Veintisiete años después, el mismo dilema
Han pasado 27 años desde que Ecos Diarios se preguntaba, con crudeza y lucidez, “¿Qué hacer, ahora?” frente al futuro del Casino de Necochea.
:format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2025/12/casino.jpg)
Por Sebastián Ignacio - Redacción
Veintisiete años. Casi una generación completa. Y, sin embargo, la pregunta sigue intacta, como si el tiempo no hubiera corrido, como si la ciudad hubiera quedado atrapada en una discusión circular que se repite sin resolverse.
En 1998 el diagnóstico ya era severo. El Casino era definido como un “salvavidas de plomo”: un edificio que nadie quería, que la Provincia abandonaba, que la Nación ignoraba y que el municipio recibía sin costo, pero también sin un plan claro ni recursos para sostenerlo. Ya entonces se hablaba de concesión, de venta, de atraer inversores privados, de integrarlo con el Jardín de Rocas, de ofrecerlo todo junto a un solo grupo empresario o, alternativamente, de subdividirlo y explotarlo por partes. Nada de eso es nuevo. Todo estaba sobre la mesa hace casi tres décadas.
Lo más revelador es que ya en 1998 nadie mostraba interés real en mantenerlo. No por falta de identidad o apego simbólico, sino por una razón mucho más concreta: el edificio era costoso, complejo, deteriorado y económicamente inviable sin una inversión profunda. Esa realidad no solo no cambió, sino que se agravó.
Hoy el Casino no está deteriorado: está devastado. Sufrió dos incendios, fue saqueado, vandalizado y abandonado a su suerte. Lo que alguna vez fue un ícono del turismo hoy es una ruina expuesta, peligrosa y triste, una postal del abandono que no admite más eufemismos. Discutir hoy como si estuviéramos en 1998 no es prudencia: es negación.
:format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2025/12/comentario_casino.jpg)
Y, sin embargo, parte de la dirigencia política, en especial algunos concejales, parece vivir anclada en el pasado, debatiendo como si el edificio aún pudiera “salvarse” con declaraciones, condiciones ideales o proyectos que nunca terminan de arrancar. El problema es que el tiempo no espera. Cada año que pasa sin decisión es un año más de deterioro, de pérdida de valor, de riesgo urbano y de frustración colectiva.
La paradoja es evidente: cuando el edificio estaba en pie, no hubo decisión; ahora que está en ruinas, se discute como si aún existiera el mismo margen de maniobra. No lo hay. El Casino ya no admite soluciones tibias ni debates eternos. Exige definiciones.
En 1998 se hablaba sin rodeos de vender, concesionar, integrar el Jardín de Rocas, atraer capitales privados, incluso aceptar que el juego pasara a un segundo plano. Hoy, con un edificio quemado y colapsado, esas alternativas no solo siguen vigentes: son prácticamente las únicas posibles. Aferrarse a una visión romántica o patrimonialista, sin respaldo económico ni técnico, no es defender la historia; es condenar el futuro.
Necochea necesita dar un paso hacia adelante. Soltar el pasado no implica olvidarlo, sino entender que las ciudades que progresan son las que toman decisiones difíciles cuando corresponde. El Casino fue símbolo, fue postal y fue orgullo. Hoy es un problema estructural que requiere coraje político, reglas claras y una mirada moderna.
Veintisiete años después, la pregunta sigue siendo la misma. Lo que ya no puede ser el mismo es la respuesta. Porque el tiempo pasó, el edificio cayó y la ciudad no puede seguir esperando.
Para comentar, debés estar registradoPor favor, iniciá sesión