:format(webp):quality(75)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/09/relato_1.webp)
Querida, la costa, a pesar de ser turística, puede ser hostil. Desde mi ventana lo veo todo. Por las noches se transforma en un dédalo de siluetas difusas que se alargan en la penumbra.
El viento yodado se infiltra gélido por cada rendija, se pega a la piel con una humedad tan tenaz que no se desase. El olor a salitre, a la podredumbre de las algas y a lobos marinos parece no tener descanso en esta casa -al igual que yo. Las olas rompen en quejidos lejanos, un pulso sordo y constante que inquieta el sueño y provoca escalofríos.
Los fragmentos me llegaban en retazos dispersos: susurros entrecortados de vecinas, ecos traídos por el viento, recuerdos que se enredan con olores persistentes y temblores que recorren la espina dorsal.
Elías, el pescador de Quequén, tenía manos callosas y ásperas por el salitre endurecido, y unos ojos que destellaban febriles bajo la luz de la luna llena, filtrada por un par de nubes. Su historia era de dominio público en los barrios: una crecida brutal que engulló a su hermano en las cascadas.
Un torbellino de agua furiosa que lo condenó a noches eternas de vodka barato. Su aliento acre impregnaba el aire, un tufo que se pegaba a la ropa de quienes se acercaban a darle sus condolencias. Fue aquella noche que me acerqué a la ventana cuando lo vi tambalear por la escollera, como siempre, con pasos erráticos mientras gritaba al vacío que lo rodeaba.
Su voz ronca desgarraba la brisa. Pero aquella madrugada, como te contaba, la brisa marina rugía con una violencia incesante. Los vidrios de esta misma ventana vibraban con tal fuerza que parecía que las gotas residuales del estallido de las olas llegaban hasta acá. Pero yo me quedé pensando en que el olor a salitre que llegaba en ráfagas me iba a ensuciar todas las cortinas.
Su voz quebradiza apenas se escuchaba mientras rasgaba los embates negros de la marea: «¡Vení, hermano! ¡No te vayas!». No invocaba al mar. Llamaba al hueco que lo devoraba por dentro, noche tras noche. Su grito se diluía en la húmeda vastedad. Dejaba un regusto ferroso, casi metálico en la garganta el verlo tomar tanto, y se resecaban los labios de escuchar sus lamentos sin pausa. Y resbaló así, sin más, en los bloques ásperos de la escollera.
Ese verdín resbaladizo es traicionero, ya te digo, tené cuidado cuando vayas. Su figura se perfiló un instante contra la blancura burbujeante. Luego sonó el impacto sordo contra el agua. El borboteo mientras era tragado por el oleaje fue tremendo. Al despuntar el día gris, yacía en donde era la frontera, ¿te acordás?, el cuello ladeado en ángulo antinatural, los dedos rígidos aun aferrados a esa maldita botella de NewStyle ahora empañada.
—Otro que la ciudad se tragó —comentaban los vecinos.
Otra vuelta, me acuerdo, fue cuando se filtraba la noche en el parque Miguel Lillo. Ese lugar que es el refugio de las familias por las tardes exhala un mutismo denso al ocaso, ya te lo digo yo. Las hojas secas susurran, crujen bajo los pasos de uno. El museo en ruinas guarda polvaredas danzantes en remolinos y un aroma persistente a madera húmeda, empapada por las lluvias.
Pero como te contaba, Doña Julia merodeaba por ahí con sus caniches ladradores, escapando de su casa que apesta a vacío absoluto y a recuerdos mustios acumulados en rincones desde que falleció el marido.
La descubrieron en el sendero de eucaliptos, el cuerpo magullado en el suelo, la bolsa derecha con todas las compras esparcidas y la mirada petrificada por un pavor indecible que le endurecía el rostro. Su nuera me lo narró entre sollozos contenidos, una vez que vino a tomar mates, con las manos temblorosas mientras acomodaba la bombilla -no sé qué hace, ni que fuera palanca de cambio... pero bueno.
El verdadero terror venía del Jardín Japonés cercano, donde las sombras asoman tras Torii a medio desarmar que huelen a herrumbre y coníferas secas. Desde ahí salían jadeos entrecortados en la penumbra, figuras que rondan el parque entero. «La pobreza los arrastró», susurran las lenguas del barrio. Doña Julia se hundió en silencio total después de aquello, la razón astillada por visiones que no podía -o no quería- articular.
