“Ya lo escrito nos demuestra que los futuros son impredecibles”
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Desde su casa en La Habana, el autor de “El hombre que amaba a los perros” habla de sus lecturas , de sus certezas literarias y de su profunda incertidumbre social
Por Sergio Marelli
“El hombre que amaba a los perros” fue el libro que a muchos disparó la curiosidad de conocer más sobre la obra de Leonardo Padura y de seguir con atención cada uno de sus nuevos libros. Este escritor cubano, a diferencia de algunos compatriotas suyos, como Guillermo Cabrera Infante para quién Cuba -desde que decidió irse del país-, pasó a ser sólo recuerdo o pesadilla, vive parte del año en La Habana -en La Mantilla, un barrio cariado por los años, pero que aún conserva destellos de antiguas grandezas-, y allí conversamos largamente con él sobre su pasión por los libros y su mirada sobre la revolución cubana.
-Hay un capítulo del Quijote en el que el bachiller y el cura revuelven la biblioteca de Alonso Quijano procurando encontrar los libros que lo trastornaron, al punto de volver a ese buen hombre en caballero andante. Si uno revolviera la biblioteca de Leonardo Padura, ¿qué libros encontraría que lo convirtieron en el Leonardo Padura que hoy es?
El escritor cubano vive desde hace años en un descascarado barrio de la Habana, su lugar en el mundo /web
-Mira, si revuelves la biblioteca física te vuelves loco porque tendrías que ir a casa de mi suegra, que está a siete cuadras de aquí donde hay un librero del piso al techo; tendrías que ir a la casa de mi madre, donde en el garaje tengo en las dos paredes libreros; aquí también, en mi garaje, donde también tengo un librero del piso al techo; a nuestra habitación y al vestidor donde también hay más libros, y al estudio donde están los libros con los que más trabajo – que no son precisamente los libros que más me han influido-, son libros que por lo general consulto por temas de información y cosas así. Si vas a la biblioteca que está dentro de mí, pues encontrarías tres estantes fundamentales: en un estante, novelas norteamericanas del siglo XX- Hemingway, Faulkner, Dos Passos, Fitzgerald, si seguimos avanzando en el tiempo: Carson McCullers, J.D. Salinger, Paul Auster, Philip Roth. Novelistas con los que aprendí y disfruto mucho su capacidad para contar historias. Creo que son los mejores contadores de historias de la novela contemporánea. Habría otro estante donde encontrarías escritores fundamentalmente latinoamericanos con los que he aprendido sobre todo el uso del idioma, la lengua española, que es mi instrumento de trabajo y una visión de lo americano. Allí hay autores cubanos como Alejo Carpentier- muy importante para mí la concepción suya de la historia-, Guillermo Cabrera Infante- muy importante a la hora de la construcción de la imagen de La Habana y la utilización de un lenguaje literario extraordinario-, pero también autores como Juan Rulfo, Mario Vargas Llosa -al que leo y releo sobre todo Conversación en la catedral-, Gabriel García Marquez, algunos autores argentinos, por ejemplo, acabo de releerme El túnel de Sábato en una reedición que se acaba de hacer y me sorprendió que todavía tuviera que leer la novela casi corriendo aun sabiendo desde el principio lo que pasa y habiéndola leído ya hace muchos años. También estarían Borges, Piglia, Soriano. Y hay un tercer estante donde están los escritores de novelas policiales, por supuesto los norteamericanos: muy importantes para mí Hammet y Chandler; muchos otros tal como Kent, Ross Macdonald; autores más contemporáneos como Henning Mankell, y los autores de otras lenguas, incluida la lengua española, como Manuel Vázquez Montalván, Robert Fonseca.
-Hablaste de estantes principales, lo que permite inferir que puede haber otros estantes.
-Hay un pequeño estante donde están los escritores existencialistas franceses: sobre todo Camus y Sartre, que en un momento fueron muy importantes para mí – ya hace tiempo que no los leo, tal vez tendría que volver a releerlos-. Pero la biblioteca con todos sus estantes está basada en una biblioteca que fue para mí muy importante: la Biblioteca Académica. La que conocí en mis años de estudiante preuniversitario, porque en Cuba había un programa de estudios que yo no sé si sigue existiendo o se ha transformado, en el cual el estudio de la literatura a partir de décimo grado y los tres años (once, doce y trece) te organizaban en el sistema literario universal de una manera muy coherente. Había un curso en décimo grado que era literatura española desde El mío Cid hasta la Generación del 27. Y ese curso te armaba una biblioteca a través de la cual tu podías segur el desarrollo de toda la literatura desde el proto inicio de los estados nacionales (a finales del Medioevo), pasando por todo el pre Renacimiento, Renacimiento, Barroco, Clasicismo, y llegabas hasta el siglo XX. Después, comenzabas con la literatura universal, La Biblia y los griegos, y terminabas con autores contemporáneos, el último creo que era Hemingway, El viejo y el mar, de 1954.
-¿En qué etapa de tu vida nació esa compulsión lectora?
-Realmente como pasión fue tardía. En el sentido de que siendo un muchacho de ocho, diez o doce años tal vez me habré leído alguna novela de Verne, Salgari, lo que se solía leer en esa época aquí en Cuba y creo que en buena parte de América Latina. Después descubrí un libro que fue una conmoción, El conde de Montecristo. En la adolescencia empiezo con lecturas de carácter académico. Los primeros años de mi vida hasta los dieciocho, más o menos, fueron para mí una etapa en la que el universo cultural era completamente utilitario o complementario, porque lo esencial era el juego de béisbol. Yo fui toda mi vida jugador de béisbol -nunca fui demasiado bueno-, pero tenía una enorme pasión y tengo un gran conocimiento sobre el béisbol y soñé, como muchísimos cubanos, en llegar a ser un buen pelotero y cuando me di cuenta de que no era ese el camino quise ser periodista deportivo y escribir sobre béisbol, y terminé estudiando literatura en la Universidad, leyendo mucho y al final escribiendo.
-Sé que ibas a escribir un libro de apostillas sobre “El hombre que amaba a los perros”. Contanos de eso.
-No, finalmente no escribí un libro. Hice un ensayo de unas cuarenta páginas o, más bien, una serie de anotaciones que va a salir dentro de un libro de ensayos que publicaré a finales del primer trimestre del año próximo con Tusquets Editores –así que va a salir también en Argentina-, y se va a llamar Agua por todas partes. El título alude a un verso del poeta cubano Virgilio Piñera -que vivió varios años en Buenos Aires, como bien sabes- y que escribió un poema muy importante que se llama La isla en peso, donde están los versos que dicen “y la maldita circunstancia del agua por todas partes”. Es un libro sobre mi arte narrativo, mi visión de la literatura y hay por eso textos referidos a novelas como El hombre que amaba a los perros, Herejes, la creación del personaje de Mario Conde, el personaje y la vida de José María Heredia( el poeta cubano protagonista de La novela de mi vida) y otros textos que están relacionados con el oficio de la escritura. Ahí están incluidas esas anotaciones que son historias que no cabían en la novela, pero que me parece interesante para el lector conocerlas, sobre todo el lector que leyó El hombre que amaba a los perros.