Una vida dedicada a dar amor
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María Luz Veiga de Gamboa llegó hace 68 años a la Argentina. Primero vivió en Mar del Plata y luego en Necochea, donde se radicó definitivamente. Su fe en Dios la llevó a trabajar en la parroquia Santa María del Carmen y convertirse en una de las catequistas más queridas de la comunidad

Con una de las oleadas de inmigrantes que llegó a la Argentina en 1950, arribó desde España, María Luz Veiga, hace exactamente 68 años y un día. Y si bien, vivió su infancia y adolescencia en Mar del Plata, por decisión de sus padres, a los 17 años, se radicó en Necochea, ciudad en la que se instaló definitivamente, donde se casó, formó su familia y desarrolló su labor durante 53 años como catequista.
Con su inconfundible acento español y la alegría que la caracteriza, María Luz le abrió las puertas de su casa a Ecos Diarios para contar su historia y destacar aquello que la hace feliz: el amor inmenso que recibe día a día no sólo de su familia sino de todas aquellas personas que ha conocido a lo largo de su vida gracias a su trabajo de compromiso y solidaridad en la parroquia Santa María del Carmen.
Su llegada a la Argentina
María Luz nació en 1945 en Carril, una ciudad de España que ya ni figura en el mapa, pero poco tiempo después se radicó en Vigo, en la región de Galicia. La situación en su país a causa de la guerra civil se hizo muy difícil, lo que generó que sus padres comenzarán a pensar en la posibilidad de venirse a vivir a la Argentina. Su padre pertenecía a la Marina de Guerra, pero después que terminó el conflicto se dedicó a la conserva de pescado y, hacia 1949, tomó la decisión de dejar su país. Primero llegó a Buenos Aires para buscar trabajo y al año siguiente arribó su esposa, su suegra y sus seis hijos, entre ellos, María Luz, que era la más pequeña con sólo 5 años.
Sobre el viaje en barco, recuerda sólo algunos momentos que le impactaron. “Yo tenía miedo de subir al barco porque veía el mar y me asustaba, pero mi mamá nos convencía diciendo que íbamos a ver a mi papá que estaba en Buenos Aires, como el nombre del barco”, recordó. Embarcaron el 3 de noviembre de 1950 y llegaron 21 días después. “Estuvimos dos veces por hundirnos por unas tormentas”, contó y se acordó también que en el barco siempre tocaban canciones de Mariano Mores y de Carlos Gardel.
Al llegar a Buenos Aires, su padre los esperaba para viajar a Mar del Plata porque allí era donde había conseguido trabajo en el rubro de la conserva de pescado –como ya lo había hecho antes en España. Llegó a ser gerente de una fábrica procesadora, que con el tiempo abrió una sucursal en Necochea. Así fue como su padre empezó a viajar constantemente a nuestra ciudad, hasta que un día le dijo a la familia que se iban todos a Necochea, a raíz de una propuesta que le hizo la empresa donde trabajaba.
En aquel entonces, María Luz tenía 17 años y cuando se enteró de la decisión de sus padres “estaba con las lágrimas por el piso”, como ella misma recuerda, ya que en Mar del Plata había ido a la escuela y tenía a todos sus amigos. Pero, de todas maneras, siguió a su familia y con el tiempo adoptó a Necochea como su ciudad, aunque los primeros años, asegura que “estuvo muy renegada”.
“La ciudad era muy tranquila y las playas de Necochea eran hermosas, pero a mí me seguían gustando más las de Mar del Plata porque yo no sabía nadar y me acuerdo que en el mar había unos hierros y uno se agarraba de unas sogas para flotar cuando venían las olas”, relató.
Después, de a poco, se fue acostumbrando a su nueva ciudad y descubrió el Parque, uno de los lugares que más le gustaban por aquellos años y que con el tiempo, se convirtió en un lugar de reunión de los domingos, primero con sus padres, después con sus hijos y ahora con sus nietos.
Esas cosas de la vida…
“Mi papá amaba la Argentina y le encantó Necochea”, recordó emocionada María Luz y, al mismo tiempo, contó que su vínculo con este país comenzó antes. Por esas cosas de la vida o por un designio de Dios, su madre nació en 1912, pero no España sino en Buenos Aires, Argentina.
“Mi abuela no podía quedar embarazada y mi abuelo que pertenecía a la Marina Mercante contó que había ido a un lugar en la Argentina, donde la podían operar y así fue. “Mis abuelos vinieron en aquellos años a la Universidad de Buenos Aires, donde se estudia Medicina, y operaron a mi abuela de una obstrucción en las trompas, lo que le permitió quedar embarazada de la que sería después mi mamá”, explicó. Así fue como su madre nació en la Argentina y a los 2 años volvió a España, para regresar varios años después, siguiendo a su marido y con sus seis hijos.
