Uruguay sufre de “candidatitis”
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Los medios están invadidos de especulaciones sobre los candidatos posibles para las elecciones que se realizarán dentro de dos años
Por Julio María Sanguinetti (*)
Es un hecho que en el Frente Amplio no está muy claro si la vieja generación arrancará. El ex presidente José Mujica dice que no, aunque reconoce que «agarraría coraje» si el colega que escribe este artículo cometiera el arrebato de lanzarse a la candidatura, cuando hace 17 años que dijo que no intentaría más. Más osado, el ministro Danilo Astori anuncia que «tiene ganas», aunque aparentemente reclama el apoyo de Mujica, en actitud no muy comprensible en alguien de su trayectoria. Es notorio, por su lado, que el intendente montevideano aspira una vez más y está a la espera, mientras recorre la ciudad anunciando obras maravillosas y proyectos inexplicables.
Gran vacío
En el Partido Colorado, el alejamiento del doctor Pedro Bordaberry, candidato en las dos últimas elecciones, ha dejado un gran vacío, porque su agrupación, mayoritaria hasta entonces, se ha separado en opciones diversas. El ex intendente de Salto, Germán Coutinho, ha hecho un acuerdo con el senador Amorín para apoyarlo en su candidatura. El diputado Tabaré Viera, titular de un sector nacional muy importante, no ha definido aún cuál será su actitud. El diputado por Maldonado, Germán Cardozo, también plantea su aspiración. El diputado Amado se ha proclamado ya formalmente. Mientras tanto, en todos los mentideros se especula con la posibilidad de que el economista Ernesto Talvi, durante años estudioso de la realidad nacional, que recorre el país con una propuesta centrada en la educación, pudiera postularse adentro del Partido Colorado. Ha descartado una opción independiente por considerarse «profundamente institucionalista» y, en consecuencia, en apoyo de las instituciones existentes, donde obviamente queda situado muy cerca del Partido Colorado, al que —se sabe aunque no lo publicite por su actividad académica— votó siempre.
Lo curioso —y poco entendible— es que en el Partido Nacional, donde se supone que ya estarían definidas las candidaturas, detrás de los liderazgos de los doctores Luis Lacalle Pou y Jorge Larrañaga, también haya especulaciones de todo tipo.
Este apresuramiento político acentúa la peligrosa tendencia de las elecciones contemporáneas: a pensar más en el candidato que en el partido que representa, como si lo personal fuera lo único a tomar en cuenta. Ese es uno de los graves retrocesos de la política en nuestro mundo occidental, porque los partidos representan ideas, modos de actuar, tradiciones y experiencia; y mirar sólo hacia la personalidad seductora puede terminar como pasó con Alberto Fujimori, Fernando Collor de Mello o el propio Hugo Chávez, que llegó luego de que el doctor Caldera ganara las elecciones sin partido, alejado incluso de la Democracia Cristiana que él mismo había fundado.
Más ejemplos
En Europa, los ejemplos abundan. En los Estados Unidos, si bien el señor Donald Trump tuvo la astucia de introducirse en el Partido Republicano, lo hizo tomando por asalto sus estructuras a base de dinero y propaganda. Felizmente, el propio partido es ya un freno que está sintiendo y su populismo no transformará el régimen jeffersoniano, que se asienta en una Justicia fuerte y un Poder Legislativo más independiente de lo que es habitual entre nosotros.
Sin ir más lejos, en nuestro país, hay gente que votó al doctor Tabaré Vázquez pensando simplemente en su personalidad moderada. No pensó que iba a quedar prisionero del PIT-CNT y de opciones radicales que le impiden reformar la educación, empujar los tratados de libre comercio o cuestionar como se debe la tiranía venezolana.
El largo proceso que llevó al presidente Mauricio Macri a la presidencia es un cumplido ejemplo de cómo alguien, que había construido su popularidad como presidente de Boca Juniors, avanzó en la construcción política con paciencia y tiempo. Primero, perdió una elección de gobernador, luego, ganó una banca de diputado, más tarde llegó al gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, fue reelecto, y para llegar a la candidatura presidencial hizo un acuerdo con el más tradicional partido político, que de Hipólito Irigoyen a Raúl Alfonsín significa una garantía absoluta de honradez y espíritu democrático.
La comedia del poder o la civilización del espectáculo, como le han llamado a la política prestigiosos autores, banaliza los debates de ideas, desprecia las estructuras partidarias, premia la simple novedad y asume que no hay nada mejor que alguien que nada tenga que ver con los asuntos públicos, montado en una atractiva campaña publicitaria. O sea que, así como queremos al mejor cirujano si se trata de operarnos de algo delicado, o al mejor escribano si es cuestión de comprar nuestra casa y pactar una hipoteca, en administrar la compleja vida de un Estado aspiramos a lo contrario: cuanto menos sepa, mejor, porque lo que importa es cómo sonríe o si llora ante las cámaras por ajenas desgracias.///
(*) Abogado, Historiador y Escritor. Fue dos veces presidente de Uruguay