Una fiesta que ya disfrutaron cinco generaciones
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Si hay algo que los necochenses debemos reconocer es que hemos logrado sostener una fiesta dedicada a la infancia que cuando vio la luz seguramente nunca imaginó que se convertiría en lo que hoy es: un Festival infantil, de concurrencia masiva, que varía según las épocas , pero que sobrevivió a avatares de todo tipo y pudo mantener y preservar un espacio de magia, creatividad y juego para los niños y niñas de nuestra ciudad y también turistas.
Mientras se desarrolla la 57° edición es oportuno hacer una reflexión repasando el pasado pero con la vista puesta en el futuro para seguir trabajando a favor de ese universo que es la infancia, tan sensible, tan determinante en el ser humano y tan ávido de experiencias que estimulen la imaginación.
Al cumplir el cincuentenario, desde esta columna decíamos que llegaba un tiempo propicio para dar lugar a la reflexión, la autocrítica, la mirada retrospectiva, para poder asumir el presente y planear el futuro de una política cultural que había sobrevividos a vaivenes de todo tipo y que, además, tenía una impronta local, una identidad que se había ganado a lo largo de su trayectoria.
El objetivo del primer Festival Infantil, según se desprende de las crónicas periodísticas de la fecha, fue “la realización de espectáculos destinados a la niñez con una finalidad de promoción turística”.
Con los años, una acción de promoción turística había quedado instalada como una política cultural, tal vez la única en nuestra ciudad, con una perduración de más de 50 años que lo hacía el Festival más antiguo de su tipo en la Argentina y la fiesta popular más importante del partido de Necochea.
La administración municipal actual supo recuperar esa impronta local que se había perdido con el kirchnerismo cuando nuestra fiesta se organizaba desde la Ciudad Autónoma de Buenos Aires por el canal de TV Paka Paka. El Festival pudo sobrevivir a tan desacertada decisión y, aunque nunca más recuperó el encuentro nacional de teatro, si pudo rescatar la identidad local a partir de la organización por gestores culturales de la ciudad como las escuelas de artes, academias de baile, actores, titiriteros y talleristas que participan de la gran fiesta de la niñez.
La más lamentable de las pérdidas tal vez haya sido el encuentro que convocaba a miles de teatreros de todo el país y constituía un espacio de intercambio de saberes y experiencias para los artistas y una posibilidad de disfrutar propuestas teatrales de variadas y distantes regiones del país.
Así es como cada administración municipal le imprimió un sello propio y fue construyendo una historia, con luces y sombras, que hoy sigue en pie. También perduró el desfile que salvo en una oportunidad, siempre se realizó. Hoy algunos cuestionan su razón de ser, dado el esfuerzo que implica para las entidades participar que, por este motivo, ya no presentan carrozas y comparsas como en otras épocas. En esta oportunidad, al igual que el año anterior se trató de un desfile institucional con un cierre temático realizado por el área de Cultura municipal donde intervinieron todas las disciplinas artísticas en un despliegue de talento y creatividad del que participaron más de 300 personas.
Para no caer en la nostalgia y quedar preso de un pasado que aparece como un fantasma de recuerdos y emociones vale destacar también todo el esfuerzo de gran cantidad de necochenses, empleados municipales, artistas contratados pero también voluntarios que hacen que el festival continúe aunque de manera más acotada en tiempo y propuestas. Un festival austero acorde a los tiempos que corren en las finanzas municipales.
El Festival Infantil nació en la década del 60, junto con el rock nacional, con el apogeo del Instituto Di Tella, en un momento en el que en el país se estaba forjando una clase media urbana rebosante de creatividad, una contracultura que desafiaba a los gobiernos militares que tras sucesivos golpes iban instalándose cada vez con mayor firmeza en el poder.
Cuando finalmente se instaló la dictadura militar en el año 1976, el Estado Municipal alegó que por cuestiones económicas dejaba de organizar el Festival infantil y convocó a una asamblea de vecinos para que ver qué se hacía, El pueblo no quiso perder esa fiesta y la tomó, la hizo propia, fueron los vecinos quienes rescataron, de alguna manera, al Festival Infantil.
Con el retorno de la democracia, el Festival volvió a manos del Estado Municipal, con expectativas los artista populares de la ciudad comenzaron a participar del mismo.
Los años 90 también dieron su marca, con concentración de propuestas en el Parque Miguel Lillo, la realización de mega espectáculos musicales de cierre, a veces más ligados al esparcimiento público que a propuestas lúdicas y artísticas para la infancia. También los puestos de comidas surgieron en esta época.
A partir del 2003, hubo algunas tentativas de recuperar el espíritu popular y democrático de la fiesta con intervenciones, por primera vez, en Quequén y también en algunos barrios, como en el pasado; con la participación de artistas locales en el diseño y en la toma de decisiones, y con el objetivo puesto en la niñez y sus necesidades lúdicas y artística. ¿Se pudo? La sensación es que se quedó en el ensayo, que hubo un principio de acuerdo entre el sector cultural y el político que no prosperó.
Luego, la señal oficial Paka Paka desembarcó en nuestra ciudad y se hizo cargo de la fiesta dándole su propia impronta.
El Festival tal como hoy está concebido responde especialmente a los intereses de los organizadores que deciden su perfil y duración pero sin afectar al objetivo primario que es brindar a la infancia unas jornadas de propuestas artísticas, recreativas e inclusivas. En alguna época éstas duraron una semana, también 15 días y ahora son cuatro.
Nunca es tarde, y bien vale el intento de seguir buscando lo mejor para el Festival Infantil, teniendo en cuenta las diferentes opiniones y experiencias pasadas pero mirando al futuro. Sin soberbia, reconociendo una historia forjada por hombres y mujeres que asumieron el compromiso y se animaron a soñar y con errores y aciertos sostuvieron una fiesta que ya es parte de la vida de cinco generaciones.
Por María D. González
Redacción