Vandalismo sin límites
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El tema ha sido tratado en numerosas oportunidades en esta columna. Sin embargo es una conducta que desde el Estado municipal no se logra controlar, o tal vez no exista una férrea voluntad para hacerlo: los actos vandálicos contra la propiedad pública siguen vigentes y nadie les pone coto.
Sorpresivamente en las últimas horas se produjo el robo de cables, que incluyó algunas roturas, en la obra lumínica del tramo de la avenida 554 de Quequén que fuera pavimentado y en el que se ha hecho una inversión conjunta entre la Provincia y el municipio.
El ataque ha determinado la postergación de la inauguración, que en principio estaba prevista para el venidero 12 de julio, ya que habrá que hacer las reparaciones del caso, y a su vez se originó un gasto extra que no estaba en los cálculos.
Molesto por la cuestión, el secretario de Obras y Servicios Públicos de la comuna, Ricardo Asiaín, condenó el hecho y reflexionó: «Hay poco cariño por lo público, se piensa que es de la Municipalidad cuando es de todos los ciudadanos”.
Descriptiva de las actitudes que producen a la sociedad quienes actúan con total desapego al destruir objetos en la vía pública, la frase del funcionario también engloba cierta resignación.
Aunque las comparaciones resulten odiosas, al recorrer otras ciudades, incluso las cercanas a Necochea, no resulta fácil ver monumentos dañados o llenos de grafitis como ocurre en nuestro medio.
Hay, desde hace años, una inentendible conducta de un sector de nuestra comunidad de romper elementos en la vía pública. Los monumentos, en especial de la Plaza Dardo Rocha han sido los blancos predilectos, pero los ataques también comprenden a paredones, viviendas privadas, vidrieras de comercios, basurines y todo objeto que esté al paso de individuos que en sus actitudes encierran un marcado odio al lugar en el que viven.
Sea por lo que sea, estas conductas no hacen otra cosa que afear a la ciudad y demandar gastos para las reparaciones, mientras que no se sabe de agresores que hayan recibido algún tipo de reprimenda o castigo, como lo contempla la ley. En este aspecto las fuerzas de seguridad tampoco cumplen su rol, aunque hoy es mucho pedir si ni siquiera logran contrarrestar la cadena de delitos que vienen azotando a la comunidad.
Da bronca ver cómo tras el pintado de un monumento o escuela, a las pocas horas aparecen dañados o pintados con frases estúpidas o agresivas. Qué positivo resultaría que todas esas energías se pusieran en construir y no romper. Cuán distinto luciría el lugar en el que vivimos.
La conducta de quienes disfrutan de romper lo que es de todos seguramente pueda explicarse a través de un especialista de la psicología o sociología, pero como principal telón de fondo aparece una marcada carencia: la falta de educación. Esa que permite al individuo crecer con valores, respetar y tener conciencia de que cada uno tiene su rol en un grupo social que integra y que de su accionar depende vivir mejor y que el lugar en el que se reside sea agradable y disfrutable.