Vistas increíbles bajo el cielo mendocino
:format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2018/11/18-turismo-e1542562658147.jpg)
Malargüe seduce a los turistas con un increíble paisaje de cuevas, volcanes y cascadas
A 350 kilómetros al sur de Mendoza capital y a 190 kilómetros del aeropuerto de San Rafael -el lugar más cercano para despegar y aterrizar-, Malargüe seduce con una larga cadena de atractivos turísticos poco habituales, como la visita al interior de un volcán, una caverna con oscuridad absoluta recubierta de estalactitas y estalagmitas, bardas repletas de restos fósiles y lagunas encantadas.
La “Capital del turismo aventura”, como también es conocida esta localidad, es ideal para recorrer tanto en familia como con amigos durante al menos tres días completos, aunque es recomendable extender la estadía a cinco o seis jornadas para disfrutarlo en calma y conocerlo al detalle. En Malargüe, el turista suele recibir un trato ejemplar.
Caverna misteriosa
El primer día comienza con un recorrido por la Caverna de las Brujas, el paseo más conocido de Malargüe. Luego de subir unos 200 metros y atravesar la puerta de ingreso se llega a la Galería de la Virgen, donde se abre una realidad nueva y desconocida: las entrañas de la montaña.
Los ojos intentan habituarse al único y pequeño rayo de luz que ingresa a través de una angosta grieta, mientras Estela Chilaca, una guía muy reconocida de esta zona, relata mitos e historias que sucedieron en el interior de esta extraña formación natural.
Lentamente se empieza a distinguir parte de su campera y el pantalón. Unos minutos más tarde se ve el interior de la caverna. Entonces se encienden las linternas de los cascos y continúa el recorrido por las siguientes cámaras, donde, si no fuera por la tenue iluminación irradiada desde la cabeza, la oscuridad sería absoluta.
Una vez que se logra atravesar la estrecha gatera –donde, efectivamente, es necesario gatear- se accede a otra galería y el entorno resulta mágico: estalactitas y estalagmitas formadas por la filtración del agua durante millones de años se intercalan con cortinas de roca y piedras traslúcidas, blanquecinas y amarillentas.
Cada una de las cuatro salas que se visitan es diferente, algunas más amplias, otras estrechas, con caminos zigzagueantes, ascendentes o descendentes, y tramos donde es fundamental aferrarse a sogas para no resbalarse. Cada paso permite observar las maravillas de estas paredes del centro de la tierra, formadas por piedra caliza durante el período Jurásico.
“Vamos a apagar las luces y hacer silencio unos minutos”, pide Chilaca con voz apenas audible. Entonces, todo se vuelve negro y sólo se escucha el lejano eco de alguna gota que no deja de golpear contra el piso.
Por la tarde, el paseo sigue por la cascada Manqui Malal. “Las grandes bardas –paredes- de origen marino que enmarcan la vertiente de agua se elevaron por la orogenia andina. A medida que avancemos sobre las inmensas piedras van a descubrir muchísimos restos fósiles, amonites y bivalvos”, adelanta Matías Liébana, uno de los guías que comparte los secretos del que considera su hogar.
Aquí pueden hacerse dos caminatas: una más larga para ver dos cascadas, que dura una hora y media, o la que permite apreciar una sola caída de agua, que se recorre en 40 minutos. Las bardas de 40 metros de altura convierten Manqui Malal en uno de los sitios más buscados por fanáticos de las escaladas y el rappel.
En invierno, cuando las intensas nevadas tiñen de blanco el paisaje, surge la imperdible posibilidad de hacer trekking sobre la nieve. Hay un restaurante de comida casera y un amplio camping arbolado con instalaciones.
Oscurece al regresar a la ciudad, cuando llega el momento de cenar. En Malargüe es recomendable dedicarle tiempo a la comida, ya que su gastronomía es de calidad y cuenta con diversos productos típicos que hay que asegurarse de probar, como el chivito, la insoslayable insignia malargüina. La trucha, los frutos rojos, el ajo -Mendoza es el segundo productor mundial de esta planta-, la miel y la papa semilla se destacan también en su variada cultura gastronómica.
