Una aventura en bicicleta a los 62 años
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Una aventura a los 62 años. Terminó su recorrido en Necochea
Raúl Videira Márquez está próximo a cumplir sus 63 años y ha hecho a lo largo de su vida caminatas de cinco o seis horas, pero nunca había tenido experiencias de aventura que le llevasen más de una semana de travesía por la arena, con una bicicleta y el equipaje a cuestas.
Desde hacía un tiempo estaba planeando salir de vacaciones y hacer algo distinto, pero deseaba estar, al mismo tiempo, alejado de los grandes tumultos, para no tener que andar con tapabocas y cuidándose con todos los protocolos por el Covid-19.
“Fue una decisión acertada y, como me llevo bien conmigo mismo, no necesito estar rodeado de gente”, dijo el aventurero que decidió unir el río Quequén Salado, en el límite del partido de Tres Arroyos con Coronel Dorrego, con el Quequén Grande, en nuestra ciudad.
La idea no era recorrer las rutas que pueden transitar cualquier turista, sino que quería lograr su objetivo circulando por un camino alternativo y que sea pocas veces hecho. Así fue que decidió hacerlo por la orilla del mar.
El recorrido
Se trasladó desde Tres Arroyos en combi hasta la desembocadura del Quequén Salado, cerca de Reta. Allí comenzarían sus diez días de aventuras, que viviría “sin ningún tipo de competencia” porque “no le estaba corriendo una carrera a nadie”.
“Un día avanzaba diez kilómetros, otro día avanzaba veinte y alcancé a avanzar treinta en un día. Hice mucho caminando, porque fui con una bicicleta playera, sin cambios. Creo que más del 60% lo hice caminando, porque era imposible pasar los caracoleros en bicicleta o la arena muy movida”, contó, pero luego añadió con seguridad que “si hubiese querido hacer algo fácil” se hubiese “tomado un colectivo para llegar a Necochea”.
Como equipaje llevaba una carpa, una frazada, alimentos, un panel solar, ropa, algunos elementos de curación (que no necesitó) y seis litros de agua. Fue tocando todos los balnearios: Reta, Claromecó, Orense, San Cayetano, Los Ángeles, Necochea y paradas intermedias en las que dormía en la playa o en refugios.
Afortunadamente, desde el 6 de enero hasta el 15, le tocaron las jornadas de la ola de calor que superaba los 35º todos los días, por lo que pasaba esas tardes “mejor que los que estaban tierra adentro”.
No obstante, sus metidas al mar eran con el agua a la cintura, porque pasó por lugares totalmente alejados de cualquier pueblo o ciudad y, si le pasaba algo, nadie se enteraría hasta varios días después, por la falta de cobertura telefónica.
“En algunos momentos avanzaba 500 metros y me daba un chapuzón, porque hay que circular con marea baja, pero justo coincidió que las mareas bajas estaban al mediodía o a la madrugada, que era imposible. Así que me tocaba andar en las horas de peor calor”, indicó.
Alivianar equipaje
En Claromecó descartó varias de las cosas con las que había partido y que vio que le estaban costando mucho trabajo llevar, entre ellas la colchoneta, por lo que se quedó solo con el aislante de la carpa y la frazada. “Hubo noches que ni siquiera armé la carpa. En el balneario Los Ángeles me puse al reparo de una piedra y me tapé con el cubretecho de la carpa, ni siquiera la armé. No pasé frío para nada en ningún momento”, contó Videira Márquez.
Al llegar a Necochea pinchó una goma y se le rompió el celular, cosa que no lo complicó demasiado porque la mayor parte del viaje no tenía señal y porque ya era hora de volver, con el objetivo cumplido.
Su hijo, Juan Manuel, fue el encargado de hacer una cuenta de Instagram para reflejar a través de fotos todo el viaje de su padre.
Raúl Videira Márquez ya se encuentra en Tres Arroyos nuevamente, tras volverse en colectivo, junto a su bicicleta desarmada, y listo para contar a sus amigos y familiares la aventura que vivió.