Una dirigencia conservadora
:format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2021/03/no-avanzar-1.jpg)
«No vemos las cosas como son,
las vemos como nosotros somos»
Friedrich Nietzsche.
Asistimos asiduamente al concepto de que somos una sociedad conservadora, algo que solemos repetir en muchos encuentros cotidianos, en declaraciones públicas especialmente en sectores medios y réplica de la clase política, empresarial o sindical cuando se coloca este adjetivo, que no tiene un destino individual sino colectivo.
La palabra conservador es un término que se utiliza para designar a personas o diferentes sectores que tienen como objetivo mantener estructuras o formas tradicionales sin aceptar algún tipo de renovación o modernización que pueda presentar la vida de un distrito, en este caso, muchos se muestran reticentes a encuadrarse como conservador porque parece tener un significado negativo.
No nos referimos expresamente a ideas políticas de la década del 30 pretendemos colocarlo en la imagen del presente en nuestra ciudad, e ir al punto exacto de lo que deberíamos llamar una sociedad conservadora.
Aunque parezca una contradicción y estar en las antípodas de este pensamiento, una cosa es el decir y otra es el hacer, las acciones no se corresponden a lo que uno muestra, es necesario desenmascarar a quienes bajo el disfraz del «progresismo» esconden su verdadera raíz, muchas veces infectando el virus de ideologismo y radicalización de ideas, aparentando ser lo que no se es.
En Necochea el denominado «progresismo» entendido así falsamente, tiene una visión no moderna de desarrollo, vive anclado a las recetas del pasado y muchas veces es el «no» permanente ante propuestas de innovación y futuro.
Es el «progresismo», mal entendido, que sería una especie de «retrasismo». –perdón por neologismo — que ha invadido a un sector social, que suele tener mucha más voz y presencia para imponer sus ideas, ante la pasividad de la mayoría, que comete ese grave error, callar y otorgar, para romper los obstáculos que nos paralizan y frenar los cambios que debemos hacer sin hesitar.
El debate no pasa ya por izquierda o derecha, que si bien no son señales de tránsito, no terminan definiendo nada en la discusión profunda, el debate transcurre por los que quieren cambiar esta ciudad o seguir por el mismo camino que nos llevó a este triste presente. Una sociedad debe estar dispuesta a terminar con lo que fue su mediocridad imperante, con cambios profundos, no aquellos pequeños para que nada cambien, para esto necesitamos unirnos tras los objetivos claros y determinantes, necesitamos un verdadero progresismo, una burguesía activa, esa clase media elevada que debe participar, mucho más dinámica, aportando ideas, apoyando iniciativas , de las que está de acuerdo aunque sin expresarlas, para cerrar un plan en serio, que no ha existido, salvo con cuentagotas en 37 años de democracia, donde la atención de lo inmediato no puede obturar un camino de progreso, apuntalando a la indecisión política que a veces no se atreve si no lo empujan, temerosa de afrontar los cambios que necesitamos, en atención a ese fantasma que pulula por el edificio de la calle 56, llamado “costo político”.
¿Que significa ser progresista en esta realidad necochense?
El progresismo ha estado siempre vinculado a los cambios, al avance, al apoyo a ideas innovadoras, afrontando desafíos del presente sin atarse al pasado como estatura inamovible, en nuestra ciudad ser progresista parece quedar en las antípodas de los que se auto titulan «progres», siendo los auténticos conservadores si reseñamos la historia de las últimas décadas.
El verdadero progresismo es el «si» que necesitamos cuando se requieren cambios y salir de la inoperancia que nos ha gobernado durante años, llenando páginas de frustraciones por no intentar lo distinto a lo que venimos haciendo como tradicional. Responsabilidad de todos, pero fundamentalmente de quienes han gobernado en diferentes períodos que, antes de subir al primer piso coinciden en los avances que nos debemos y una vez en el despacho principal de la Municipalidad aquellos pensamientos caen en abstracto.