Malacara
Amanece y luego de un buen desayuno parte la excursión hacia el volcán Malacara, a 42 kilómetros hacia el sudeste de Malargüe, camino a la Reserva Laguna Llancanelo. Al pie del volcán, en el paraje La Batra –donde se inician las cabalgatas, las salidas en 4×4 y los circuitos de trekking-, espera Alberto Quesada, uno de los dueños del lugar.
Luego de haber estado cerrado por varios años, Quesada acordó con sus hermanos herederos reabrir el acceso al volcán y explotarlo turísticamente, a pesar de que su padre prefería algo distinto. “Al trazar la división de las parcelas con los vecinos lindantes, mi papá quería dejar afuera el volcán: sinceramente molestaba y no servía para criar chivos; las cabras se metían ahí y eran difíciles de sacar”, explica Alberto, quien reconoce que fue “una suerte haberlo mantenido en la familia”.
Mientras se recorre el camino para ingresar sorprenden las formas curvas que adoptan las inmensas rocas porosas, teñidas de tonalidades amarillentos, negros, rojizos y verdes, generadas cuando las erupciones entraron en contacto con el agua.
La erosión causada por la lluvia y el viento creó grandes pasadizos, cárcavas y chimeneas de 30 metros de altura, que permiten adentrarse en el volcán y explorar su interior durante las dos horas que insume la caminata. Buena parte del recorrido transcurre dentro de sus grandes paredes de piedra.
Observador atento
Uno de los visitantes más atentos del grupo detecta pequeñas manchas sobre la piedra y consulta a Marisa Berdú sobre su origen. “Son líquenes, que crecen sólo cuando hay aire puro y en la cara sur de las rocas. Son un buen indicador para orientarse si uno se pierde”, instruye la guía. Durante el invierno, el recorrido se mantiene abierto y la nieve hace que los colores del volcán sean más intensos.
Al volver, camino a Malargüe, hay una parada ineludible: el criadero de truchas Cuyán-Có, que abastece a todo el sur de Mendoza, incluido Las Leñas. Cuenta con un restaurante, que permanece abierto todo el año y ofrece platos con la trucha malargüina como protagonista. Incluso se puede elegir la pieza en los grandes piletones donde los peces nadan y son pescados para los clientes de la casa. El predio tiene un camping con todos los servicios.
Después del almuerzo llega el momento de recorrer el casco urbano de Malargüe, de casas bajas y ritmo muy tranquilo. El ícono de la localidad es el Reloj Cincuentenario, inaugurado en 2000, en conmemoración del quincuagésimo aniversario del departamento Malargüe.
Con sus 15 metros de altura, se levanta en el corazón de la ciudad, en el cruce de las avenidas Roca y San Martín, para marcar la hora y ofrecer a los vecinos y turistas una melodía que suena cada 15 minutos. En la zona norte, el Reloj Calendario calibra la hora cada veinte minutos, lo que lo convierte en uno de los relojes más exactos del planeta.
El cielo que recubre Malargüe es considerado uno de los más limpios del mundo, una razón que impulsó la colocación de 1.600 tanques con paneles solares –o detectores de superficie–, que reciben las partículas que caen desde el cielo. Esa información es luego analizada por los científicos de 16 nacionalidades que trabajan en el Observatorio Pierre Auger, en Malargüe, que presenta al público de forma didáctica el estudio de los rayos cósmicos ultra energéticos. Otra visita muy didáctica en el centro es sugerida por el Planetario, el más importante del país y uno de los pocos equipados con piezas digitales en el continente.
Los orígenes de Malargüe se pueden rastrear en el Museo Regional, que funciona en la antigua vivienda del fundador de la localidad, el militar Rufino Ortega. El museo exhibe piezas fósiles que pertenecieron a pobladores originarios, minerales, restos paleontológicos y la historia del desarrollo económico de la región.///