Después vinieron los cumpleaños de la ciudad, que avivaron la gangrena de la plaza Dardo Rocha. El siseo de choripanes chamuscados en las planchetas calientes se mezclaba con el sudor rancio de masas fermentadas mientras la cumbia te martillaba el torso con el ruido de los bajos. Luces intermitentes parpadeaban mientras la juerga enmascaraba su faz sombría, envuelta en un vaho enceguecedor. El Tano, sereno del Caño, se enredó en una pelea por dinero tras un puesto abarrotado. Un navajazo terminó por derribarlo detrás del escenario, cerca de los fétidos baños químicos que -con suerte- se limpiaban una vez al día. Él, pobre, contorsionaba en el pasto empapado en transpiración y sangre. El hedor cobrizo se entretejía al tufo festivo, inadvertido entre el bailongo sudoroso. De esa me enteré por el diario, me parece. Fue hace tanto...
Todos estos retazos se armaban en mi mente. Las cascadas de Quequén balbuceaban nombres perdidos en su fragor acuoso y salpicaban escozor perenne en la piel. El parque cobijaba espectros en restos derruidos con hojarasca pegada a ropas húmedas y respiraciones agitadas por la inseguridad. El Caño escupe despojos humanos... Pero bueno, viste cómo es, querida. La urbe devora a sus hijos con parsimonia cruel, como un yugo invisible que oprime el pecho hasta el asfixio lento. Intenté gritarlo en algún momento, en visitas, en confidencias susurradas al oído de quien quisiera escuchar; pero las ráfagas del mar dispersaban mis palabras y el zumbido constante de aparatos cercanos las ahogaba.
Fue cuando dejé de intentar contar mi historia que los presagios se volvieron personales. Pisadas arrastradas resonaban en el comedor, roces que hacían temblar hasta al mismo frío. Siluetas gibosas exhalaban un sudor rancio, denso, como a ginebra fuerte mezclado con lo salado del agua. Los vi avanzar con soplidos agitados.
Corrí hacia la calle, pero Necochea siempre fue un ovillo de neblina salada y recelo palpable en cada esquina. Los adoquines de ese momento se sentían gélidos contra mis pies descalzos, como si me cortaran lentamente la planta.
En la playa me acorralaron sin misericordia. Los granos de arena me laceraban la piel, palmas callosas ceñían mi cuello con una fuerza brutal mientras me estrujaban la tráquea. Hasta que un zumbido agudo y ensordecedor ahogó mi mundo.
Un chillido estridente me arrancó del vacío. Fluorescentes titilantes parpadeaban sobre mi cabeza. Antiséptico abrazaba mis fosas nasales.
—¿Otra pesadilla, abuela? —preguntó la enfermera con voz cansada mientras ajustaba el manguito para tomarme la presión. Cuidaba mi sueño en la habitación del Raimondi. Afuera, detrás del vidrio empañado por la humedad, la ciudad yacía serena bajo una hermosa noche estrellada. Elías era mi compañero de cuarto, se había caído de la cama en un ataque de temblores por abstinencia etílica. Doña Rosa, la voluntaria que leía el domingo, fue golpeada por un auto al cruzar la Avenida. Este domingo no había venido, y quizá no venga por unos cuantos más.
El Tano, un delirio de noticias del Caño: un accidente laboral, ninguna puñalada. Las sombras eran las cortinas agitadas por la brisa, y los gritos murmullos de vecinos lejanos disfrutando de la noche veraniega sobre la arena... Pero los vestigios perduran. Ese hormigueo cutáneo que sube por los brazos como un presentimiento jamás desaparece. La opresión gástrica aprieta el estómago sin tregua.
Necochea guarda sus enigmas en remembranzas tenues que mutan con el tiempo inexorable, filtrándose como bruma costera, densa y pegajosa. Acá las confusiones no cesan, se entretejen en el vaivén incesante de las mareas.
Sobre la autora:
:format(webp):quality(60)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/09/bianca_bernardez_arregui.webp)
Bianca Bernárdez Arregui es una estudiante avanzada del Profesorado en Letras, de la Facultad de Humanidades perteneciente a la Universidad Nacional de Mar del Plata (UNMDP). A pesar de escribir desde pequeña, la primera vez que se presentó a un concurso literario fue “Palabras que Narran”, organizado por la S.E.P (Sociedad de Escritores de la Provincia de Buenos Aires) de la Filial de Necochea; dando como resultado el primer premio con su cuento “Vestigios salinos”. A partir de ese entonces, se volvió escritora y generó su propia editorial digital “Anidario”, en la cual se realizan corrección de estilo y ortotipográfica, tanto académica como literaria, ilustraciones y trabajos artesanales (tales como fanzines o señaladores). Es entre el premio y la Universidad donde desarrolló un interés profundo por la narrativa, la poesía y el estudio de la teoría literaria. Su escritura se caracteriza por un tono gótico y sensorial, con influencias de la poesía romántica, así como por una atención constante a la voz narrativa, la estructura y el trabajo de revisión.
Para comentar, debés estar registradoPor favor, iniciá sesión