Una sociedad progresista no puede permanecer indolente o mirando para otro lado cuando debemos debatir qué hacer con ese tesoro olvidado, como hemos titulado al llamado Jardín de Rocas que espera la apertura a las inversiones, proyectos de desarrollo en el sector desde hace 27 años, cuando todo quedó dispuesto para ejecutar por el gobierno de entonces con el aval del Concejo Deliberante. Ese conservadorismo queda patentado claramente en esa falta de acción en un lugar abandonado con un altísimo valor, lo que parece no interesarle a nadie de los que deben tomar decisiones. Eso es dejadez, es exactamente eso, no importar nada, no prestarle atención y dejar pasar la vida sin pena ni gloria.
El postergado desarrollo del frente costero, naturalmente, hacía el oeste son kilómetros de extenso litoral inutilizado, un paisaje inerte sin activación, único lugar del mundo donde parece no interesar el desarrollo y la prestación de servicios frente al mar. Con apenas unas cuadras en la Villa Díaz Vélez como estático e inamovible frente, conformismo generalizado y escasas ambiciones de crecimiento detenidas en el tiempo, esto es un estigma de ese conservadorismo.
Las 647 hectáreas del parque «Miguel Lillo», más extenso que el Central Park de Nueva York o el mismo 3 de Febrero, Palermo en la Capital Federal, es a pesar de su desmesurada amplitud un páramo de tierras ociosas, donde se han olvidando proyectos ambiciosos de los años 50 y 60 posteriores a la expropiación de las tierras teniendo un manto mortuorio sobre la hora decisiva; aún la zona forestada ha sido dejada al propio albedrío de la fuerza de la naturaleza. Falta de protección seria y utilización de áreas que ya tendrían que ser comercialmente turísticas durante todo el año, con intervenciones planificadas y medidas.
Las comparaciones son odiosas pero necesarias. Somos los mismos que elogiamos a Pinamar, Gesell, Tandil, cuando abren paso al progreso y cuando pisamos nuestro suelo pensamos, hacemos y pregonamos lo contrario, somos un poco inentendibles, a veces es mejor aceptar y avanzar a tratar de entender.
El Concejo Deliberante suele tener definiciones conservadoras
No podemos soslayar la parte que le cabe al legislativo. Algunos de sus miembros, que parecen pero no son, suelen ser retrógrados en muchas de sus decisiones y esto queda expuesto claramente tal vez más diáfano porque se exponen los votos ante la sociedad y lo hemos visto en cada decisión.
Nos remontamos en el último lapso de tiempo donde hay sectores que se han opuesto a algo tan necesario, no sólo por los fines recaudatorios para las arcas municipales sino con el objetivo de reactivar todo el edifico del ex complejo casino, ese verdadero mamarracho que tenemos ante nuestra vista a punto de derrumbarse en cualquier momento y algunos ediles enamorados de la nostalgia de lo que fue, no quieren ver el presente, oponiéndose a la posibilidad de venta de ese lugar, algo que esperemos ocurra, aunque a esta altura invade la duda, en el llamado a una segunda licitación. Eso es conservadorismo, no atreverse a los cambios.
Se sigue debatiendo lo simple de derrumbar un balneario vetusto, para la concepción del turismo actual, como el ex Automóvil Club Argentino como si fuera entregar la herencia o las joyas de la abuela, pasan las temporadas y no se quiere tocar un ladrillo ladeando una rápida solución, se seguí buscando la quinta pata al gato.
En su momento, el 3 de mayo de 2020, titulábamos en esta misma columna ¿Qué excusas hay para no avanzar en la Nueva Necochea? a casi un año de aquello seguimos repitiendo lo mismo y la respuesta es, no puede haber excusas y de haberlas hay que superar esos escollos de la mediocridad y retraso. Se ha dicho que, entre lo imposible a lo posible solo media la voluntad del hombre.