Viveza criolla
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Por diversas cuestiones, entre las cuales sobresalen la decadencia en cuanto a educación y la pérdida de valores, cada vez se potencian más comportamientos no adecuados y en detrimento de otros. La llamada viveza criolla, que parece ser un sello de identidad para muchos integrantes de nuestra sociedad.
La introducción viene a cuento de lo ocurrido días atrás con la vacunación contra el Covid para la franja etaria de 13 a 17 años, donde un gran porcentaje de adolescentes se presentaron sin el correspondiente certificado atestiguando la patología que habían acusado al momento de anotarse, para aprovechar a ser inoculados antes que el resto.
Más allá de algunos olvidos en torno a esa exigencia, los vacunadores detectaron que en un gran porcentaje de los asistentes habían mentido al inscribirse, alegando una enfermedad que no tenían, o argumentando la necesidad de vacunarse en forma prioritaria por estar conviviendo con un mayor inmunodeprimido, o enfermo oncológico.
Dentro de estas escenas llamativas, por calificarlas de alguna manera, hubo discusiones ante el rechazo de quienes debían aplicarle la vacuna y que siguen pautas del Ministerio de Salud provincial, con los propios jóvenes y padres que los acompañaban.
Lejos de darles vergüenza o arrepentimiento por tomar un atajo y no posibilitar que la vacuna le fuera aplicada a alguien que si la necesita con urgencia, muchos padres se mostraron sumamente ofuscados y amenazantes. Y como salida no trepidaron en firmar declaraciones juradas justificando la razón por la cual su hijo debía ser vacunado.
El episodio dejó atónitos a los profesionales que llevan adelante la campaña de vacunación, que cuestionaron la actitud de sacar ventaja aún en un contexto tan duro como el que significa una pandemia y la aplicación del único antídoto que puede darle batalla.
Desde los centros de vacunación se recordó que esta actitud mentirosa ya se produjo anteriormente con adultos, muchos de los cuales se anotaron para ser vacunados cuanto antes, acusando patologías incomprobables y primordialmente obesidad. Lo llamativo es que al momento de asistir a aplicarse la dosis se trataba de personas muy lejos de ser obesas. ¿Habían adelgazado en pocos días tantos kilos?
Obviamente que los buenos ejemplos generalmente se transmiten de una generación más grande hacia quienes la suceden. Y en este caso lastimosamente nos damos cuenta que los padres enseñan a sus hijos a sacar ventaja como sea, aun mintiendo.
Lamentablemente, y mal que nos pese, las costumbres indebidas vienen carcomiendo la moral que supo tener la mayor parte de la sociedad argentina. De repente nos damos cuenta que avanza más el que transgrede, estafa o corrompe que el que intenta marchar por derecha y hacer las cosas correctamente.
¿En qué grado puede castigarse la mentira de alguien para ganar terreno y vacunarse con solo recordar al vacunatorio Vip o cuando el propio presidente de la Nación hace reuniones mientras él mismo les prohíbe a los ciudadanos que las realicen?
Lejos de justificar cualquier acción de este tipo, el germen de estas vivezas y la falta de remordimientos, mucho tiene que ver con la educación. Tanto la que surge desde el hogar como la que se brinda en la escuela; en este último caso en una triste decadencia desde hace varios años.