Una protesta policial anárquica que quebró la cadena de mandos
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El ministro de Seguridad, el jefe de la Bonaerense y de las Departamentales comprometidas ya deberían haber presentado su renuncia
En la noche del lunes 7 el ulular de móviles policiales en 43 y 58, como remedo de los que ocurría en otras localidades, señalaba el comienzo de tres jornadas que tuvieron en vilo al presidente Fernández y al gobernador Kicillof, como si algo le faltara a este año dramáticamente interminable por la propagación de un virus pandémico con una cuarentena incomprensiblemente larga, afloró a la superficie, en forma desordenada y anárquica, el reclamo salarial de la fuerza policial bonaerense, por la vía más efectiva por lo visto, pero que a su vez mancilla a quienes visten su uniforme.
El lunes anterior una sociedad angustiada y golpeada por los efectos sanitarios-económicos de la cuarentena, se enteró y, en algunos casos respaldó, por un rechazo impulsivo al poder gobernante, las demandas de la Policía provincial, a la que a su vez también cuestiona y repudia.
La protesta se fue envalentonando ante la falta de autoridad manifiesta y se transformó en una anárquica manifestación de varones y mujeres, con marchas y rezongos en las principales ciudades de la Provincia. De allí en más, y en un insurrecto accionar contra la superioridad desbordada, detonó en la desmedida e intolerable acción de rodear con móviles policiales con personal uniformado y armado a la quinta de Olivos, residencia del presidente de la República. Igual hecho inadmisible ocurrió sobre la casa que habita el Gobernador provincial.
Está claro que lo acontecido sobre la avenida Maipú de Olivos, significó una desmesura de los insubordinados en un acto de prepotencia patoteril hacia la figura del Presidente. Y así lo entendió la oposición a las administraciones que encabezan Alberto Fernández en la Nación y Axel Kicillof en la Provincia, respectivamente, que repudió este proceder.
Sin que esto puntualmente rozara de ninguna manera el sustento del sistema democrático, la sociedad presenció estupefacta una nueva muestra del desorden general en el que se ha transformado la Argentina. No faltó en este aquelarre la predisposición de adeptos al kirchnerismo, encabezados entre otros por el díscolo, violento y antidemocrático dirigente Juan Grabois, que querían ir a desactivar la protesta en Olivos y desalojar a los manifestantes, que por su rol estaban armados. La insensatez a la enésima potencia.
¿Y las sanciones?
La presión de la protesta tuvo el efecto esperado para los policías, al obligar al presidente Alberto Fernández a “dar la cara”, como en cierta forma él mismo presumió y “agudizando el ingenio” según sus propias palabras, restando una importante parte de su coparticipación a la Ciudad de Buenos Aires, para asistir así al gobernador mal herido, Axel Kicillof, que en todo este entuerto ha vuelto a mostrar su incapacidad para resolver los problemas.
Por su parte, tras el anuncio que hiciera ayer, con el Boletín Oficial en las manos donde su publicó el decreto 735/2020 que le dio un suspiro para destrabar el conflicto generado por los uniformados, ahora se espera que surjan las sanciones a quienes no han estado atentos a las demandas, necesidades e irregularidades en torno a la fuerza de seguridad bonaerense, o que éstos estén a la altura de la circunstancias reconociendo que han perdido toda autoridad para seguir al frente de sus respectivos cargos jerárquicos en las diferentes departamentales.
Es inevitable adjudicarle su grado de responsabilidad al arrogante ministro de Seguridad, Sergio Berni, quien no puede hacer oídos sordos y que no supo o no quiso advertir al primer mandatario provincial del movimiento que se estaba gestando. Está claro que no dará un paso al costado. Tanto como resulta poco probable que Axel Kikcillof se atreva a pedirle la renuncia ni se descabece la cúpula de mandos.
Desde hace ya largo tiempo la policía bonaerense viene teniendo un deterioro estructural que alarma y se agrava.
Lejos han quedado los tiempos en que ser policía era una orgullosa vocación, que se transmitía por generaciones en más de una familia. Hoy no es más que una salida laboral, que se agudizó con la incorporación de 20.000 agentes, durante el gobierno de Daniel Scioli, entre mujeres y varones formados como policía local, en seis meses de instrucción, que hoy no tienen ni la capacitación ni la vocación suficiente para vestir el uniforme azul. Este invento de los más tarde llamados “pitufos” luego fueron incorporados a la bonaerense por María Eugenia Vidal y miles de aquellos bisoños de la “Policía Local” se aglutinaron en una sola fuerza, donde cientos de madres deben a su vez amamantar y criar a sus hijos con la pistola arriba de la mesa en la cocina. Una estructura viciada en gran parte y carente de profesionalidad, aspecto este último que se manifiesta en el siempre cuestionado combate del delito.
Como primera lectura de lo ocurrido en las últimas horas surge que si no se respetan los poderes de la Nación, donde a veces con sus acciones muchos de sus integrantes hacen lo posible para que se degrade, plasmar una democracia saludable será casi un imposible. Y si esto no ocurre, el destino de nuestro país será cada vez más oscuro.