necochea y se casaron. Vivieron un tiempo en un campo, cerca de la ciudad, hasta que ella tuvo edad para ir a la escuela.
“Comencé en la Escuela Nº 1, pero al año siguiente se creó el Departamento de Aplicación del Colegio Nacional y entonces mi mamá me cambió allí”, precisó. Fue así como hizo la primaria, la secundaria y después, ya casada, el magisterio en el Nacional.
A pesar de que ella quería estudiar medicina, Marta es maestra de alma. “Me encanta trabajar con los chicos”, afirmó.
Hoy, ya retirada, sigue en actividad al frente de un comercio junto a su marido. Dice que se extraña el trato diario con los chicos. “La escuela es un lugar de bullicio, el oído se acostumbra y al principio extrañás el ruido”, precisó.
También se extrañan los compañeros de trabajo. “Trabajamos tantos años juntos, compartimos tantas cosas… Más que compañeros son amigos, con los que mantengo relación, pero igual se extraña”, dijo.
Sin embargo, no extraña las aulas. “No sé si estaría preparada ahora para las situaciones que se están viviendo. Cuando yo era docente en la escuela los papás eran partes de la institución. Era raro que vinieran a hacerme algún cuestionamiento. El docente estaba avalado por los padres”, afirmó.
“Escucho que ahora es como que se han cambiado los roles. Se está desvirtuando la autoridad del docente”, comentó.
“Hay que pensar que gracias a los docentes se forma la sociedad. Todos, desde el presidente para abajo, todos, pasaron por la escuela”, afirmó.
Opinó que somos nosotros quienes debemos definir “qué sociedad queremos tener, qué perfil de ciudadano queremos. Y eso se forma desde la escuela”.
“El rol de la familia es indelegable. La familia no le puede delegar a la escuela toda la educación de los hijos. La escuela tiene otro rol, que es el de ser formadora. Si escuela y familia trabajan juntos, la cosa va mucho mejor”, señaló.
Y en ese sentido indicó que los docentes tienen que “tener un Norte” y no mezclarse en cuestiones pasajeras. “El objetivo tiene que ser enseñar y que el otro aprenda. No queda otra. Hay que ayudarlo a formarse como persona. No es el rol del maestro darle de comer, darle la leche…”, señaló.
Una familia
Por sus vínculos familiares con la “Madre patria”, Marta trabajó muchos años en la Sociedad Española, en el Centro Gallego y fue una de las fundadoras de la Coordinadora de las Colectividades. Al acceder a la nacionalidad española, pudo también darle la nacionalidad a su hijo.
Hoy una de sus más grandes alegrías es reencontrarse con alumnos. “Me encanta. A veces me cuesta reconocerlos, porque los dejé de ver cuando tenían 12 o 13 años y ahora tienen 40, 45, 50… Tienen hijos y hasta nietos”, precisó.
“Es una alegría encontrarlos, que te reconozcan o que vengan al negocio”, afirmó.
“La satisfacción más grande que a mi me dejó la docencia es la relación con las familias. Hoy, a pesar de haber pasado el tiempo, seguimos en contacto”.