Los padres de María Luz le inculcaron el amor por la Argentina y sus tradiciones y, de muy chica, la llevaron a aprender folclore junto a su hermana Margarita. “Después de grande, me di cuenta que los argentinos no saben bailar folclore, pero yo aprendí”, indicó. De todas maneras, nunca dejó de bailar español porque su papá fue el fundador del Centro Gallego de Mar del Plata, por lo que también siempre mantuvo su vínculo con sus tradiciones españolas. Sin embargo, al mismo tiempo, la hicieron respetar y querer las costumbres argentinas. Una muestra de ello, y que María Luz nunca olvidó, fue algo que le dijo su padre, a ella y a sus hermanos, el primer 25 de Mayo que pasaron en la Argentina, después que llegaron de España. “Ésta a partir de ahora será vuestra Patria”, le dijo su papá y le dio a cada uno, una escarapela celeste y blanca.
Su trabajo parroquial
Su vínculo con la Iglesia empieza de muy chica. Cuando vivían en Mar del Plata, su madre las llevaba a ella y a sus hermanas todos los domingos a misa a la capilla del Hospital Materno Infantil, que con el tiempo se convirtió en la parroquia de la Asunción.
Cuando llegaron a Necochea, con dos de sus hermanas, una de ellas Margarita –también catequista durante muchos años-, se acercaron a la parroquia Santa María del Carmen, donde las recibió monseñor José De Luis, porque querían ingresar al grupo Acción Católica.
A través de ese movimiento católico, María Luz comenzó a colaborar en la parroquia. “Me encantaba cómo íbamos al Hospital con todos los jóvenes, les cantábamos a los enfermos y hasta un día bailé la cueca”, contó, entre risas. También visitaban el hogar de niñas Stella Maris y el asilo de ancianos.
Al poco tiempo, comenzó a ser secretaria de la parroquia Santa María del Carmen. La eligieron por la buena caligrafía, así que hay varios libros de bautismos, casamientos, comuniones, escritos por María Luz, que transcribía todos los datos con sumo cuidado.
En el grupo de Acción Católica, conoció a Lorenzo Gamboa, quien es su marido desde hace 52 años. Cuando se conocieron él estaba de novio con otra chica, pero al tiempo se distanció de ella y un día, como cuenta María Luz, con mucha gracia, “nos miramos y estalló el amor a primera vista”. Se pusieron de novios y Lorenzo tuvo que ir a pedirle la mano a su suegro, que por suerte –según cuenta María Luz- su padre le ahorró el discurso porque tenía cinco hijas mujeres y ya tenía experiencia en esas cosas.
El 10 de septiembre de 1966 se casaron y tuvieron cinco hijos, aunque uno de ellos falleció al poco tiempo de nacer. Crío cuatro hijos –tres mujeres y un varón- que le dieron, a su vez, 12 nietos y dos bisnietos.
Mientras se dedicaba a su familia, al mismo tiempo seguía en forma incansable su tarea en la parroquia, junto a su marido. Había empezado a ser catequista hacía unos años y en un momento llegó a tener hasta tres grupos en forma semanal. Hace un año, se jubiló de esta tarea, después de 53 años. Además dictó cursos pre-matrimoniales para los novios y pre-bautismales para padres y padrinos.
Pero siempre lo que más le gustó fue dar catequesis a los chicos por el amor que recibía y que sigue recibiendo cuando se los encuentra, ya convertidos en adultos. “El día que tuve más chicos que tomaban la comunión, 49 en total, me habían operado y estaba internada llorando porque no podía ir, pero los chicos se me aparecieron después de la misa en la clínica para sacarse fotos conmigo”, recordó.
Anécdotas y afectos
Ahora se dedica a disfrutar de sus hijos y sus nietos. En la Iglesia, solamente es ministro de la comunión, es decir, ayuda al párroco a dar la Eucaristía en la misa de las 11 de los domingos, aunque reconoce que extraña un poco la enseñanza de la catequesis.
“Tengo muchísimas anécdotas de tantos años de trabajo en la Parroquia. Hace poco, alguien paró un auto, se bajó y me dijo: ‘¿María Luz te acordás de mi?’ y como no me voy a acordar… me acuerdo de todos los que fueron mis alumnos de catequesis, aunque a veces se me olvidan los nombres porque fueron muchos”.
“Durante varios años dirigía la misa, que se transmitía por televisión y la gente me lo decía en la calle”, contó, orgullosa de todas las experiencias que ha vivido gracias a su vínculo con la Iglesia. De todas maneras, ella asegura que lo más lindo son las personas que conoció.
Un año estuvo a punto de perder su casa y la Iglesia hizo una colecta para ayudarla a ella y a su familia, contó agradecida por ese gesto solidario. “Yo creo que será porque he dado amor y ellos lo sintieron, y nos quieren realmente….Yo me siento así, querida y me hace bien al alma”.